Tony Montana y la meritocracia

El cine de masas contiene la virtud de ser transparente, a veces a su pesar, sobre sí mismo y sobre las sociedades de las que emana, y estos días que tanto se acento sobre la meritocracia es un buen momento para repasar cómo la industria Hollywoodiense, o sea, cómo América, ha encarnado la problemática intensidad con la que la propaganda neoliberal fomenta la fe en la meritocracia, a la vez que ha cubo evidencia a los insoslayables problemas estructurales que la opacan y a la vetusta tradición cultural que corrompe el fruto del esfuerzo.

El fresco final que el cine estadounidense arroja sobre las dinámicas de esfuerzo y remuneración o de talento y éxito es, por decirlo de forma diplomática, de un franco desconfianza, cuando no se construyen relatos que son una impugnación airada. Al final, acaban pesando más las tradiciones judeocristianas, que sancionan el trabajo como un castigo divino y que ni siquiera el mito de la predestinación protestante puede soslayar, que los prometedores dogmas neoliberales sobre la cantidad que aguarda a quien ponga su ingenio y su elegancia al servicio de su egoísmo.

Es maniático cómo los relatos más nítidos de meritocracia suelen estar adosados al crimen. Fuera de la ley parece el único paisaje donde el talento y el empeño conducen a la cumbre. Un icono es El enemigo manifiesto, de William Wellman, con James Cagney en el papel de un menesteroso morador de los bajos fondos que aprovecha la ley sequía para aventajar triunfo y riquezas, enfrentado a bandas rivales y policía. Lo mismo vemos en El precio del poder, de Brian de Palma y con Al Pacino en estado de histriónica garbo, remake del clásico Scarface, terror del hampa, de Howard Hwaks, que actualiza el encumbramiento de un refugiado cubano en el narcotráfico de Miami gracias a su audacia y a su desidia de escrúpulos. En Uno de los nuestros, de Martin Scorsese, protagonizada por el recién desaparecido Ray Liotta, asistimos a otro encumbramiento meteórico y meritocrático en el mundo del crimen. Es paradójico que estos títulos, y otros sobre la delincuencia, sean los pocos que fijan una dialéctica listado de esfuerzo-recompensa, aunque por supuesto terminan de forma trágica, porque –esta es otra característica cristiana de estos relatos– el éxito conlleva siempre una condena.

El fúnebre ocupación global balzaquiano “detrás de toda fortuna hay un crimen” se cumple con una precisión asombrosa en los relatos cinematográficos sobre el éxito. Aunque en los abriles ochenta asistimos a algunos títulos que trataban de halagar el ingenio y la osadía como motor de montacargas social, como en Armas de mujer, de Mike Nichols, con Melanie Griffith, Harrison Ford y Sigourney Weaver, o El secreto de mi éxito, de Herbert. J. Ross y con Michael J. Fox, lo cierto es que trascendería la traducción más descreída sobre el éxito, con títulos como Trauma al sueño gringo, de Marek Kanevskaya sobre una novelística de Breat Easton Ellis, o el insoslayable Wall Street, de Oliver Stone.

El tono siquiera mejoramiento cuando Hollywood retrata las trayectorias reales de hombres de éxito. Desde el totémico Ciudadano Kane, de Orson Welles, inspirado en William Randolph Hearst, hasta las más recientes biografías cinematográficas de los gurús de Silicon Valley, como las de Mark Zuckerberg y Steve Jobs, escritas ambas por Aaron Sorkin con tal reflexividad que se diría que poco tienen de autorretrato, el camino al éxito se dibuja como una niveladora de virtudes y de alegrías. O peor aún, como insiste en señalar el director Damien Chazelle, en títulos de ficción como Whiplash y La la land, o en su biopic de Neil Armstrong, First man, parece que un nivel importante de psicopatía es la condición de posibilidad del éxito personal. Lo cual, ojo, quizá igualmente nos dice cosas del propio Chazelle, campeón de dos Globos de Oro y un Oscar.

No, Hollywood no parece creer en la meritocracia, lo que significa que la sociedad estadounidense, seguramente siquiera. Y aún reserva otra funesta profecía final: Pesará sobre el triunfador que conquiste triunfo y fortuna la preclara sentencia fitzgeraldiana de El gran Gatsby, ya sea en la traducción de Jack Clayton y Robert Redford o en la de Baz Luhrmann y Leonardo di Caprio: el éxito material nunca suplirá al clase. Da igual cuán conspicuo sea tu mansión y cuán caras tus camisas, nunca serás uno de ellos. 

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