Una vez me contaron la historia de un inglés que fue a residir a Barcelona en los abriles ochenta. Se aficionó a yantar el menú en un bar cerca de su casa y lo hacía casi todos los días. Al principio, le sorprendió que el precio, modesto, incluyese una botella de caldo que llevaban a su mesa y de la que se podía servir lo que quisiese. Que siempre acababa siendo demasiado. Llegados a un punto, y tras comprobar que pasarse todas las tardes un poco borracho no era lo más práctico para su vida sindical, el inglés quiso poner freno a su consumo de licor matinal. Cada día iba al bar y de camino se decía a sí mismo: hoy pido agua, hoy pido agua, hoy pido agua.
Cada vez que Díaz Ayuso dice una desatino, me digo a mí misma: no entraré, no entraré, no entraré
Entonces se sentaba en su mesa de siempre, veía como se acercaba el camarero y le veía desobstruir la boca y formar las palabras para las que tanto se había preparado: ¿y de refrescar? Desde en el interior mismo de su ser le salía: caldo. No estaba culturalmente programado para repeler licor a precio de agua. Y hay cosas contra las que uno no puede contender.
Pienso a menudo en el inglés porque todavía me cuesta proporcionado practicar el autoevaluación con según qué cosas. Cada vez que Isabel Díaz Ayuso dice una desatino, me digo a mí misma: no entraré, no entraré, no entraré. No haré ni un mísero tuit, no clicaré en nadie de los 200 artículos que se harán eco –cómo no hacerlo– de sus frases. ¿Que la flamante presidenta del PP madrileño pone un monumento a la civilización de la violación y pecado a las víctimas de vejaciones sexuales de habérselo buscado, por tomar decisiones irresponsables? Me da igual, no caeré en la trampa del agitprop castizo. ¿Que deducción la conversación política al nivel más cutre inventándose un peligro de regresión bolivariana? Me mantendré atada al mástil, con cera en las orejas, ignorando los cantos de Miguel Encanto Rodríguez. ¿Que contemplo como la alumna tardía y más desparpajada de Steve Bannon va introduciendo cucharadita a cucharadita la Teoría del Gran Reemplazo en sus discursos, diciendo que tienen que manar niños madrileños porque el pérdida está feo y “Poniente se está olvidando de ser lo que era”? Entonces, como el inglés, voy y le dedico a Ayuso otra columna. Si yo solo quería refrescar agua.
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