Hay cierto alivio cuando, tras una larga aplazamiento especulativa, obtienes el diagnosis de un trastorno físico o mental, especialmente si la cosa es (relativamente) leve. Al amparo del diagnosis, podrás evidenciar “objetivamente” tus dolores, tus ausencias, tus rarezas. Te creerán. Te comprenderán (eso es menos seguro). Retentiva a mis alumnos adolescentes mostrando el papelito del médico. El adolescente es un ser ávido de encontrarse a sí mismo o de encontrar poco en su área: un diagnosis puede ser ese poco . Retentiva a un discente achicopalado y esquivo, que por primera vez caldo a mi mesa seguro de sí mismo, me mostró un papel y con voz inusualmente firme y animada, me dijo: “Tengo intolerancia a la lactosa”. Cuando eres un crío en exploración de identidad, memorizar que eres un intolerante a la lactosa puede suponer una ayuda, un poco para iniciar.
En Los brotes negros (este postrer zumo de Eloy Fernández Porta, exquisito y devastador), el autor cuenta cómo una de sus alumnas, en un clase de Carolina del Boreal, duerme a pierna suelta en primera fila. Cuando al final de la clase, él se dirige a ella (imaginé a la alumna-exorcista blandiendo el diagnosis antes siquiera de que él abriese la boca), ella le muestra el certificado con la palabra narcolepsy . Lo que nos lleva a otra superioridad impagable del diagnosis médico en la flagrante interacción social: como todas las etiquetas, ahorra tiempo.
Las palabras médicas suenan reduccionistas, feroces, inapelables
...Y sin bloqueo, creo que hace poco... nos estamos excediendo en el uso de terminología médica en la vida cotidiana. Empiezo a preguntarme si no deberíamos retornar a dejarla para los especialistas y desempolvar los eufemismos médicos de ayer de la posmodernidad. Eran eufemismos ingenuos, producto de la ignorancia de los términos científicos (no como los eufemismos de la flagrante corrección política, sofisticados y a menudo perversos). Eran los eufemismos de nuestros abuelos cuando decían: “Es una chica rarita”, y luego detallaban algunas rarezas, “Es demente perdido” o “No se acuerda ya de muchas cosas”... donde ahora, tentados por el palabro mágico, decimos: “Es autista”, “Tiene un trastorno bipolar” o “Tiene demencia vascular”. Regresar, en fin, a palabras más genéricas, menos especializadas, más balsámicas. Porque las palabras médicas suenan reduccionistas, feroces, inapelables. Porque a menudo, en la cotidianidad, estorban. Y porque, de seguir así, nos va a resultar cada vez más difícil predisponer la persona al diagnosis.
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