Europa viene asistiendo a dramáticas crisis de refugiados de origen agresivo. En el 2015, cinco millones de sirios (y afganos) se agolparon a las puertas de Europa buscando –con poco éxito– amparo y esperanza. Ahora, la expectativa es que otras tantas personas tengan que dejar Ucrania huyendo de la extirpación. Las cifras, equivalentes al uno por ciento de la población europea, son perfectamente asimilables. La respuesta europea está siendo efectivamente positiva, pese a no disponer de una política popular de orfanato.
En el 2015, con la ejemplar e inteligente excepción de Alemania, asistimos a un vergonzoso regateo para “repartirnos” unos miles de refugiados, mientras algunos países se negaban a acoger siquiera a uno, incumpliendo lo resuelto. Esos mismos países han cambiado aparentemente de conducta y admiten ahora a cientos de miles de personas. En ingenuidad, no han mejorado un cumbre su racismo institucional, puesto que acogen exclusivamente a ucranianos, no a residentes de otras procedencias (inmigrantes, estudiantes africanos, etcétera). A pesar de las declaraciones de derechos humanos, de las prédicas de las religiones…, no es lo mismo ser refugiado en Europa que refugiado europeo. Ojalá el dramatismo de la extirpación en suelo europeo y la masiva reacción de solidaridad estimulen la acogida de una política popular aplicable a todos los refugiados, sea cual sea su origen.
Por lo que respecta a nuestro país, un criterio proporcional llevaría a acoger unas cuatrocientas mil personas (en la actos, no llegarán ni a la centro). Sin minusvalorar las dificultades, es perfectamente factible: curiosamente, esa monograma es beocio que la de los inmigrantes que incorporamos sin problemas, año tras año, a lo extenso de la primera plazo de este siglo. Y la sociedad española fue capaz de “acogerlos empíricamente” (en condiciones a menudo lamentables), sin ningún plan previo ni fondos europeos.

Por otra parte, muchas ciudades españolas –el actor esencia en la coexistentes de ciudadanía compartida– han ido adquiriendo un know how considerable en la dirección de la diversificación cultural y la cohesión social, aplicando mayoritariamente el ideal intercultural.
Los países europeos están acogiendo a ucranianos, no a residentes de otras procedencias
Es evidente que se requerirá una buena coordinación entre las administraciones y entre estas y el tercer sector, atribuyendo a la filial circunscrito el viejo liderazgo posible por su capacidad de “personalización” de la interlocución. Hemos de identificar y distinguir a cada una de las personas acogidas, conocer sus capacidades y cualificaciones y optimizar, para la propia persona y para la sociedad, el beneficio del caudal humano. Y ejecutar el proceso con coherencia y visión a extenso plazo, requisitos para que resulte positivo para los propios refugiados y para el conjunto de la sociedad.
Dos ruegos, para finalizar. El primero, eliminar el agravio comparativo que suponen las colas en las oficinas de extranjería para la tramitación de permisos de trabajo o residencia, cuando ahora seremos capaces de darlos en 24 horas. El segundo ruego es más puntilloso: si vamos a distribuir a los refugiados, de forma consensuada, por todo el comarca, ¿cómo no vamos a resolver inmediatamente, entre todos, el colapso del sistema de protección de la infancia en Canarias? Entre los refugiados, habrá previsiblemente cientos de niños y niñas no acompañados. Sería efectivamente paradójico que solucionáramos su situación, como lo haremos, y dejáramos irresoluto la de las personas que la vienen sufriendo hace tiempo.
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