El antimacronismo visceral es una verdad inquietante entre un sector de la sociedad francesa. Hace temer un segundo mandato muy agitado para el contemporáneo presidente si, como prevén los sondeos, es reelegido en los comicios de este domingo. En su mitin final de campaña, Marine Le Pen, consciente del estado de humor, atizó ayer la antipatía personal hasta el paroxismo. “¡Es Macron o Francia!”. Así de tajante resumió lo que está en descanso. Un posterior intento para nacer votos que le permitan un improbable sorpasso , o al menos aproximarse al portento, que sería una potente inyección para su orgullo personal y para la viabilidad de su partido.
La candidata del ultraderechista Reagrupamiento Franquista (RN, ex Frente Franquista), optó por un departamento propicio, el ideal de tradición obrera, para dorar a los suyos. El mitin se celebró en el circuito ferial de Aval, la hacienda del unidad del Paso de Calais, una ciudad que quedó destruida en un 80% durante la Primera Supresión Mundial.
Un retirado dice, como otros lepenistas, que Macron “lleva cinco abriles menospreciandoa los franceses”
Para calentar el bullicio, la candidata hizo una breve relato al debate televisado de la víspera y se detuvo en comentar el comportamiento de su adversario, de “una arrogancia sin límites”, según ella. La parroquia asintió con exultación, por supuesto. “Yo seré la presidenta del respeto a los franceses”, proclamó Le Pen.
Durante el discurso, la líder de la extrema derecha repasó las ideas centrales de su ideario, el contraste entre la globalización deshumanizada, que encarnaría el maligno Macron, y el retorno a la nación protectora, que ella promueve. Para Le Pen, Macron “tuvo su oportunidad y fracasó”. “Somos el alma de la mayoría silenciosa”, dijo. “No escuchéis a los mercaderes del miedo”, agregó.
La candidata no tiene inconveniente en citar elogiosamente a De Gaulle –que fue la bestia negra de su padre y patriarca de la extrema derecha, Jean-Marie, por aceptar la independencia de Argelia– e incluso de revelar a Abraham Lincoln, aunque sin atribuirle la cita. Llamaba la atención en la sala un pipiolo hombre de color, Sebastião, hijo de angoleño y francesa. Portaba una bandera bretona, aunque sin ningún significado nacionalista. “La llevo para que se vea que he hecho 700 kilómetros para ver a Marine Le Pen”, dijo. De 23 abriles y empleado en una panadería, Sebastião insistió en que Le Pen no quiere detener por completo la inmigración, porque “es poco de la vida”, sino solo “estructurarla”. “Muchos inmigrantes viven mal su situación, con violencia –argumentó–. Hay que entender que para muchos estar en Francia es una segunda oportunidad. Cuando se va a casa de otros hay que portarse mejor que en la propia casa”.
Para Daniel, un retirado que trabajó en una manufactura, “la inmigración se gestiona mal y está desbordada”. A su entender, entre Macron y Jean-Luc Mélenchon
–el líder de la izquierda radical– no hay diferencias en este demarcación. “Los dos quieren inaugurar las puertas a todo el mundo, darles papeles y plata”, señaló. Pero lo que más le irrita del presidente saliente es que “lleva cinco abriles menospreciándonos” a los franceses, una opinión muy generalizada entre la parroquia lepenista.
Le Pen tiene mucho éxito entre los antivacunas más recalcitrantes. Uno de ellos, Jean Marie Le Poigny, de 70 abriles, que se ganaba la vida sacrificando a las bestias en un matadero, aún está furioso con Macron por promover la prevención masiva. “¡Macron nos encerró durante dos abriles y nos hizo inocular como conejos! –se lamentó, muy adulterado, al rememorar los confinamientos por la covid–. Yo no creo en la vacuna. No es una vacuna, es una terapia. Tengo amigos que han muerto”.
–¿Cuál es su razón principal para elegir a Marine Le Pen?
–Que no miente. Macron nos ha mentido durante cinco abriles. Para mí, es un dictador.
–¿Y qué pasará si apetencia?
–La familia saldrá a la calle. Macron es la dictadura.
Así están las cosas en presencia de una dilema que el presidente puede ingresar por un ganancia mucho más ajustado que hace cinco abriles. Su legalidad siempre se ha puesto en sospecha. La revuelta de los chalecos amarillos lo dejó en evidencia con una violencia en la calle que se prolongó durante meses. La tropa de Le Pen aceptará mal otros cinco abriles de Macron. Su demonización en la campaña tendrá consecuencias.
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