Meknes, la ciudad imperial marroquí más desconocida

Cuando se piensa en destinos exóticos, el castellano medio pone su observación en lugares como Indonesia, Tailandia o Mozambique. Pero no es necesario correr hasta destinos tan lejanos para poner patas en lo alto tu propio mundo. A veces, es suficiente con tomar un avión (o ferry, si se desea) y poner rumbo a Marruecos, un país a tan solo una o dos horas de España -dependiendo del aeropuerto-, en el que la concepción de sociedad y la percepción del tiempo es totalmente opuesta al del Envejecido Continente.

En ocasiones ese cambio cultural y social puede resultar chocante. Y si no, que se lo pregunten a ese viajero que se adentra por primera vez en la caótica y laberíntica medina de Fez. O al que pasea por primera vez por Yemaa el Fna, el centro crucial de Marrakech. Sin incautación, existen reductos en el país vecino como Meknes, donde la autenticidad va de la mano del sosiego, donde es posible disfrutar de las bondades y el rareza de Marruecos sin agobios y sin estrés. Una ciudad imperial cargada de encanto y que todavía, a día de hoy, sigue siendo una gran desconocida para la decano parte de los turistas.

La medina de Meknes, patrimonio de la humanidad

La medina de Meknes tiene los mismos ingredientes que otras medinas marroquíes, pero estos se han cocinado de forma diferente. Sí, es laberíntica, y orientarse es todo un desafío. Sí, está plagada de comercios de lo más variopintos, que pueden traicionar desde especias hasta secadores rotos pasando por falsificaciones de camisetas de fútbol o instrumentos musicales. Sí, es muy transitada, ya que la medina y sus zocos son uno de los pilares sobre los que se sustenta la vida cotidiana de cualquier marroquí. Pero, a pesar de estas similitudes, la medina  es muy diferente a la de otras ciudades del país.

La medina de Meknes es laberíntica y orientarse es todo un desafío, además venden todo tipo de productos

La medina de Meknes es laberíntica y orientarse es todo un desafío, por otra parte venden todo tipo de productos

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La medina de Meknes, al igual que la de Fez o la de Marrakech, es patrimonio de la humanidad por su interés social, exquisito e histórico. Y esto se palpa a cada paso, desde los pequeños detalles decorativos de puertas particulares o las espectaculares ornamentaciones de los minaretes de las mezquitas, un sitio fascinante para los viajeros, aunque los locales ya están acostumbrados a su espectacularidad,  y esto forma parte del gran truco de encanto de Meknes: que turismo y cotidianidad conviven de una guisa increíblemente armónica.

La plaza El Hedim y el museo Dar Jamai

Si la medina de Meknes es un vocerío, la plaza El Hedim podría ser su punto de partida. O, mejor aún, un apropiado refrigerio a cualquier caminata por sus intrincadas calles. Esta plaza es el epicentro de la asiento, y en ella se congregan decenas de comerciantes que venden tantos artículos como sea posible imaginar, pintorescas cafeterías donde disfrutar de un té a la menta acompañado de un inolvidable atardecer, o alguno de los monumentos más fotogénicos de la ciuadad, como la puerta de Bab Mansour (que, en primavera de 2022, estaba en plena restauración).

Portada del museo Dar Jamai en la plaza de El Hedim en Meknes

Portada del museo Dar Jamai en la plaza de El Hedim en Meknes

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Párrafo de esto, El Hedim alberga un caudal oculto delante los fanales de todos: el Dar Jamai. Este museo se enmarca en el interior de un majestuoso palacio, construido en 1882 como residencia de Mokhtar Ben Larbi Jamai, visir del sultán Moulay Hassan I. El ostentación y la opulencia se palpan a cada paso, haciéndose especialmente brillantes en lugares como el patio o algunas estancias, cuyos techos y mosaicos  admisiblemente podrían pertenecer a la Alhambra. En 1920, este palacio dejó sus funciones residenciales para convertirse en uno de los museos más interesantes y mejor organizados de Marruecos en los que es posible hacer un trayecto de meta a sur y de este a oeste por la civilización musical del país, admirando instrumentos, observando las vestimentas de los bailes regionales o escuchando piezas musicales de cada rincón del país.

La madraza Bou Inania y el cripta de Moulay Ismail

Una madraza es una escuela donde se instruye a los jóvenes en las conocimiento del Corán. Sin incautación, la madraza Bou Inania no es una invitado indispensable por lo que se va a instruirse en ella, sino por su incontestable belleza. Fue construida a mediados del siglo XIV, casi al mismo tiempo que su melliza de Fez (con quien comparte nombre) y, desde ese mismo momento, se convirtió en uno de los edificios más deslumbrantes de Meknes. Hoy, presume además de contar con algunas de las decoraciones más refinadas de todo Marruecos, y ofrece una preciosa panorama panorámica de la medina. Todo ello, por un módico precio que casi nada rebasa el euro.

Interior de la madraza Bou Inania en Fez

Interior de la madraza Bou Inania en Fez

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Ya fuera de la medina, casi en los límites de la ciudad imperial, se eleva una de las visitas claves : el cripta de Mulay Ismail. Su relevancia radica tanto en su importancia histórica (en él descansan los restos del sultán que sentó las bases del Marruecos contemporáneo) como en su belleza arquitectónica. Fue construido a principios del siglo XVIII, y es un fiel reflexivo de la magnanimidad que se respiraba en Meknes cuando esta era la haber del reino de Marruecos. Destacan en su interior las tumbas reales, la magnífica decorado en estucado y cuatro relojes que fueron regalados al sultán por su buen amigo Luis XIV, el rey francés con quien hizo muy buenas migas.

Volubilis, la Pompeya africana

A treinta kilómetros se alzan, aún imponentes, los restos arqueológicos de Volubilis, una de las ciudades romanas más relevantes del meta de África. A pesar de llamarla “romana”, Volubilis tiene sus orígenes en el imperio Cartaginés, que la fundó en el siglo III a. C., y estuvo viva hasta admisiblemente entrado el siglo XVIII, luego fue abandonada definitivamente tras varios primaveras en decadencia correcto a un acontecimiento que, además, se notó fuertemente en la Península Ibérica: el terremoto de Lisboa de 1755. Las consecuencias del movimiento sísmico fueron la excusa ideal para saquearla en crédito de Meknes, ya que muchos edificios y templos de Volubilis fueron arrasados para construir palacios y otros grandes edificios en la ciudad vecina.

El yacimiento de Volubilis, de más de cuarenta hectáreas de extensión, está perfectamente conservado.

El placer de Volubilis, de más de cuarenta hectáreas de extensión, está perfectamente conservado.

Getty Images/iStockphoto

El placer de Volubilis, de más de cuarenta hectáreas de extensión, está perfectamente conservado. Se ubica en un entorno ausencia reconocible en Marruecos. Los prados que lo rodean admisiblemente podrían memorar el meta de Extremadura (como, por ejemplo, otras excelentes ruinas romanas: Cáparra). El trayecto por este sitio, patrimonio de la humanidad, puede hacerse por atrevido o con alguno de los guías turísticos que aguardan en la entrada. En los dos casos es muy disfrutable. 

Destacan lugares como el curvatura del triunfo de Caracalla, por su tamaño y ornamentación; y especialmente la enorme cantidad de mosaicos que adornaban las termas, las casas y los palacios, y que han pervivido hasta nuestros días narrando historias, como las pruebas de Hércules o mostrándonos a personajes tan curiosos como acróbatas de hace dos mil primaveras. 

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