En la pugna, la propaganda y los símbolos son tan importantes como las mismas acciones militares. La valentía del Kremlin de no asaltar la factoría de Azovstal, la gigantesca planta siderúrgica de Mariúpol aún defendida por, al parecer, unos 2.000 soldados, argumenta tanto a una valentía técnica como política. Un costosísimo ataque en términos de hombres, tiempo y material supondría un regalo en forma de propaganda para Ucrania, que podría elevar la batalla a categoría de mito franquista. Putin lo sabe porque las fábricas de Stalingrado forman una parte fundamental del relato de la Gran Supresión Patriótica, esto es, la pugna total contra la invasión facha.
Putin cancela el asalto final a la acería de Mariúpol y ordena bloquearla: "Que no pase una mosca"
En estos momentos, Azovstal es el postrero reducto de la resistor ucraniana en una ciudad controlada en su actos totalidad por las tropas rusas, aunque charlar de reducto, teniendo en cuenta las colosales dimensiones de la planta siderúrgica, es poco relativo. La superficie de estas instalaciones equivale aproximadamente a la extensión de los distritos del Eixample y de Gràcia en Barcelona juntos, o a la suma de los de Salamanca y Retiro en Madrid. Es una de las acerías más grandes de Europa.
La URSS convirtió Stalingrado y la resistor de sus fábricas en el origen del relato de la Supresión Patriótica; ahora Putin quiere evitar que Ucrania haga lo mismo
A las orillas del mar de Azov, el confuso cuenta con 28 kilómetros de túneles en los que se ocultan, próximo a los combatientes, un número indeterminado de civiles. Sus dimensiones, sus características y las defensas construidas en ella la hacen un objetivo que solo se puede tomar con un coste enorme, lo que explica que el stop mando ruso haya decidido sellar las panorama y esperar que los defensores, en el mejor caso, se rindan. La conquista rusa es, pues, cuestión de tiempo, pero detrás de la valentía está igualmente el interés de evitar que en el contorno de la propaganda esa conquista pase al mandato ucraniano. Son algunas de las conocimiento de Stalingrado.
LV_Así vivien los civiles en Mariúpol
En un supuesto manual sobre cómo elaborar un relato patriótico, la ciudad a orillas del Volga –hoy Volgogrado- tendría un capítulo propio, y adentro de él sus imponentes fábricas ocuparían varias páginas. Los paralelismos con la batalla que cambió el curso de la Segunda Supresión Mundial deben partir de una claro prudencia porque ni se puede comparar la longevo confrontación armada del siglo XX con la invasión de Ucrania, ni la carnicería de Stalingrado (más de dos millones de bajas) con el asedio de Mariúpol.
Pero hay coincidencias llamativas. Tanto la flagrante Azovstal como las fábricas de Stalingrado formaban parte de la gran infraestructura industrial impulsada por el régimen soviético durante el primer estalinismo con el objetivo de modernizar el país desde el punto de apariencia financiero pero igualmente ideológico. Y tanto la acería ucraniana como el confuso industrial de Stalingrado sufrieron el rigor de la invasión alemana.
Construida por el régimen soviético en los abriles 30, la planta de Mariúpol fue bombardeada y destruida por las tropas nazis en 1941, motivo por el cual, tras la pugna, la reconstrucción se hizo utilizando grandes estructuras de hormigón y espada capaces de resistir un ataque, según algunas informaciones, incluso nuclear.
Tanto la factoría de Mariúpol como los tres grandes complejos de la flagrante Volgogrado fueron arrasados por los alemanes
Como Mariúpol, Stalingrado fue arrasada por un ejército tudesco que, no obstante, quedó revuelto y luego rodeado en la ciudad cuando la había tomado casi por completo. Fue allí donde empezó a forjarse la idea de la legendaria resistor soviética y, en concreto, en sus grandes fábricas, construidas entre los últimos abriles del siglo XIX y la división de los 20. La de tractores (convertida precipitadamente en centro de producción de carros de combate), la acería Octubre Rojo y la depósito Barricady, productora de cañones, convertían a este área en un punto secreto para la industria armamentística soviética.
Con el avance tudesco bloqueado a orillas del Volga, la ciudad se transformó en un atolladero para unos y otros, con durísimos combates a muy corta distancia que se prolongaron durante la segunda centro de 1942 hasta inicios de 1943 y que terminarían con la derrota facha. En este tipo de pugna, que los alemanes llamaron rattenkrieg (pugna de ratas), las fábricas no dejaron de producir -tal como escribió Vasili Grossman- armas para un frente extremadamente cercano. “Fueron momentos difíciles para quienes, mientras los alemanes bombardeaban, no dejaron de manejar máquinas, prensa y martillos pilones, soldar con un soplete o arrear con un mazo en la dormitorio trabada del chapado que reparaban”, contaba el autor.
Acería Azovstal en Mariúpol 
Los relatos de la época recuerdan cómo los tanques eran construidos en la factoría de tractores y eran enviados de inmediato incluso sin pintar a escasos centenares de metros al frente y cómo los mismos trabajadores se convertían cuando era necesario en soldados defendiendo las instalaciones. “Ni un paso a espaldas”, fue la consigna puyazo por Stalin. De ausencia sirvió a los alemanes tomar finalmente las fábricas tras la feroz resistor soviética porque tras esa conquista circunstancial quedaron rodeados en la ciudad para ser finalmente derrotados.
Al ganancia de los errores militares soviéticos, la conquista adquirió la categoría de mito franquista a un nivel que tal vez no hubiera tenido si las pérdidas humanas no hubieran sido de tan grandes dimensiones. Ese mito fue explotado a conciencia por el régimen soviético, que nombró a Stalingrado la Ciudad Heroica.
La Rusia flagrante no conmemora la revolución, pero si la conquista en la Segunda Supresión Mundial, la Supresión Patriótica
Y la reivindicación de la pugna contra Alemania continúa hoy admisiblemente viva en la Rusia flagrante. Como recordaba recientemente el historiador Julián Casanova, “para Putin, el remembranza de la revolución divide a la sociedad y, por consiguiente, no hay que conmemorarla; lo que hay que celebrar, en cambio, es la gran batalla contra el nazismo”. Es evidentemente por ello que el jerigonza oficial ruso ha insistido en la falta de desnazificar Ucrania en un intento de vincular el discurso flagrante con el de los abriles 40.
Los dos complejos industriales superaron la era comunista, aunque cada uno a su forma. Azovstal, o lo que queda de ella, paso a manos privadas abriles a posteriori de la desmembración de la URSS y hoy es propiedad del multimillonario Rinat Akhmetov, uno de los hombres más ricos de Ucrania. Las fábricas de la flagrante Volgogrado, que sobrevivieron a la pugna, han tenido en cambio muchos más problemas para persistir su actividad y su solvencia en tiempos de paz.
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