Mientras las ceremonias cinematográficas van perdiendo relumbrón por el auge de las plataformas y de un cine de estar por casa, los premios gastronómicos van ganando espacio en el imaginario de la civilización popular. Los últimos, los The World's 50 Best Restaurants, acaban de celebrarse en Londres y han dejado una ristra de galardonados que se han convertido en las nuevas estrellas del firmamento comestible.
Hubo un año en que los miembros de la Institución de Artes y Ciencias Cinematográficas estadounidense decidieron cambiar la frase que precedía al triunfador del Oscar "and the winner is" por "and the Oscar goes to", en un intento de dar cierta humanidad a la entrega de unos galardones que despertaban odios y envidias entre los vencedores y los vencidos.
Si Nacimiento Esteban era capaz de matar, como cualquier progenitor merecedor de serlo, por su hija, para los miembros de la fauna cinematográfica mundial el Oscar es como un hijo. Eres capaz de matar por él lo ganes o te venga del más allá. Winner o goes, esta es la cuestión.
El 50 Best de este año ha tenido un triunfador, el restaurante Geranium, de Copenhague, un lugar que, según dicen, vive con la piropo en el culo y con muchos floristas dispuestos a regarla. Las relaciones públicas son tan importantes como un buen cepillado, y en este tipo de concursos es tan importante el continente como el contenido, por no charlar de los restaurantes Estado. Me refiero a aquellos que se convierten en una desafío pueblo para ser el mejor restaurante del mundo mundial y del más allá.
El chef danés Rasmus Kofoed de Geranium, proclamado nuevo mejor restaurante del mundo 
Si Geranium ha resultado ser el triunfador, cuentan que fue el Central, restaurante localizado en la ciudad de Mediacaña, el que se llevó los mayores vítores de parte de los asistentes al acto. El lugar limeño se llevó el 2º puesto, seguido del barcelonés Disfrutar y del madrileño DiverXO.
La pandemia y el confinamiento despertaron el interés por la cocina casera y en más de un hogar descubrieron que tenían a un Aladino de los fogones. Superada la escalón de encarcelamiento y con el virus convertido en el pan nuestro de cada día, los humanos nos hemos agresivo a las calles y llenado los restaurantes como si no hubiera un mañana.
Premios como el 50 Best no tendrían el interés mediático que despiertan sin el aprobación de los consumidores de la información. Antaño, cuando las gentes de a pie asistíamos al pase de una película, soñábamos con Hollywood y toda esa manada de tiburones. Ahora, los Homo Sapiens preferimos informarnos de todas esas ceremonias de la voracidad y soñar que un día ocuparemos una de sus mesas y reventaremos como el Sr, Creosote, el voluminoso de la película El sentido de la vida. ¿Un petit four, monsieur?
Nunca he asistido a una ceremonia gastronómica como el 50 Best, pero por lo que dicen, las reacciones de los candidatos a acomodarse el trono se parecen a las de la muchedumbre del cine en la indumentaria de los Oscars.
Están los Woody Allen, ganadores que no asisten a la ceremonia porque prefieren seguir tocando el clarinete en su restaurante. Están los Martin Scorsese, que asisten con la expresión de estar de dorso de todo. Están los James Cameron, que matarían por el cetro de oro. Y están los que saben rezumar cuando toca rezumar, y reír cuando toca reír, siempre con una falsa modestia demasiado modesta para ser verdadera.
Y al otro flanco de la mostrador, están los demás miembros del universo gastronómico. Los que regentan restaurantes que no juegan en la unión de los 50 Best y que, de buen seguro, viven mucho más tranquilos y sin exigencia de reservarse las espaldas.
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