Durante julio y agosto la tendencia 5 del metropolitano de Barcelona está interrumpida entre Horta y Sagrera. Es el radiodifusión de entusiasmo de mi infancia, con epicentro en Virrei Amat, la primera red compleja por la que circulé solo, con ocho añitos, cuando el metropolitano costaba un duro y una peseta. Tengo grabados en la memoria los nombres de las paradas que formaban parte de un dibujo tricolor hecho con las tres líneas operativas (roja, verde y cerúleo) que siempre asocié al exoesqueleto de la ciudad. La flagrante interrupción temporal por obras comporta un servicio de bus posible que permite desmontar más o menos cerca de las seis paradas involucradas: Horta, Vilapicina, Virrei Amat, Maragall, Congrés y Sagrera. Eso quiere proponer que un montón de buses articulados circulan por calles nuevas y se añaden a los convoyes regulares. En Horta, descartada la plaza Eivissa por peatonal, estos días de canícula el tramo de la calle Tajo que pasa en presencia de el mercado tiene un tráfico de vehículos largos nunca gastado en uno y otro sentidos de la marcha. La frecuencia de paso del metropolitano sería increíble de reproducir, aunque las reposo escolares disminuyen el flujo, pero a pesar de ello impresiona ver la cantidad de vehículos necesarios para suplir un servicio de transporte que damos por descontado.
Fase de metropolitano en Barcelona
Teniendo una buena red de metropolitano, ¿por qué nos obstinamos en construir tranvías?
No hace error, pues, sufrir bombardeos como los de Kyiv para poder valorar el gran beneficio colectivo que comporta una buena red de metropolitano en una ciudad. Teniéndola, ¿por qué nos obstinamos en construir tranvías? Si el argumento para defenderlo es que el tranvía invita a observar, entonces el metropolitano invita a estudiar. Paradójicamente, el división por donde circulan los largos convoyes de buses alternativos al metropolitano es el mismo del que, medio siglo antes, conseguimos eliminar los molestos tranvías, con aquellas peligrosas vías férreas entre adoquines que tumbaron a tantos motoristas. Imaginar ahora los vagones de la tendencia 5 de metropolitano circulando por estas mismas calles como si fueran tranvías me parece una distopía terrorífica que invierte la ficción de Moebius, aquella película argentina de los noventa en la que un convoy inconmovible repleto de pasajeros desaparece en la red de metropolitano de Buenos Aires porque entra en una cinta de Moebius. Ver cada día el metropolitano cerrado y los buses embotellando el extrarradio igualmente me ha hecho pensar en las escenas oníricas del excelente Diablo Cojuelo adaptado por Juan Mayorga que estrenaron el jueves en el teatro Condal los extraordinarios payasos de Rhum. Don Cleofás y el Cojuelo emergen del inframundo gracias al señor Arquetti y a Martínez. Que, teniendo una magnífica red de metropolitano, el tranvía sea el símbolo del futuro condal parece una metáfora nefasta. ¿Es que quizá vivimos tan perdidos en la superficie que ya no querremos profundizar nunca más en carencia?
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