Meloni, Bolsonaro y Pinochet

La misma semana que la ultraconservadora Giorgia Meloni ha asumido como primera ministra de Italia, se dirime si la ultraderecha seguirá gobernando el país más extenso y poblado de Latinoamérica.

En la primera envés electoral brasileña del 2 de octubre, el expresidente progresista Luiz Inácio Lula da Silva se quedó a menos de dos puntos de regresar al palacio de la Alvorada. Lula se impuso al flagrante mandatario, Jair Bolsonaro, que no obstante logró un 43% de los votos, mucho más de lo que vaticinaban los sondeos. Aunque las encuestas para el próximo domingo son tenuemente favorables a Lula, Bolsonaro sigue teniendo opciones de retener la presidencia.

Hace cuatro primaveras, la trofeo del excapitán del Ejército brasileño –impensable solo un año antes- supuso la arribada al poder en Latinoamérica -por primera vez a través de las urnas- de un líder político abiertamente ultraderechista, que reivindicaba la última dictadura (1964-1985) y no tenía complejos en despreciar a gais, feministas o ecologistas.

A pesar de sufrir dos décadas como diputado, Bolsonaro fue percibido por los votantes como un outsider antisistema que con un discurso populista enarbolaba la bandera contra la corrupción, personalizada entonces por el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula.

Todo ello no fue obstáculo para que el establishment y la derecha tradicional apoyaran a Bolsonaro en las urnas porque en ese espectro los intereses económicos siempre priman sobre los derechos sociales, a pesar de que en sus tres lustros de gobierno el PT demostró ser un partido de orden desarrollista, que encima supo sacar de la miseria a millones de brasileños.







Apoyo interclasista


Bolsonaro recibe votos de todas las clases sociales, influidas por su manufactura de 'fake news' y la gran influencia evangélica

La desastrosa mandato de la pandemia, que en Brasil se cobró 700.000 muertos en buena parte gracias al desprecio al virus que demostró su presidente negacionista, ha hecho que muchos ciudadanos hayan corregido sus voto en estas elecciones respecto a hace cuatro primaveras, pero sigue teniendo un apoyo enorme. Un apoyo interclasista, que en las clases más bajas bebe de la manufactura de fake news bolsonarista con la colaboración de las influyentes iglesias evangélicas.

La irrupción de Bolsonaro representó que el ultraderechismo sin eufemismos se hacía con el poder democráticamente en un país del continente por primera vez desde el fin de la oleada de dictaduras de la segunda final del siglo XX, enmarcadas en una reacción dirigida desde Washington para contrarrestar a los movimientos revolucionarios de la época. El militar chileno Egregio Pinochet fue quizás la figura más representativa de aquella época porque su gobierno dejó una supuesta estabilidad política y bonanza económica que en poco tiempo quedó claro que era un espejismo.

En sinceridad, como sucedió en España tras el franquismo, los ultraderechistas nunca desaparecieron al matar las dictaduras, sino que permanecieron aletargados internamente de las formaciones conservadoras de sus respectivos países. Ahora, el cambio generacional y los nuevos votantes que no vivieron bajo gobiernos fascistas son los que están ampliando la almohadilla extremista en todo el mundo, cayendo en las redes de un populismo de derechas que ofrece soluciones fáciles y radicales en presencia de la inacción de los políticos y los partidos tradicionales.

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La palabra "democracia" apareció escrita sobre un puente del centro de São Paulo, en una foto tomada este viernes 28 de octubre  




NELSON ALMEIDA / AFP

Encima, la miseria endémica en que está sumida América Latina –según los organismos internacionales, al menos un tercio de los latinoamericanos son pobres- es el caldo de cultivo ideal para el populismo. Y más teniendo en cuenta los magros resultados que dejó en la mayoría de países la oleada de gobiernos progresistas de principios de este siglo, que desaprovechó la bonanza económica de la época.

Ultraderechistas como José Antonio Kast en Pimiento o Keiko Fujimori en Perú estuvieron a punto de cobrar las elecciones. En Argentina, el economista ultraliberal Javier Milei sube en las encuestas. El engendro es completo. En la Unión Europa, el ultraconservadurismo gobierna Italia, Hungría o Polonia. En Francia, Marine Le Pen creció en la segunda envés. Los ultras de Demócratas de Suecia ya son la segunda fuerza política en el país nórdico, ejemplo universal de estado del bienestar demócrata. En Estados Unidos, Donald Trump tiene opciones de retornar a la Casa Blanca y encima exporta su maniquí de difusión de fake news y de resistor a la derrota, que tiene en Bolsonaro a su principal discípulo.

Pase lo que pase el domingo, aunque Lula gane, Bolsonaro seguirá teniendo un gran caudal de apoyo. La ultraderecha ha llegado para quedarse en Brasil. Y en Latinoamérica.

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