Un aguamanil

La ducha es mi despertador. Siempre fría, por costumbre de infancia. Sin ducha matinal, yo sería un sonámbulo. En cambio, mi tío yayo Lluís no creo que se duchara muchas veces en sus 80 y pico primaveras de vida. Adjunto a su cama, sobre un pequeño mueble, un precioso aguamanil de metal esmaltado. Cada mañana, se lavaba concienzudamente la cara, el cuello, las axilas y lo que él llamaba “los bajos”. Los pies, una vez por semana en un barreño. No regalo que oliera mal. Conveniente a la mixtura con la que se engominaba las cuatro canas que le quedaban, solía heder a clorofila.

Tío Lluís vivía, ya viudo y anciano, en una casita de un cuerpo, en cuya parte trasera había un pequeño patio y un pozo, protegidos del sol veraniego por una frondosa parra. En un extremo del patio, en una minúscula cabina de obra, estaba la letrina (comuna, en catalán), es opinar, un asiento de madera con agujero central que desembocaba en un depósito de aguas negras. Mi tío vertía cada mañana el perico de sus micciones nocturnas y aprovechaba el momento para “ir de vientre”. A posteriori, tiraba el agua jabonosa de la palangana del aguamanil para empujar hasta el fondo frito las heces y los trozos de papel de publicación (él leía El Correo Catalán) con que se había limpiado.

El peculio eléctrico era dogma paterno: “La luz es una ladrona, apágala”

En verano, tío Lluís practicaba de vez en cuando un ritual: colocaba un melón o una melón de agua en el cubo de zinc del pozo (de agua buenísima, por cierto). En días señalados (el 15 de agosto, por ejemplo, fiesta veterano de La Bisbal), igualmente ponía a refrescar una botella de “champán” Delapierre, que era el más económico de aquel tiempo. Demi (es opinar: dulzón). Hacía descender la polea hasta hundir el cubo en el agua y para fijarlo, ataba la cuerda a un gracia de la muro. Al promontorio de unas horas, fresquita, la melón de agua sabía a cielo.

No hace equivocación retornar a la extrema sobriedad de aquellos tiempos en los que la melón de agua era una fiesta; y el Delapierre enfriado en el pozo, un abundancia. En aquel entonces, el peculio eléctrico no era una filosofía, sino un dogma paterno: “¡La luz es una ladrona, apágala!”. Pero, en presencia de la mutación climática, quizás empieza a ser hora de recapacitar lo que la superiora de la maravillosa Irene Vallejo aconsejaba en verano a su sedienta hija: “No dejes de asombrarte cada vez que abres el válvula”.

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