Estamos en el 2021, pero cuando introducimos los términos España y la OTAN en el buscador de Google, los algoritmos priorizan el referéndum de 1986. La parte derecha de la pantalla nos aproxima al tema, con fotos incluidas (un cartel, firmado por el PSOE, con el slogan “OTAN, de entrada no”). Han pasado 35 primaveras desde el referéndum de permanencia y 39 desde el ingreso de España en la OTAN. La España democrática se ha constituido como actor en el ámbito de la seguridad y de la defensa en tanto que miembro de la Alianza Atlántica. Marcada por el pecado llamativo (referéndum de 1986), la pertenencia de España a la OTAN ha estado determinada tanto por factores domésticos como internacionales. ¿Cómo se sitúa España en una OTAN que reacciona frente a las transformaciones del sistema internacional?
El inicial secretario común de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, dividió la vida de la Alianza Atlántica en tres períodos: la OTAN 1.0, una alianza de defensa colectiva en el mundo de la conflicto fría; la OTAN 2.0, un producto de la posguerra fría que se recreó a sí misma en términos de diligencia de crisis y de seguridad cooperativa en los Balcanes y, finalmente, la OTAN 3.0, que, desde el 2010, con la asimilación de un nuevo Concepto Decisivo y posteriores formulaciones en cumbres del Consejo Atlántico (el principal víscera de atrevimiento política de la OTAN) ha revalorizado su rol de actor en el ámbito de la defensa colectiva para enfrentarse a múltiples retos que amenazan a los miembros de la Alianza.
OTAN 1.0. De la España dividida al maniquí gachupin
La transición española en materia de política exógeno y seguridad, de la dictadura franquista hasta la democracia, se puede explicar como un proceso de reconstrucción de la identidad española en el mundo. En el final tercio del siglo XX ello se traducía en integrarse en las organizaciones regionales europeas: la incorporación en el mundo tolerante, con la entrada en el Consejo de Europa; la incorporación en el mundo europeo, con la entrada en las Comunidades Europeas y, finalmente, la incorporación en el mundo occidental, con el ingreso en la OTAN. Mientras que las ideas de la España democrática y la España europea iban juntas y generaban total consenso entre las fuerzas políticas y en la sociedad, no ocurría lo mismo con la idea de España en el agrupación occidental.
El presidente Pedro Sánchez recibe al secretario común de la OTAN, Jens Stoltenberg, en la Moncloa en octubre del 2021 para preparar la cumbre de la Alianza que se hará en España en este 2022. 
En ingenuidad, la pertenencia de España a dicho agrupación en el mundo de la conflicto fría era un hecho desde la firma en 1953 de los acuerdos bilaterales con Estados Unidos, que llevaron a la instalación de bases militares. De ahí se derivan dos argumentos que van a conformar la opinión de quienes se oponían al ingreso de España en la Alianza. Primer argumento: la relación doble con Estados Unidos fue un cifra legitimador de la dictadura y facilitó la permanencia del franquismo en el poder. Así, España sería un caso más de las dictaduras apoyadas por Estados Unidos en el mundo. Este argumento fue potente entre los partidos de izquierda. El slogan “OTAN no, bases fuera”, coreado en las manifestaciones, ejemplifica el argumento.
Segundo argumento: la relación doble fue una relación de dependencia, reduciendo la autonomía de España a nivel internacional. Este final argumento permeó a una parte de la diplomacia española, formada durante el período de José María Castiella como ministro de Asuntos Exteriores de Franco entre 1957 y 1969. De este modo, en el momento en que España se incorpora a la OTAN, en 1982, las posiciones contrarias a dicha incorporación son transversales (en el interior de los partidos) y no responden estrictamente a un clivaje izquierda-derecha (1). El antiamericanismo estaba muy arraigado a nivel político y social. En suma, el tema de la OTAN marcó la campaña electoral de 1982.
Esta situación extraordinaria –regalado que los temas de política exógeno, seguridad y defensa no marcan las elecciones en los países europeos– llevó finalmente a la convocatoria de un referéndum consultivo sobre la permanencia en la OTAN. El referéndum era una promesa electoral del PSOE, que reformuló su posición una vez en el poder. El gobierno de Felipe González pasó del eslogan de su partido, “OTAN, de entrada no”, a diseñar un maniquí gachupin de seguridad basado en: la no incorporación en la estructura marcial de la OTAN, la no instalación de armas nucleares en España y la reducción de la presencia marcial estadounidense. El resultado del referéndum fue adecuado (52% a amparo y 40% en contra, con una décimo de un 60% del censo electoral), pero legitimó al gobierno de González para negociar el llamado maniquí gachupin en la OTAN, basado en la firma de acuerdos de coordinación para la décimo de las fuerzas españolas en la actividad de la ordenamiento.
De todo ello se derivan dos consecuencias para la presencia de España en la comunidad atlántica. Por un banda, pasa a ser instinto como un coligado renuente o semi-alineado, que no ofrece confianza, y, por otro, se suma al maniquí francés (no pertenencia a la estructura marcial); lo que se traduce en situarse del banda europeísta en la fractura atlantismo-europeísmo que ha impresionado la vida de la OTAN. En suma, la posición de España en la OTAN es incómoda y se explica por la musculoso división existente en el país. El fin de la conflicto fría, en 1989, caldo a cambiar el ámbito de mecanismo. La incomodidad de España en la OTAN 1.0 se dejó a espaldas para acomodarse en una nueva OTAN 2.0.
OTAN 2.0. De la normalización a la ‘aznarización’ de la política de seguridad
El fin de la conflicto fría facilitó la normalización de España (ya incorporada en las Comunidades Europeas desde 1986) como actor en materia de seguridad en el contexto de la término dorada (internacionalista dadivoso) que siguió a la caída del tapia de Berlín. Se dejó a espaldas la incomodidad (maniquí embrollado para participar en la OTAN, sin parecerlo) para construir políticas centradas en la imagen de España como potencia media, a través del reforzamiento de su status a nivel institucional (OTAN y UE) y, en concreto, en misiones militares.
El fin de la conflicto fría facilitó la normalización de la posición de España en la OTAN. En la imagen los presidentes Bush y Gorbachov en la etapa final de esta tratando sobre el desarme en 1991. 
La crisis y posterior conflicto del Bahía, de 1990-1991, facilitó el paso de la España semi-alineada a una España plenamente partícipe en misiones militares del mundo occidental (tareas de requisa oceánico en el Bahía). El gobierno González habló en ese momento de la “superación del aislacionismo” en materia marcial internacional. España, que no había participado en los grandes conflictos del siglo XX, se incorporaba, bajo la bandera de Naciones Unidas, de la OTAN o de la UEO (Unión Europea Occidental), en operaciones militares de protección a la ayuda humanitaria, diligencia de crisis, etcétera. En 1997, por ejemplo, había desplegados en Bosnia-Herzegovina 1.500 efectivos en el situación de la encomienda de estabilización de la OTAN (SFOR).
Dicha actividad era totalmente contradictoria con el maniquí gachupin, diseñado en el contexto internacional de conflicto fría y en el contexto gachupin de competición a la Alianza. La imagen de España en la OTAN había cambiado y, por ello, fue doblemente premiada. Por un banda, con el nominación en 1995 de Javier Solana como secretario común de la OTAN (lo que supone la aprobación de los grandes de la seguridad: Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña) y, por el otro, con la votación de la ciudad de Madrid para celebrar una cumbre atlántica. En el Consejo Atlántico de Madrid, de 1997, se puso en marcha la plena incorporación de España en la OTAN. Se hizo efectiva poco posteriormente, con el acuerdo de los dos grandes partidos, al mismo tiempo que se creaba en España un mando de la OTAN. Izquierda Unida fue la única fuerza parlamentaria que se opuso. El debate sobre la OTAN había perdido relevancia entre los españoles, al mismo tiempo que la imagen de las fuerzas armadas iniciaba un proceso de perfeccionamiento mezclado a su décimo en las misiones internacionales y al final del servicio marcial obligatorio, en el 2001.
José Manuel Durao Barroso, Tony Blair, George W. Bush y José María Aznar, el 16 de marzo del 2003 en la cojín aérea de Lajes, en Terceira (Islas Azores)
El consenso entre los dos grandes partidos (PP y PSOE) en torno al papel de España en materia de seguridad se quebró por la aznarización que sufrió la memorándum en el nuevo contexto internacional del post 11-S. Los ataques terroristas pusieron a prueba a la OTAN, cuyos miembros (España incluida) declararon la conflicto, aplicando el artículo 5 del Tratado de Washington (“un ataque armado contra una de las partes es un ataque contra todos”). Ahora perfectamente, la organización de Estados Unidos contra Irak, en el 2003, que dividió a los aliados entre defensores y opositores del ataque armado, reformuló en España la fractura llamativo en términos de europeísmo frente a atlantismo.
Aznar rechazó el maniquí de España-potencia media, perseguido a través de la UE, el alineamiento con el eje franco-alemán y la defensa del explicación de la UE como actor en seguridad y defensa. La aznarización fue una envite por el atlantismo y la búsqueda de un nuevo status para España, basado en una relación privilegiada con Estados Unidos, de ancho a ancho, liberándose de la dependencia española de Francia, enraizada en la UE. Aznar asumió el discurso neoconservador de la delegación Bush. En dicha recta tomó posiciones radicales, como proponer la incorporación de Israel en la OTAN, y, lógicamente, defender la conflicto contra Irak, en el 2003. Este alineamiento chocó con la diplomacia española, con la opinión pública (manifestaciones multitudinarias) y con sectores de su propio partido, por otra parte de con el eje franco-alemán.
En consecuencia, la política de seguridad fue de nuevo relevante en la campaña electoral del 2004. La vencimiento de Rodríguez Zapatero, tras los atentados terroristas del 11-M, revivió, en cierta medida, lo ocurrido en 1982. Así, la promesa electoral de retirar las tropas españolas desplegadas en Irak en agosto del 2003, por atrevimiento del Consejo de Ministros, se llevó a lengua de forma rápida, en mayo del 2004. Fue, en palabras de Rodríguez Zapatero, un símbolo de la dorso a Europa. La atrevimiento, circunstancial, no cambió el compromiso gachupin en el situación de la OTAN, aunque reapareció por algún tiempo el discurso del coligado poco fiable. El acomodo de España en la OTAN 2.0 dejará paso a un perfil mucho más discreto en el situación de una OTAN 3.0, suficiente convulsa.
OTAN 3.0. De la España en crisis a la OTAN en crisis
Los analistas han señalado a lo desprendido de la última término larga que España está punching below its weight (2); en otras palabras, influye por debajo de sus posibilidades. No ejerce de potencia media. Las crisis combinadas que vive España
–económica, territorial y política– la han situado en la periferia de los terrenos internacionales de mecanismo (3). Adicionalmente, la postura de Mariano Rajoy, en recta con el célebre “menos Siria y más Soria”, redujo la presencia del país en el exógeno al más parada nivel. Ello no fue en detrimento de sus compromisos en el situación de la OTAN: centro combinado de operaciones aéreas situado en Torrejón de Ardoz, décimo en operaciones de la OTAN en Turquía, en Letonia, en la Policía Aérea en el Báltico, en Afganistán (operación Apoyo Decidido, Resolute Support) o en la operación Vigilante del Mar, Sea Guardian, en el Mediterráneo. Hay una dinámica en marcha, relevante para la identidad de las fuerzas armadas. Así, en el 2021, España está presente en dieciséis operaciones de la OTAN, la UE y Naciones Unidas, con un total de 2.900 personas sobre el ámbito.
Un corro de familias afganas se dirigen a un avión estadounidense en la cojín aérea de Torrejón de Ardoz el 24 de agosto de 2021 para ser trasladados a Alemania tras la crisis en el país oriental. 
En el mismo período, la OTAN 3.0 es una ordenamiento en crisis, que se enfrenta a desafíos internos y externos. En el 2019, Macron habló de una OTAN en “homicidio cerebral”, desatando un gran revuelo. Lo cierto es que la OTAN tiene muchos problemas. Sufre una pérdida de credibilidad y de licitud, tras el fracaso de sus operaciones de protección de civiles, en Libia, y de nation building, en Afganistán. La relación transatlántica se tambalea (Obama desplazó el pivote de la seguridad cerca de Asia por el desafío chino; Trump calificó a la OTAN de obsoleta y no parece que sea prioritaria para Biden) y como siempre está la crítica estadounidense al bajo desembolso de los europeos en defensa (frente al 2% adeudado por Trump, España gasta un 1,24% del PIB). Finalmente, Putin en Ucrania y Estado Islámico en el Sahel han situado a los europeos frente a amenazas preocupantes.
Esta es la situación de cara a la cumbre del Consejo Atlántico que se celebrará en Madrid en el 2022. Cuarenta primaveras posteriormente del ingreso de España en la OTAN, la cita del 2022 no ha despertado, por ahora, competición alguna, siquiera en Unidas Podemos. Ahora perfectamente, la crecimiento que está sufriendo la OTAN a causa de los desafíos mencionados (y no son todos) suscita debates internos. ¿Cuál es la posición española en dichos debates?
La “homicidio cerebral de la OTAN”, citada por Macron, venía acompañada de una propuesta: el explicación de la autonomía estratégica de los europeos. La propuesta se inserta en el debate permanente entre europeísmo y atlantismo. La Táctica de Influencia Extranjero (2020-2024), elaborada por el Empleo de Asuntos Exteriores gachupin, se ha posicionado en amparo de la autonomía estratégica europea. Es un tema a seguir, que afecta a la industria de defensa española.
Miembros de la Royal Navy británica en el buque de conflicto HMS Defender en el puerto de Batumi, en el Mar Desfavorable.
La ocupación de Crimea, en el 2014, devolvió a la OTAN a la conflicto fría, según algunos. La focalización en la amenaza de Moscú abrió otro debate en términos de Este frente a Sur (África del Finalidad y Sahel). España mantiene una posición más pragmática respecto a Rusia, a diferencia de los socios del Este, encabezados por Polonia. Lo que no obsta para que España no entrara en el mecanismo propagandístico desplegado por Putin durante la crisis de la covid; no aceptó la ayuda médica y sanitaria ofrecida por Moscú, a diferencia de Italia. El despliegue de banderas rusas en vehículos militares circulando por Italia fue un shock para algunos socios de la Alianza. Volviendo al debate Este frente a Sur, hay que indicar que parte de la presión para orientar a la OTAN cerca de el Sur procede de España (4).
Finalmente, hay que mencionar el debate entre los defensores de una OTAN reorientada cerca de su objetivo llamativo en la conflicto fría (defensa colectiva) y los defensores de una OTAN con una visión más amplia de la seguridad, siguiendo la concepción desarrollada en el mundo de la OTAN 2.0; esto es, sustentar una ordenamiento que ofrezca, a la vez, defensa colectiva, diligencia de crisis y seguridad cooperativa. Poliedro que la Táctica de Influencia Extranjero, antiguamente mencionada, destaca el enfoque en la seguridad humana como primordial para la visión española de la seguridad, España se sitúa del banda de la visión amplia, no limitada a la defensa colectiva.
Esther Barbé es catedrática de Relaciones Internacionales. Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) / Institut Barcelona d’Estudis Internacionals (IBEI)
1. Esther Barbé, España y la OTAN, Barcelona, Laia, 1981.Notas al pie
2. Charles Powell, “The Pain in Spain. Madrid and the European Financial Crisis”, en T. Couloumbis et al. (eds.), Southern Europe in Trouble Domestic and Foreign Policy Challenges of the Financial Crisis, Istituto Affari Internazionali, 2012, págs. 15-39.
3. Eduard Soler y Esther Barbé, “Spanish foreign policy: Navigating total shifts and domestic crises” en Jeroen K. Joly y Tim Haesebrouck (eds.), Foreign Policy Change in Europe Since 1991, Springer, 2021, págs. 259-283.
4. Luis Simón et al., “NATO and the South: A tale of three futures”, Madrid, Positivo Instituto Elcano, mayo 2021, en: www.realinstitutoelcano.org/wps/
portal/rielcano_en/publication?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_in/publications/
nato-and-the-south-a-tale-of-three-futures
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