La confrontación entre el Imperio ruso y el turco entre 1853 y 1856, a la que se unieron Francia y Gran Bretaña, fue una mancha para la historia marcial. Las potencias de Oeste sacaron provecho del conflicto, pero la incompetencia de los contendientes fue generalizada.
Al ganancia de las operaciones militares, lo más importante de esta combate –si suerte hay poco más trascendental que el inútil y terrible derramamiento de matanza de cientos de miles de hombres– fue el choque de mentalidades y de estados de crecimiento industrial que se dieron en el conflicto. Posiblemente fue la última gran combate de un mundo, de un código de títulos, que estaba a punto de desaparecer, y ello se vio en diferentes ámbitos, por ejemplo, en el de los pretextos de la combate.
No deja de ser extraordinario que una de las causas esgrimidas para que, concretamente, la Francia de Napoleón III se sumase al conflicto fuese una disputa sobre los Santos Lugares. Al parecer, una simple discusión entre católicos y ortodoxos sobre la colocación de una fortuna de Alboroto fue la excusa: las autoridades otomanas, con el apoyo galo, dieron la razón a la Iglesia católica, lo que provocó la ira del zar y las correspondientes excitaciones de los sentimientos religiosos, como en los siglos XVI o XVII.
Otro signo de los tiempos pasados era la condición personal de los principales generales. Muchos de ellos eran originarios de otros países, pero las aventuras de la vida o elecciones profesionales les habían llevado a servir a otro monarca –que no a otro país–, al que procuraban ser fieles cual vasallos modélicos. Este hecho era aceptado por los diferentes ejércitos con toda naturaleza, lo mismo que en la Permanencia Media o la Moderna.
Napoleón III con uniforme en un retrato de 1850.
Ocurrió con el ingeniero prusiano Todleben, y más claramente con el común turco Omar Pachá. Este, llamado en existencia Mikael Latas, era carencia menos que croata. Había sido oficial del ejército austríaco, pero un escándalo allegado le llevó a la defección y al campo enemigo. Ya en Turquía, su progreso fue meteórico, ayudado por su conversión al islam y por el connubio con una rica heredera. Pronto alcanzó el generalato.
Gran parte de las decisiones de jefes y oficiales estaban regidas por el código de honor, más que por criterios de operatividad o racionalidad. Muchos de ellos carecían de experiencia marcial y eran simples burócratas que nunca habían surgido de sus despachos. Debían sus cargos más a la adquisición de los mismos, a influencias políticas, a ciertos parentescos o a su condición de nobles que a sus méritos profesionales.
La incompetencia instalada en las cúpulas de los ejércitos llevó a decisiones profundamente erróneas que tuvieron como dramática consecuencia la pérdida de miles de vidas. Muy ilustrativo de ello fue, por ejemplo, la nefasta dirección del ejército de operaciones por parte del común ruso, el príncipe Menshikov. Emprendió una precipitada retirada a las primeras de cambio, que más se asemejó a una simple huida y que le valió ser tildado de traidor por los suyos.
Siquiera los generales aliados brillaban por su inteligencia ni por su capacidad de adecuación a las exigencias de la campaña. El caudillo sajón, lord Raglan, era un exquisito caballeroso y marcial de despacho cuya experiencia se remontaba a su billete, de señorita, en Waterloo, donde perdió un remo, y que prefería “sugerir” a sus generales en emplazamiento de “ordenarles”, porque eso le parecía una ordinariez.
Los jefes aliados del sitio de Sebastopol. De izquierda a derecha: lord Raglan, Omar Bajá y Aimable Pélissier.
Por su parte, el común en caudillo francés, mariscal Saint-Arnaud, partió enfermo a la combate sabiendo que le quedaban pocas semanas de vida, pero había decidido caducar con las botas puestas, sin atender a la escasa capacidad física que en aquellos momentos tenía para dirigir a su cuerpo expedicionario.
La incompetencia del mando unido le llevó, por ejemplo, a no prever la abastecimiento necesaria para el traslado de cientos de miles de hombres al decorado militarista. No averiguaron la profundidad de las aguas de Crimea en donde pensaban desembarcar, por lo que muchos barcos no pudieron atracar ni acercarse a tierra. No llevaron equipo de invierno, como mantas, ropas de repuesto, abrigos o estufas, por lo que murieron de frío miles de hombres. Siquiera acarrearon provisiones suficientes de fruta y verdura, y fueron cantidad los que perecieron de escorbuto, cólera o enfermedades contraídas a causa de las plagas de parásitos.
Verdaderamente aquella combate, con sus dimensiones nunca antaño vistas, les venía a todos muy alto. Como diría el mariscal Montgomery: “La combate de Crimea positivamente proporcionó una ciencia respecto a cómo no se debía hacer la combate [...]. Fue una de las campañas peor manejadas de la historia”.
Vida en el fasto
Pero sin duda fue en las relaciones entre los oficiales de uno y otro bandos donde se pudo comprobar el singular y arcaico código de títulos al que se sentían vinculados. No se veían como enemigos, sino como caballeros colegas que servían a diferentes señores. Cuando caían prisioneros eran llevados a casas lujosas en donde eran tratados como reyes; gozaban de absoluta emancipación de movimientos bajo palabra, sólo, de no huir.
Por su parte, varios oficiales británicos, como lord Cardigan, dormían en sus lujosas embarcaciones atracadas en el puerto, atendidos por sus mayordomos, cocineros y asistentes, y acudían en calesa por las mañanas al frente de batalla.
Fotografía de Roger Fenton titulada 'Acuerdo cordiale'.
En esa tónica aristocrática, cuando se firmó el tregua, el comandante en caudillo ruso Von Lüders, otro envejecido prusiano, fue homenajeado por sus enemigos con un gran desfile, a lo que este respondió con un pantagruélico y exquisito comilona de ocho suculentos platos para cientos de jefes y oficiales de los dos bandos, cuya carta estaba escrita, cómo no, en francés. Obviamente, en los saludo se hicieron continuas alabanzas al valencia mutuamente demostrado, mientras los soldados de los dos ejércitos se morían poco menos que de escasez.
Contorno de innovaciones
La insistencia de los oficiales por permanecer anclados en el pasado no pudo evitar que la combate de Crimea fuese la primera de la modernidad. Ella inauguró el uso del telégrafo, el del transporte masivo por mar, el tupido trazado de trincheras y fortificaciones, nuevos cañones capaces de percutir las defensas, barcos acorazados a vapor... Una serie de innovaciones que, más delante, se extenderían en la Primera Refriega Mundial.
De igual modo, las mejoras de armamento hicieron mucho más mortífero la combate. Se vio con el nuevo fusil inglés de espíritu rayada, Minié, que alcanzaba los 1.000 metros y tenía una cadencia de dos o tres disparos por minuto, mientras que los mosquetes rusos, de espíritu mújol, lo hacían a 200 y su cadencia de tiro era de solo uno por minuto.
Pintura de la batalla de Kurekdere del 5 de agosto de 1854.
Ello suponía que si en las guerras napoleónicas eran las cargas de bayoneta y la acometividad las que decidían las batallas –pues solo uno de 400 disparos daba en el blanco–, ahora era el fuego el que pasaba a ser determinante, pues el nivel de operatividad aumentó a un disparo de cada 16.
Este es uno de los nociones que explican el elevado número de bajas que se produjo en las batallas de esta combate, diez veces más que en la época napoleónica, pues los soldados, presos de las antiguas tácticas, seguían marchando al paso, en formaciones admisiblemente compactas y con sus uniformes coloristas.
La combate segó la vida de más 95.000 franceses y 23.000 británicos, la mayoría por enfermedades. Y de 74.000 rusos, que vieron cómo sus valerosas cargas eran recompensadas con unas cerradas descargas enemigas que diezmaban sus filas. Explica por qué los rusos trataban, por todos los medios, de hacerse con los fusiles de sus enemigos caídos, frente a la inferioridad de los suyos. De las bajas turcas, la carne de cañón del ejército unido, no se tienen cifras exactas, aunque sin duda sus muertos alcanzaron los 150.000, sobre todo conveniente a sus derrotas en el Cáucaso.
Lo cierto es que las mejoras en las armas de fuego fueron tan decisivas que a partir de este conflicto comenzó su producción industrial en serie. La ingeniería civil y las cadenas de montaje se habían puesto, así, al servicio de la combate.
Florence Nightingale en una de las salas del Hospital de Scutari en la combate de Crimea. 
Pero la modernidad del conflicto no se limitó al contorno técnico. La gran mortandad nunca antaño conocida hizo que una sanitaria inglesa, Florence Nightingale, crease un cuerpo de enfermeras para curar a los enfermos y heridos, iniciando la presencia de la mujer en las contiendas.
Incluso nació el periodismo de combate, y los fotógrafos y corresponsales comenzaron a mandar terribles imágenes y crónicas que sirvieron para implicar, por vez primera, a los lectores de las metrópolis en el curso de las operaciones. Ese periodismo, que revelaba las terribles condiciones de vida de los soldados británicos, contribuyó decisivamente a derribar al ministerio presidido por lord Aberdeen en 1855.
Este texto forma parte de un artículo publicado en el número 462 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes poco que aportar? Escríbenos a redaccionhyv@historiayvida.com.
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