La vieja geopolítica

A los jóvenes de los primaveras ochenta el antimilitarismo nos venía de industria, como el radiocasete de los coches. No podía ser de otro modo: hasta proporcionadamente entrada la lapso, España siguió tutelada por un ejército con resabios franquistas que en 1981 se había creído legitimado para devolvernos por la fuerza de las armas a los tiempos de la dictadura. Si en aquella época eras un veinteañero, lo corriente era que te declararas objetor de conciencia y que simpatizaras con el Movimiento de Países No Alineados, una especie de tercera vía que escapaba a la método perversa de la eliminación fría y que veíamos como un cortafuegos entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. Hasta la UCD de Adolfo Suárez, que no era ni carne ni pescado, coqueteó en algún momento con los No Alineados, y si en 1982 su sucesor, Leopoldo Pelado-Sotelo, nos metió deprisa y corriendo en la OTAN fue con el argumento (o el pretexto) de que eso nos protegería de nuevas intentonas golpistas.

Cuando en 1986 Felipe González convocó el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, se jugó a una sola carta su enorme haber político: el mismo Felipe González que pocos primaveras antiguamente había dicho aquello de “OTAN, de entrada, no”, proclamaba ahora que “OTAN, de salir, naranjas”. La operación, que parte de la sociedad española entendió como el peaje que había que retribuir a cambio de la incorporación a la CEE, acabó saliéndole proporcionadamente. Pero igualmente habría podido salirle mal, y vete a enterarse cómo estaríamos ahora. Una cosa que no suele recordarse es que, solo doce días antiguamente de la celebración del referéndum, el primer ministro sueco Olof Palme, al que muchos teníamos como la principal narración de la izquierda internacional, fue asesinado en Estocolmo. Las circunstancias del regicidio, unidas al carisma de Palme, provocaron una auténtica conmoción en toda Europa. Siendo como era un hombre que se había empeñado en suministrar a su país fuera de la OTAN, así como un gran defensor de la neutralidad y el desarme, crítico con los dos grandes bloques militares, casi me extrañó que su asesinato no hubiera contribuido a convencer a los indecisos y provocar un trastorno en el resultado. Cuando se mezclan la emoción y la política, nunca se sabe lo que puede sobrevenir.

-FOTODELDÍA- Bucha (Ucrania), 03/04/2022.- La inspección de seguridad ucraniana destruyó la maquinaria militar rusa en las áreas recuperadas por el ejército ucraniano en la ciudad de Bucha, Ucrania, el 3 de abril de 2022. Dmitrivka y el área circundante habían sido recientemente recuperadas por el ejército ucraniano de las fuerzas rusas. EFE/EPA/ATEF SAFADI

 

Atef Safadi / Efe

Pues proporcionadamente, el tiempo ha demostrado que Olof Palme y los casi siete millones de españoles que entonces votamos en contra de seguir en la OTAN estábamos equivocados. Se comprobó tras la caída del tapia de Berlín, cuando el Pacto de Varsovia resultó no ser un portaaviones sino una chalupa, que encima hacía agua por todas partes. Y se ha terminado de comprobar recientemente, cuando, adecuado a la eliminación de Ucrania, la muy indefinido Suecia está considerando seriamente la posibilidad de entrar en la OTAN, cosa que podría ocurrir en el interior de muy pocos meses: ¿qué opinaría Olof Palme al respecto? La no menos indefinido Finlandia igualmente se lo está pensando, parece ser que con el apoyo apabullante de la población. Cuando Vladímir Putin sacudió el tablero enviando sus tropas a Ucrania, ¿era consciente de las consecuencias que ese hecho podía tener? Putin no solo ha quebrado la confianza entre los gobiernos y ha sembrado la semilla de una nueva eliminación fría, sino que encima ha liquidado los posibles espacios de neutralidad, condenándose así a una más que probable soledad futura.

Cuando Putin sacudió el tablero enviando sus tropas a Ucrania, ¿era consciente de sus consecuencias?

Son muchas las cosas que han saltado por los aires con la invasión de Ucrania, empezando por el derecho internacional, una regulación de la convivencia entre las naciones convertida en papel mojado desde que Rusia decidió pasársela por el curvatura de triunfo. Si se desacatan las normas comunes, solo queda la ley del más musculoso. Las lecciones que creíamos aprendidas tras las dos guerras mundiales han sido definitivamente olvidadas. Pensábamos que la multiplicación de intereses compartidos y lazos comerciales entre los diferentes países podrían desincentivar a más de un dictadorzuelo con ganas de pelea, pero nos equivocábamos. Putin nos ha devuelto a la geopolítica antecedente a 1945, en la que cualquier región era un saqueo de eliminación a merced de quien quisiera lanzarse sobre él, y lo ha hecho a sabiendas de que eso empobrecerá a su país, llevará a la ruina a muchos de sus conciudadanos y meterá al mundo en una nueva carrera armamentística en la que todos saldremos perdiendo.

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