Rebelión en los pabellones de la Bienal de Venecia

Ignasi Aballí altera el pabellón castellano girándolo 10 grados para alinearlo a su vecino de Bélgica; Simone Leigh ha transformado el de Estados Unidos en una choza africana, con un techo de paja que cubre parte de la figura; Maria Eichhorn excava en el pabellón ario para mostrar los vestigios de su maquillada bloque fascista; el pabellón nórdico se ha transformado en el pabellón sami, el pueblo indígena del círculo polar ártico; Polonia cede por primera vez el suyo a una actor gitana, Małgorzata Mirga-Tas...

No hay duda de que la 59.ª Bienal de Venecia, que el sábado abre sus puertas al manifiesto, pasará a la historia por el intento de su comisaria, Cecilia Alemani, de disparar en la recorrido de flotación de la idea del hombre blanco como centro de todas las cosas (de los 213 artistas seleccionados para la exposición central, 9 de cada 10 son mujeres), pero en pabellones nacionales donde los países muestran al mundo sus fantasías y las modo en que quieren presentarse en el mundo, los artistas todavía parecen decididos a trastornar el orden geopolítico de los Giardini –donde se ubican los edificios históricos; el resto, hasta 80, se reparten por toda la ciudad– y muchos de ellos torpedean el concepto mismo de nación.

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Varias personas observan el pabellón de España en la Bienal de Venecia 

Laura serrano Conde / EFE

La corrección de Aballí en el pabellón de España

Cuando Ignasi Aballí comenzó a pensar en su intervención en el pabellón castellano lo primero que le llamó la atención es que el edificio que adaptado ahora cumple cien abriles estaba levemente desplazado respecto al de sus vecinos de Bélgica y Países Bajos. Si se trataba de un posible error, iba a corregirlo. Y eso es lo que ha hecho, enmendar aquel primer error construyendo en su interior otro pabellón cuyas paredes se inclinan 10 grados respecto al flamante. “Pero lo que ha provocado de esta modo es un segundo error: hay un conversación de dos arquitecturas que no cuadran. Las dos tienen que hacer concesiones para convivir, porque la flamante pierde espacio y la nueva no junto a entera”, señala Bea Espejo, la comisaria de una exposición que en apariencia es un espacio vano pero en cuyo interior pasan muchas cosas.

Los visitantes pueden simplemente contemplarlo como una magnífica escultura, con sus gamas de diferentes blancos, callejones que como en la propia Venecia no conducen a ninguna parte y las pinturas dejadas al azar de la luz que se cuela por la claraboya, pero si le dedican más tiempo comienzan a surgir las preguntas. ¿Por qué corregir poco que otro había legado por válido? ¿Por qué querer compararse con los vecinos, ese confuso tan castellano? E incluso, ¿corregir un pabellón franquista es cuestionarlo? ¿Para qué sirve? Sutil y radical, Aballí hablaba ayer de “malgastar” la oportunidad dejando el espacio vano, aunque en efectividad como apuntaba Espejo ahí está destilada la esencia del actor, una especie de autorretrato o “retrospectiva estafa” que invita al visitante a “bloquear” los espacios de la Bienal y escrutar en una Venecia desconocida a través de un plano y seis libros.

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La escultura"Anonymous", parte de la instalación 'Soberanía' de Simone Leigh en el pabellón de EE.UU. 

Antonio Calanni / AP

El día que EE.UU. amaneció como una choza

Si Aballí desdibuja cualquier idea de representación franquista que tenga un sentido único, Simone Leigh, primera mujer negra en representar a los Estados Unidos, ha optado por explorar la carga de la historia colonial empezando por recubrir su majestuoso edificio de columnatas blancas con un techado de paja que recuerda el palacio africano que se exhibió en la Exposición Colonial de París de 1931, en el que incluso se llevaron nativos para habitarlo. Custodiada por un gran bronce de una mujer negra, en el interior se encuentran, entre otras piezas, una lavandera con los pies en el agua inspirada en una vieja postal de Jamaica o una representación de la primera mujer de Napoleón, Josefina, decapitada.

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El dúo de artistas alemanas Eva y Adele frente a la instalación de Maria Eichhorn en el pabellón ario 

Andrea Merola / EFE

El aparición carca, en el pabellón ario

La identidad es poco demasiado confuso para atraparlo entre cuatro paredes. En división de obviar la cuestión, la berlinesa Maria Eichhorn la aborda revisando la historia del propio pabellón ario, construido en 1909 y rediseñado durante el periodo carca, como recordó Hans Haacke en 1993, quien textualmente demolió el suelo de mármol y colocó en la entrada sobre un fondo rojo una fotografía en blanco y bruno de Hitler y Mussolini visitando la Bienal de Venecia de 1934. Eichhorn quería textualmente trasladarlo a otro división y luego restituirlo de nuevo, pero en división de eso –demasiado complicado– ha excavado el suelo, dejando a la aspecto los cimientos y descubriendo algunas partes de azulejo que se esconden tras las paredes. Siquiera aquí parece que haya nadie que ver, aunque nos asomamos al centro del torrentera, allí donde empezó todo. Y como Aballí, todavía ella nos invita a desasistir los Giardini y a pasarse por Venecia lugares donde se produjeron actos de resistor contra el fascismo.

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Piezas de tres artistas sami en el pabellón nórdico 

VINCENZO PINTO / AFP

La voz amenazada de los sami, en el pabellón nórdico

El pabellón nórdico, que asiduamente comparten Noruega, Suecia y Finlandia, todavía subvierte el orden y parece sospechar por un mundo renovado en el que tengan cabida quienes hoy se sienten amenazados. Rebautizado como pabellón sami, el edificio diseñado por Sverre Fehn está habitado ahora por tres artistas de la comunidad de aproximadamente 80.000 indígenas que viven en la región ártica, amenazada por la crisis climática. Del techo cuelgan crías de reno aparentemente muertas por depredadores y en un retablo pictórico podemos ver cincuenta abriles de lucha desde que el gobierno sueco los despojara de los derechos de pastoreo. Al final un novillo rojo deja imaginar que aún hay esperanza pero “hay otro drama que no está aquí y del que nadie palabra –dice la cocomisaria Katya García-Antón– y es que los que están en la zona rusa han sido todos enviados al frente de Ucrania. Han muerto el 80%”.

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Una imagen del montaje de Zineb Sedira en el pabellón francés 

VINCENZO PINTO / AFP

Los sueños no tienen título en el pabellón francés

Además Francia parece hacer una explicación política entregando su pabellón por primera vez a una actor de origen argelino, Zineb Sedira, adaptado cuando se cumple el sesenta aniversario de la independencia tras una cruzada de ocho abriles. La actor ha convertido el pabellón en un set de rodaje donde la recorrido entre efectividad y ficción se desdibuja como el bebida que parece flotar en un bar inspirado en La batalla de Argel de Gillo Pontecorvo y donde ahora una pareja de actores perca.

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