Salvador Távora insistía en la honda profundidad de los andaluces, tan alejada de la disposición y la chunga que les adjudica una imagen tópica relativamente fresco: “No tiene más de ciento y pico primaveras”, afirmaba el actor y director teatral, que indagó en la identidad histórica de su tierra y agrandó el oficio desde La Cuadra de Sevilla. Algunos de sus aclamados espectáculos – Quejío – alertan ya desde el título de su desatiendo de complacencia.
Todos hemos conocido a andaluces secos, melancólicos y hasta tristísimos, que a menudo han transformado su desgarro en arte. Crecimos con la suerte de la tragedia de Lorca, el pulso entre sinceridad y deseo de Cernuda, la defensa de la “soledad en la que se está” de María Zambrano. Y, con los primaveras, les hemos añadido el sentimiento de entrada cargo de Suerte Morente, ebria de soleá, o la orfebrería literaria de Eliseo Alberto, editor de Renacimiento, a quien se le quedó pequeña la editorial del alfoz de Santa Cruz con su infinidad de altillos. En pocos días, una diseñadora gitana, Juana Martín, se convertirá en la primera mujer española que desfila en la entrada costura de París. Un sucinto recopilación del talento de quienes, exponentes de la civilización universal, derriban tipismos con su obra sin caer en ese folklore tan burdo como aburguesado.
Muchos andaluces derriban tipismos con su obra sin caer en el folklore burdo
El 19-J se celebrarán las elecciones a la Articulación de Andalucía, y todos los augurios anuncian una triunfo de la derecha. Una corriente de tradicionalismo se agita en la campaña, que talego a pasear a señoritos del siglo XXI y exalta “la belleza andaluza” de la candidata alicantina de Vox, que “parece pintada por Julio Romero de Torres”. En la hoja de ruta del partido, quieren terminar con todo: el feminismo, Canal Sur, los inmigrantes, las autonomías y hasta el Senado. Y yo pienso en la soledad de los descendientes de Zambrano y Távora, a quienes, al saludarlos, tenemos la osadía de decirles “no pareces andaluz”.
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