Con las manos en los bolsillos

Hace unos meses cometí un serio error: me puse a descender las escaleras de casa con las manos en los bolsillos.

Tropecé y caí premioso, premioso como una pluma, y en la lenta caída aún tuve tiempo de sobras para preguntarme un par de cosas:

¿Cómo era posible que me estuviera cayendo tan lentamente pero no fuera capaz de evitar la caída?

–¿Cómo demonios me saco las manos de los bolsillos?

–¿Cómo es posible que me esté cayendo tan lenta y conscientemente, y sin confiscación no sea capaz de reaccionar y evitar la caída?

Definitivamente caí, y ya varios escalones más debajo, tras comprobar que no me había roto mínimo, me morapio a la mente una pregunta más, la tercera:

–Treinta primaveras a espaldas, ¿me hubiera caído incluso, o hubiera sido capaz de poner la otra pierna y ahorrarme el trompazo?

(Ya he pasado la barrera de los cincuenta).

Para la última pregunta, tengo la respuesta:

–Me hubiera ahorrado el trompazo.

Le hablé del trompazo a un amigo de confianza y el hombre me soltó el palabro: propiocepción.

–¿Estás trabajando la propiocepción?

–Pues, esteeeee...

Mi amigo me descifró el concepto. La propiocepción es el sentido del firmeza, esa cualidad que desarrollamos de críos y que, sin saberlo siquiera, reforzamos en la ado­lescencia y que luego, conforme envejecemos y nos abandonamos, vamos perdiendo.

Serena Williams cae al sintético tras torcerse el tobillo

Serena Williams cae al sintético tras torcerse el tobillo

Hamish Blair / AP

La propiocepción nos permite darle un puntapié a un balón sin irnos al suelo. O penetrar a canasta y anotar en bandeja. O soltar un raquetazo de derecha y luego volver el sentido y nacer alrededor de el otro flanco de la pista para averiguar el revés.

La propiocepción es todo aquello que ya escasamente nos queda cuando hemos superado la barrera de los cincuenta.

Un momento, ¿hay soluciones?

Hay soluciones.

Podemos disimular la carencia. Podemos presentarnos en el pabellón y averiguar un pericón de ejercicios que nos corrijan los desequilibrios. Podemos hacer todo aquello que antiguamente, de críos, críos arrogantes, sobrados de la vida, nunca hubiéramos trabajado:

–Propiocepción –nos decía el profesor de Educación Física.

–¿Propioquééééé...? Pásame la pelota, sigamos con el partido.

Podemos hacer muchas cosas para detener el inapelable envejecimiento, pero la verdad, no me da la vida. No todo lo podemos detener. Si me hago añoso, pues tira delante, deja las pachangas y deja las bandejas bajo el aro.

PD: Lo que sí puedo hacer es estar atento: si estoy bajando unas escaleras, será mejor que me tirada las manos de los bolsillos.

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