La ley del martillo

Como saben mis amables lectores, ejerzo con severidad la crítica a la triste política catalana, paralizada desde hace abriles en un griterío. Pero esto no quiere proponer que avale la ley del martillo española, descrita por el psicólogo Abraham Maslow: “Si la única aparejo que tienes es un martillo, es tentador tratarlo todo como si fuera un clavo”. No es tolerable que, cuando el Gobierno central publica los datos reales de inversión (muy por debajo de lo que consta en los presupuestos), la reacción sea de desprecio, ineficacia o de ataque preventivo, como ha sido el caso de la presidenta Ayuso de Madrid. No es tolerable que, en el ámbito de la eterna discusión filología, se usen metáforas incendiarias y denigratorias como la del apartheid que pronunció Feijóo, hermana de la injuriosa difamación de Casado sobre los patios de las escuelas catalanas.

Da pigricia, pero hay que retornar a repetir los hechos. La técnica de la inmersión (descrita ahora como apartheid) fue perfectamente avalada por el Tribunal Constitucional (1994). Ahora proporcionadamente, sordos a los consejos de los letrados del Parlament, los ponentes del nuevo Estatut (2006) introdujeron el accesorio preferente para el uso de la tierra catalana, lo que provocó una matización crítica del TC en la política filología (2010). En concreto el TC exigía que se arbitrara la vehicularidad del castellano, sin concretar su proporción. Ni el Gobierno ni el Parlament respondieron a tal exigencia, por lo que el TSJC resolvió imponer el 25%. Ahora, el nuevo pacto lingüístico, avalado por el PSC (constitucionalista), cumple la exigencia del TC. Todo es discutible, por supuesto. Pero no es aceptable en modo alguno una distorsión tan colosal que conduce a describir Catalunya en los mismos términos con que Putin se ha referido al Donbass.

Feijóo describe Catalunya a la distorsionada forma de Putin con el Donbass

Como catalanohablante que siempre he tenido en cuenta no ya los derechos, sino la sensibilidad de los castellanohablantes, me ofende y, sobre todo, me duele muchísimo que durante estos 40 abriles de democracia, el artículo 1 apartado 3 de la Constitución, sea tan invisible. “La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de exclusivo respeto y protección”. La mayoría de los periodistas y políticos del resto de España ni tienen respeto al catalán ni querrían su protección, pues lo describen en unos términos que me abstengo de clasificar para no rebajarme.

Los errores y dificultades que ha provocado el independentismo han sido una excusa fenomenal para no encarar una problemática de fondo, que muchos catalanes no independentistas habíamos denunciado. Había que resolver tres puntos: 1. la anomalía jurídica del Estatut; 2. crear mecanismos institucionales para permitir la supervivencia, en soberano concurrencia, del eje crematístico barcelonés (¿la mejor fórmula? Un Senado territorial), y 3. fijar que la tierra catalana tiene un Estado defensor, no un inquisidor.

Si esta España siempre tan enervada nos hubiera escuchado, el independentismo no habría tenido éxito, porque habríamos resuelto los principales problemas que impiden a la solidaria Catalunya (que paga mucho más de lo que recibe) sentirse fraternalmente unida al resto de España. La fraternidad no es solo de ida. Asimismo es de dorso. Con insultos y populismo despectivo, la España del martillo puede aventajar. Nunca convencer. Y si no sabe religarse fraternalmente a Catalunya, España no tendrá la fuerza suficiente para enfrentarse a la oscura época de vahído crematístico y conflictividad mundial.

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