Ay, ay, ay

Tú que has sangría tantos meses de tu vida”, canta Rigoberta Bandini en uno de sus temas más conocidos, Ay mamá . Se refiere a su origen, por supuesto. Sin bloqueo, dice una gran verdad que afecta a su origen y a todas: nos pasamos muchos días de nuestra vida sangrando. Forma parte de la biología femenina. Tener la sensación de que se te va la vida por la vagina es, como poco, desagradable.

¿Quién se inventó el tópico de la dama débil incapaz de soportar la visión de la casta en una herida, si todas las mujeres del mundo estamos acostumbrada desde la pubertad a comprobar su filtración entre los muslos? Esa narración a la mujer pusilánime seguro que es invento de algún señor, rey de la misoginia. Ninguna mujer puede obviar poco que llega a convertirse en su pan nuestro de todos los días. Ni siquiera tiene la posibilidad de horrorizarse delante su visión. No nos queda otra que acostumbrarnos a ella.

Nos enseñaban eufemismos harto ridículos para ocultar la palabra ‘regla’

Retentiva noches en vela cuando era casi una pupila. Me costó entender que iba para extenso: la hinchazón en el vientre, los ovarios doliendo tanto que ese dolor se expandía por toda la espalda, la bolsa de agua caliente que casi nada atenuaba el sufrimiento en una adoles­cencia en la que aún no recurría a los analgésicos. Retentiva mi incredulidad jovial delante la certeza de que la regla me hacía más sensible, irritable e impaciente. Y aquel cansancio añadido a todo que me hacía desear hundirme bajo una cobertor y cerrar los fanales. Con los abriles, la resignación substituye a la incredulidad.

Me contaban que no debía ir a la playa, que la regla era poco desaliñado, un tema del que no debíamos susurrar en notorio. Por eso nos enseñaban eufemismos bastan­te ridículos, porque cualquier mojigatería servía para ocultar la vergüenza de esa palabra. Mis abuelas decían con una vistazo de “tú ya me entien­des” que esperaban la “turista” o que tenían “la cosa”. Entonces el resto de las señoras asentían con expresión de comprensión callado. No se podía nombrar­ lo innombrable, lo desaliñado, lo que se prohíbe residir con ciudadanía.

Varias mujeres realizan el símbolo feminista con las manos durante la manifestación para reclamar la abolición de la prostitución, a 28 de mayo de 2022, en Madrid (España). Más de cien organizaciones feministas se manifiestan para reclamar la abolición de la prostitución bajo el lema 'Por los derechos de las mujeres, ¡ley abolicionista, YA!'. Las entidades reclaman la aprobación de la Ley Orgánica Abolicionista del Sistema Prostitucional (LOASP), la propuesta legislativa elaborada por la Plataforma de organizaciones de mujeres por la Abolición de la Prostitución (PAP). 28 MAYO 2022;MANIFESTACIÓN;FEMINISMO;DERECHOS;PROSTITUCIÓN;MUJERES;REIVINDICACIÓN SOCIAL;SÍMBOLO;PROTESTA;CONCENTRACIÓN Fernando Sánchez / Europa Press 28/05/2022
Fernando Sánchez / EP

Me contaban que si una mujer tenía la regla, las flores que tocaba se marchitaban, la fruta se podría, las salsas no cuajaban, y los productos de la matanza del mugriento se echaban a perder.

Me explicaron la historia, llena de suspense y tensión, de que una zagal se cayó en un pozo. No murió ahogada, sino a causa de que tenía la regla y el contacto directo con el agua le resultó terrible. Yo era una pupila y los fanales debían de derramarse de mis órbitas porque, sinceramente, a pesar del vehemencia del relato, no me lo acabé de creer nunca. Se ve que la inocencia no fue una de mis virtudes.

Según las estadísticas, una de cada tres mujeres sufre dolor menstrual. Más de un quince por ciento se sienten invalidadas para admitir una vida corriente. Hace siglos que sucede. Nadie se in­mutaba demasiado por ello. Algunos pueblos consideraban que, durante los días del periodo, las mujeres tenían que residir apartadas del resto de la comunidad. Hablando claro: nuestra impureza repugnaba.

Hace pocos días el Gobierno aprobó un esquema de ley que incluye los dolores de regla como motivo para que las mujeres accedan a la incapacidad temporal. Sinceramente, al principio, me alegró la nueva. Pensé que era un logro para las mujeres, un paso en el extenso y difícil camino en torno a el respeto y la consideración de una sinceridad que, desde siempre, nadie había tenido en cuenta. Sin bloqueo, de repente, me asaltaron las dudas. ¿De qué mundo estamos hablando? ¿De una sociedad certamen, reconocedora de las deposición de las mujeres, capaz de ponerse en su piel?, o ¿del mundo auténtico?

El mundo auténtico está hecho de trampas. Si las mujeres, con un certificado médico bajo el protección, se deciden a pedir esa incapacidad sindical, ¿qué va a sucederles? Hablemos claro: los empresarios harán sus cálculos de pérdidas y ganancias. No van a dudar: preferirán contratar a hombres a mujeres, a pesar de nuestros currículums brillantes, de nuestros expedientes conseguidos con todo el esfuerzo. Será un pez que se muerde la nalgas: por un costado, ganamos un derecho ajustado, por el otro, picamos el arponcillo y perdemos la partida.

“Ay, mamá”, dice la canción.

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