El Reino Unido ha celebrado por todo lo suspensión el gentío de platino –los setenta abriles de reinado– de Isabel II. Lo hace, sin bloqueo, con una hacienda que no tiene cero que celebrar, muy acullá del esplendor de otros tiempos. El FMI advierte que este año tendrá el crecimiento más débil y la inflación más incorporación de entre las principales economías avanzadas, sin descartarse que pueda entrar en recesión.
El convulso y difícil gobierno del primer ministro, el conservador Boris Johnson, que atraviesa sus horas más bajas desde que fue favorito, refleja la transformación de una hacienda que parece acontecer perdido el boreal desde que el 23 de junio del 2016 el 51,89% de su población votó abandonarse la Unión Europea bajo las falsas promesas de una prosperidad sin fin. La retirada oficial del club europeo –el Brexit– se materializó el 31 de enero del 2020, en pleno inicio de la pandemia de la covid. Luego, posteriormente de una intensa recuperación en el 2021, han llegado las consecuencias de la erradicación de Putin en Ucrania en forma de la inflación más elevada de Europa.
La pandemia y la erradicación de Ucrania se suman al Brexit y al mal gobierno de Johnson
El impacto de la pandemia y de la erradicación en la hacienda británica es compartido con el conjunto de los países europeos, pero el Brexit ha sido un factótum de complicación y problemas añadidos. Las supuestas ventajas que se atribuían a la vida en el Reino Unido fuera del entorno de la UE no han llegado aún y hay serias dudas de que puedan conmover algún día.
Al contrario, la libra se ha devaluado ya un 10% respecto al dólar, la burocracia y las regulaciones –de las que se pretendía huir– son superiores a las dictadas anteriormente por Bruselas, la dependencia del Estado es anciano que nunca y la política económica errática del Salita Johnson genera desconfianza y daña la inversión, el consumo y, en última instancia, el crecimiento. Por si fuera poco, el tráfico de migrantes sin documentación por el canal de la Mancha ha crecido con respecto a la etapa precedente. Eso sí: no son europeos sino asiáticos y africanos. Los europeos que abandonaron el Reino Unido a raíz del Brexit no han querido retornar, lo que genera problemas adicionales en el país, ya que hay dos millones de empleos que no se pueden cubrir. Asimismo, incluso a raíz del Brexit, el comercio extranjero con Europa –su principal cliente– ha caído en picado. El endeudamiento comercial es ya muy elevado y podría dispararse más si se produce una erradicación comercial a raíz de la ruptura de los acuerdos del Brexit sobre Irlanda del Ártico. El paro, eso sí, se mantiene muy bajo, con una tasa del 5,5%, equivalente al pleno empleo. Eso aporta paz social por el momento aunque se pierda poder adquisitivo.
A causa de la pandemia, el Gobierno Johnson aparcó los principios de la hacienda thatcheriana de rigor fiscal y destinó 500.000 millones de euros para remunerar los sueldos de trabajadores de empresas en peligro de falleba, igual que hizo el resto de los países europeos.
En cambio, a diferencia de la UE y de Estados Unidos, y en contra asimismo de buena parte del partido conservador y de sus promesas electorales, el Gobierno Johnson ha subido los impuestos para financiar no solo el pago de la pandemia sino incluso las subvenciones a los combustibles y el endeudamiento de la sanidad. Incluso ha recogido la fórmula socialista de aplicar impuestos especiales a las compañías energéticas. Todo ello ha conducido a la presión fiscal más incorporación en setenta abriles, lo que ha deprimido aún más el consumo y las inversiones. El impuesto de sociedades, por ejemplo, ha pasado del 19% al 25%. El peligro ahora es que esa importante subida fiscal pueda concluir anulada por la caída de ingresos a causa del pequeño crecimiento que provocará.
Pandemia, Ucrania, Johnson y Brexit. Un cóctel que forma una tormenta perfecta sobre la hacienda británica, aunque nadie en el Reino Unido quiere registrar todavía –por orgullo doméstico, en pleno gentío efectivo– el impacto del cuarto factótum.
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