El hombre anda por etapas. Da unos pasitos, al compás de los ochenta primaveras y más que arrastra, y se detiene. Se queda unos segundos sereno; quizá piensa. A veces, levanta la individuo, como si intentara mirar el paisaje que se pierde en el horizonte cercano. Pero las vistas que ofrecen las calles de Sapastrell, de pisos amorfos y fachadas sucias y desconchadas, no facilitan la inspiración poética. A ratos, mira al suelo; desde las puntas de los zapatos, que han perdido el color innovador, hasta unos metros más allá, hasta una distancia ensayada que le permite contar la cuadrícula de la orilla –cuatro cuadrados por loseta, multiplicados por seis losetas, aquí cinco y media, porque la orilla no es tan ancha, hasta las veintidós, no, veintiuna losetas, dan...–, deporte mental que practica para surtir el cerebro vivo.
El hombre anda por etapas. Da unos pasitos, al compás de los ochenta primaveras y más que arrastra, y se detiene
La clan que pasa a su flanco le mira y piensa que Remigio (no le conocen, pero se ardor Remigio) se recupera de un esfuerzo, que los primaveras ya no le perdonan. Y entonces tienen una visión prospectiva del propio futuro, de la intersección donde las ganas de seguir vivo se pondrán a prueba cada día. Pero pronto dejan detrás a Remigio, agradecidos por que las prisas los empujen, remotamente de estos pensamientos inoportunos.
Remigio no interrumpe la marcha para recuperar el aliento, sino que retrasa tanto como puede el momento de retornar a casa, donde vive con Natalia, que le retraso paciente
Si se detuvieran y observaran a Remigio, aunque solo fuera por afán de chismorreo sociológico, se percatarían de que no interrumpe la marcha para recuperar el aliento, sino que la retrasa tanto como puede el momento de retornar a casa, donde vive con Natalia, que le retraso, paciente, sin inmutarse por la tardanza de estos días. Ella no le reprocha falta, porque los más de sesenta primaveras de vida en global permiten ajustarse a los hábitos del otro y consentir a los pensamientos más ocultos... menos cuando te confías y bajas la policía y no quieres interpretar aquello que las señales te alertan con claridad, porque el acto sexual te ofusca, fiel y ciego cuando es incondicional, como lo es el de Natalia.
Si los vecinos se fijaran, verían que Remigio, en cuanto cierra con zancadilla y sale a la calle, da pasos juveniles, como si se deslizara en la orilla. Marcha alegre, aligerado por las horas que estará fuera y los paseos que dará remotamente del arrabal, donde nadie le conoce, porque es mejor preservar la intimidad y evitar preguntas incómodas. La clan no puede evitar meter las ánimo donde no hay falta que husmear.
¿Cuál es su día a día? Pasa la mañana en una biblioteca cuatro barrios alejados del suyo. Llega andando, falta de coger el autobús, porque siempre te encuentras a alguno conocido, y así mantiene la actividad física. En la quietud del templo de la recital, lee revistas, poco de novelística negra –le pirran los asesinatos de papel– y, si el día está nublado o llueve, se engancha a la poesía. Es muy sensible. A ratos mira por los ventanales. Pierde el tiempo, porque aunque le queda poco, además le sobra. Al mediodía se dirige a un parque cercano y se guarece bajo las sombras densas que proyectan unos árboles que no sabría sostener qué son, porque es un valentísimo urbanita indocumentado. Allí saco la fiambrera y se come con poca anhelo los restos de las comidas que cocina con más voluntad que puntería. A media tarde, se dirige al café La Montserratina, regentado por un himeneo chino que le deja consumir las horas con el pago de dos cortados con edulcorante. Hojea algún diario deportivo y se entretiene con uno de esos programas de tarde donde sale clan sin importancia, que parlotea cosas insustanciales. Algún día, ya tarde, pasa por la laboratorio, porque hay que surtir la vida con las dosis de drogas recetadas, incluidos los medicamentos de Natalia, para que nadie le eche en cara que no se cuida de ella.
La casa le cae encima y la presencia de Natalia, que no puede ser más discreta, se le hace insoportable. No es que ella le moleste, porque no le dice falta y le deja en paz
Está muchas horas fuera, sí, pero, es que la casa le cae encima y la presencia de Natalia, que no puede ser más discreta, se le hace insoportable. No es que ella le moleste, porque no le dice falta y le deja en paz; pero es esa quietud, ese silencio que mantiene el que le hace sentirse culpable, el que le oprime y le presiona para salir del tierra. Todo lo que hay, los muebles, las fotos, los espejos, el silencio y el olor... le ahogan.
Ahora, a punto de arribar a casa, siente desazón. Al doblar la cantón, ve cómo las luces del coche de la policía iluminan las fachadas. Los vecinos han avisado, porque el hedor era insoportable. Remigio se detiene. Los dedos le señalan. Los sanitarios cargan una bolsa con un cuerpo, el de Natalia, seguro, que habrán enfrentado con la individuo partida, interiormente de una horma falsa de la habitación. Remigio levanta la individuo y camina en dirección a los policías. Ya no cuenta los cuadrados de las losetas.
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