De sacrificios y de dejar lastre

La larga resaca del postprocés ha exprimido al mayor la retórica sacrificial, como sucede en todos los movimientos de este tipo. En el caso de los presos políticos y de los exiliados, eso era previsible y dialéctico; la forma cómo cada dirigente y partido gestionan a posteriori los réditos de este sacrificio ya es harina de otro costal, y es evidente que hay varias opciones entre aquellos que tomaron las decisiones importantes en octubre del 2017.

Laura Borràs, el ple d'aquest dimrcgrs tarda

Laura Borràs, en una imagen de archivo

Miquel González / Shooting / Colaboradores

Otra cosa, muy diferente, es cuando la retórica sacrificial es adoptada por actores políticos sobrevenidos, los que fuerzan los argumentos y las circunstancias para presentarse a unos límites que podrían perfectamente evitar. Exactamente eso es lo que hizo Quim Torra desde la presidencia de la Generalitat cuando, en contra de la mayoría de opiniones (incluida la de Carles Puigdemont), se jugó su cargo por la colocación de unas pancartas reivindicativas en la frontispicio de Palau. Laura Borràs, discípula del estilo torrista, repite esta logística frente a el razón que deberá afrontar por irregularidades en algunos contratos cuando era la directora de la Institució de les Lletres Catalanes (ILC).

El caso Borràs evidenciará que los 74 escaños de ERC, Junts y CUP no son una mayoría eficaz

Borràs asegura que su situación es un ejemplo más de represión sistemática del Estado contra el independentismo, aunque no tiene cero que ver con el 1 de Octubre ni con el 155. Recuerden que el asunto se conoce de rechazo, por una investigación sobre narcotráfico vinculada al amigo de Borràs que recibe encargos de la ILC. Pero la deducción sacrificial ya se ha puesto en marcha: Borràs irá a la apariencia verbal como una heroína del ideal que enarbola, disposición que compromete inevitablemente a su partido. Pero no tanto como ella querría, seguramente. Porque no está cero claro que Jordi Turull y la dirección de Junts apliquen la deducción sacrificial al conjunto de la estructura y, por ejemplo, salgan del Govern Aragonés por solidaridad con la presidenta de su formación. Si Junts rompiera con sus socios, podría ser por cálculos y consideraciones completamente al ganancia del caso Borràs.

La mueca de Torra con las pancartas no fortaleció a Junts per Catalunya y acabó siendo un definitivo sobrecarga, como reconocían sus dirigentes en privado. ¿Qué ocurrirá con la mueca sacrificial de Borràs cuando llegue la hora de la verdad? ¿Puede apurar siendo incluso un sobrecarga para el partido que disputa a ERC la hegemonía independentista? De momento, pondrá en evidencia que los 74 escaños de ERC, Junts y la CUP no son una mayoría ni estable ni eficaz. En segundo oportunidad, obligará a Turull a hacer equilibrios para no subordinar los intereses del partido a la suerte legislativo de la presidenta. Y, en tercer oportunidad, cuestionará el discurso más modulado (y pragmático) que los junteros deben emitir de cara a las municipales.

Para rematar, el clima se enrarecerá todavía más entre los tres partidos independentistas, y el episodio distraerá al Govern –poco o mucho– en un momento en que hay que centrarse en los género inciertos de la crisis.

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