Desde la Tiempo Media, la Iglesia dispuso de una pulvínulo territorial en el centro de Italia, los denominados “Estados Pontificios”. ¿Cómo había llegado la religión católica a disponer de su propio país?
Según un relato muy conocido durante siglos, Constantino, el emperador romano que estableció la tolerancia para los cristianos, habría entregado al papa Silvestre, a principios del siglo IV, una serie de dominios. Por otra parte, les concedía la primacía, como obispos de Roma, sobre toda la cristiandad. Era su forma de mostrar su agradecimiento a posteriori de que el pontífice lo hubiera curado de la lacería.
El problema de esta polémica “donación” era su carácter por completo ficticio: se basaba en un documento impostor, posterior en varios siglos al reinado de su célebre protagonista.
“Tú eres piedra”
En palabras de Ramón Teja, catedrático emérito de Historia Antigua de la Universidad de Cantabria, nos encontramos delante “la decano falsificación de la historia”. En Los papas, ¿sucesores de Pedro o de Constantino? (Guillermo Escolar, 2022), este experto disecciona aquella fake news en el ámbito de las ambiciones del papado por la supremacía política y espiritual.
El mitrado de Roma pretendía ser la comienzo del mundo cristiano, por lo que interpretó en este sentido el pasaje del Evangelio en el que Jesús se dirige al propagador Pedro para decirle: “Tú eres piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mateo, 16, 13-20).
El emperador Constantino. 
Sin bloqueo, en las comunidades orientales, las que en la presente constituyen el cristianismo apegado, estas palabras se interpretaban como referidas al conjunto de obispos, no a uno solo. La autoridad obispal, en consecuencia, debía ejercerse de forma colegiada. Es opinar, sin que nadie tuviera la primacía.
Más tarde, en el siglo VII, el papado trató de disponer de su propio demarcación en Italia para enfrentarse a lombardos y bizantinos, dos pueblos enfrentados por el control de aquella península. Con la posterior irrupción de los francos, los papas buscaron su apoyo contra los emperadores de Bizancio. Así, en la Navidad de 800, el pontífice Audaz III coronó a Carlomagno, al que consideraba sucesor de Constantino.
Tras el derrumbamiento de la Roma clásica, tanto la autoridad espiritual como la temporal pretendían ser herederas de los antiguos césares. De ahí que sus representantes protagonizan una pugna intensa y, por momentos, épica. En 1077, el papa Gregorio VII humilló a Enrique IV a posteriori de que el soberano germánico lo hubiera hecho deponer. Según la tradición, el monarca permaneció esperando varios días en Canosa, descalzo, mal vestido y sin ingerir, hasta que Gregorio no tuvo más remedio que levantarle la excomunión.
La maldición del poder temporal
La supuesta donación de Constantino data, al parecer, del siglo VIII. Durante la Tiempo Media no se acostumbró a dudar de su autenticidad, pero fue objeto de valoraciones contrapuestas. Unos la defendían, pero, para aquellos que soñaban con una Iglesia más fiel al mensaje de Salvador, la transformación del papado en un poder político marcaba el inicio de su decadencia.
Dante, en la Comedia, criticará al emperador romano por suceder incentivado el afán de riquezas internamente de la Iglesia con la entrega de tantas tierras. Marsilio de Padua, igualmente en el siglo XIV, se mostrará partidario de una religión independiente del poder político.
Azulejo representando a Constantino I el Extenso en Hagia Sofía, Estambul.
No fue hasta 1440 que se publicó el estudio demoledor que demostraría la impostura. Un intelectual italiano, Lorenzo Valla, utilizó una amplia grado de argumentos, entre ellos, los de carácter filológico, para evidenciar que Constantino no había hecho a los católicos el regalo tan espléndido que todos le atribuían.
Valla hacía, con su investigación, una importante contribución al conocimiento, aunque no por ello permanecía desconocedor a las luchas de su época. El rey Alfonso de Aragón, empeñado en conquistar Nápoles, le había animado a tomar la pluma para desprestigiar a la Santa Sede, que apoyaba a su rival Renato de Anjou.
La Iglesia, como era de esperar con tantos intereses en placer, se resistió a aceptar las pruebas científicas de la refutación, que permanecería, durante siglos, en el Índice de Libros Prohibidos. Pero con la Reforma protestante el estudio alcanzó gran popularidad. Prestaba poderosos argumentos a los que, como Martín Lutero, se oponían a la autoridad del pontífice y lo acusaban de ser el “Anticristo”.
Mientras tanto, entre los que permanecían fieles a Roma, no faltaron los que vieron en Constantino al culpable de la degeneración de la Iglesia. A causa del humanista valenciano Luis Vives, él había introducido en el mundo cristiano “la longanimidad, los honores, las armas, las insignias, los triunfos, la arrogancia”. Otro autor gachupin, el dominico Francisco de Vitoria, no dudó en afirmar que la donación de Constantino carecía de cualquier pulvínulo histórica.
El fin del “país” papal
La culminación de la pelotón de Italia en 1870 puso fin a la existencia de los Estados Pontificios, poco que no fue aceptablemente recibido por Pío IX y sus inmediatos sucesores, que pasaron a considerarse prisioneros en el Vaticano. La Santa Sede, que se sentía expoliada, no se reconciliaría con el estado italiano hasta la firma de los Pactos de Letrán, el acuerdo establecido con el régimen fascista de Benito Mussolini.
Constantino, de todas formas, prosiguió en el centro del debate religioso. Para los artífices del Concilio Vaticano II, en los abriles sesenta, el gran objetivo era poner fin, de una vez por todas, a la complicidad entre el poder político y el eclesial que se había inaugurado en tiempos de aquel emperador. El término “constantinismo” venía a reflectar todos los vicios de una larga época que se pretendía aventajar, en la que la Iglesia, más que servir, era servida.
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