¿Cómo surgió la concha de los peregrinos del Camino de Santiago?

De nombre estudiado Pecten jacobaeus, la concha del peregrino es un símbolo perfectamente conocido del Camino de Santiago. Aparece en la puerta de la iglesia del Hospital del Rey, en Burgos, que no era tal, sino una casa de acogida para peregrinos. Igualmente en el imponente Retablo Maduro de la Cartuja de Miraflores, en la misma ciudad. Aun así, la mayoría de los lectores no necesitan estas referencias para conocer que, en la ruta jacobea, este molusco, de nombre gallego vieira, es omnipresente.

Muchos llevan una atada a sus mochilas, las tiendas de memorias las venden a montones y está en piedras, carteles y señales. Igualmente es el logotipo publicitario del Camino, hoy convertido en una ruta de envergadura internacional. Aunque existen leyendas, a los historiadores les ha resultado difícil conocer exactamente cómo o cuándo este pectínido se convirtió en símbolo de Santiago. El porqué está más claro. Si se investiga el caso, resulta que la vieira nos lleva indefectiblemente a la historia del defensor y al revés.   

Vieiras

Vieiras, molusco bivalvo de los mares de Galicia

J.L.Bulcao

Del naturaleza de los pectínidos, las vieiras son un molusco bivalvo. Como las ostras y las almejas, poseen dos “valvas”, o caparazones que se abren y se cierran mediante un músculo aductor. Una vez desahuciado su inquilino y separada de su concha superior, más plana, lo que queda de la vieira es una concha de un hermoso color rosáceo en su foráneo. Hasta aquí, carencia en particular. Sin confiscación, que en Francia las conozcan como coquilles Saint-Jacques o que su nombre estudiado sea una mención al jacobeo debería darnos la primera pista.

Deben su nombre a una costumbre que en existencia es antiquísima. Ya en el siglo IX, los peregrinos se identificaban por refulgir conchas en el sombrero, sujetas a la capa o ligadas a su cachava alargado, más conocido como “estribillo del peregrino”. Y no valía cualquier especie de concha. Debía ser la Pecten jacobaeus, que mayoritariamente habita en la costa atlántica de Galicia.

Como demostración de que habían hecho el Camino, los que llegaban a Compostela seguían hasta el mar para hacerse con una. A veces era una exigencia, pues al regresar a sus cofradías jacobeas –en el Medievo estaban repartidas por toda Europa– se las iban a requerir.

Como sucede con tantas tradiciones medievales, igualmente esta tiene su traducción legendaria. Cronológicamente se ubica en el principio, allá por los tiempos del mitrado Teodomiro, el mismo que localizó la tumba de Santiago en el siglo IX. Poco antaño, siguiendo el relato mítico, un verde llamado Cayo Palenciano, que en ese momento iba de camino a su boda, se topó con una barca a la deriva. 

Miniatura do Tombo A da Catedral de Santiago de Compostela

El mitrado Teodomiro frente a la tumba del defensor Santiago. Miniatura en la catedral de Santiago de Compostela

Y no una cualquiera, sino la célebre barca de piedra en la que Atanasio y Teodoro llevaron los despojos del defensor de Palestina a Galicia. Pensando en socorrer a los sufridos discípulos, la letrero cuenta que el novio se lanzó al agua sin siquiera descabalgar de su jaca. A continuación, el mar se calmó, y, gallardo, posó a los náufragos sobre la playa. Por su parte, el jinete emergió sano y omitido, pero milagrosamente recubierto de vieiras.

Increíble, como mucho de lo que rodea a la letrero de Santiago, desde su delirio post mortem hasta el nombre de la renta, Compostela. Heredero del latín campus stellae, tiene su origen en la historia del campesino Pelayo. Archiconocida en Galicia, esta aparece por primera vez en el Chronicon Iriense, una crónica altomedieval de la antigua diócesis de Iria Flavia (Galicia). Más tarde, la Historia Compostellana (siglo XII) insistía en la narración.

El relato es siempre el mismo, sobre cómo un campo estrellado indicó a Pelayo la ubicación de una antigua tumba romana. Avisado, la sorpresa del mitrado Teodomiro fue veterano cuando descubrió que aquel cuerpo decapitado era el de Santiago. En arreglo a tan atinado descubrimiento, el rey Alfonso II el Casto (c. 760-842) mandó construir la iglesia primitiva que luego se convirtió en la catedral de Santiago de Compostela.

Medulares en la devoción jacobea, estas leyendas entremezclan historia y presunción, hasta el punto de que resulta difícil sacar poco en claro. ¿Son de origen cristiano o hay poco más?

Catedral de Santiago de Compostela, final de la ruta

Catedral de Santiago de Compostela, final de la ruta

Getty Images

Miguel de Unamuno pensaba lo segundo, y lo dejó deducir en uno de sus versos: “Santiago peregrino, penate de esta tierra, con sus conchas marinas revestido, sonriendo contempla ese indisposición de sexo que nunca acaba, mientras en él se mezclan de la religiosa de Cristo, su religiosa, a los memorias, los de la religiosa Belleza”.

¿La religiosa Belleza? ¿A qué retentiva se refiere Unamuno, tan antiguo que nos lleva hasta una diosa pagana? En un volumen en el que investigó el patrimonio natural del Camino, el habituado en mineralografía Santo García-Cortés nos explicó esta curiosa relación. Y, ¡sorpresa!, lo teníamos delante. 

La palabra gallega vieira procede del latín veneriae, “cuna de Belleza”. Más terminante, el médico José Ignacio Carro Otero (1942-2021), que en la Actual Corporación de Medicina de Galicia ocupaba el sillón de Historia, creyó muy posible que las conchas jacobeas provengan del culto pagano a la diosa Afrodita, Belleza para los romanos.

Para muestra, la obra El salida de Belleza, una representación de la diosa del sexo en la que Botticelli (1445-1510) la pintó sobre una concha. Una forma popular de encarnarla, puesto que la mitología clásica explica que nació del mar luego de que Saturno arrancara los genitales a su padre Urano. 

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El notorio cuadro de Sandro Botticelli, 'El salida de Belleza', uno de los emblemas de los Uffizi

Terceros

Prendados de lo clásico, para los renacentistas, la concha de Belleza era una encarnación del renacimiento personal y de la vida que vuelve a originarse, en un sentido positivo, por argumento de la virtud. Por eso está tan presente en los bautismos cristianos. No solo en las pilas bautismales, muchas de las cuales son una imitación en piedra de este molusco, sino igualmente en los cuencos con los que el sacerdote realiza la jabonadura, a menudo de esta forma.

Y del mismo modo que el acristianamiento representa el renacimiento a una nueva vida, ya cerca de Cristo, la consecución de una peregrinación es igualmente un modo de purificación. 

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Pila bautismal en una iglesia.

Propias

Aunque esta historia podría destruir aquí, en Los peregrinos del Camino de Santiago (1993), el escritor Juan García Atienza (1930-2011) encontró más conexiones, algunas muy sugerentes. Igual que para los romanos las conchas tenían fines profilácticos, ¿no podrían igualmente tenerlos para los peregrinos? Apreciadas por sus supuestas propiedades afrodisíacas, en los banquetes de la élite romana se servían machacadas. De un modo similar, más de uno ha supuesto que en época medieval servían para alejar los males del Camino.

Un extremo que Atienza no se atrevió a confirmar. Y es que, como decíamos, en el caso de la tradición de Santiago resulta difícil establecer una cronología o separar lo histórico de lo mítico. Como expuso este escritor, la letrero hace fugarse nuestra imaginación hasta unos orígenes que, aunque no sabemos cuándo situar, imaginamos muy remotos.

Es lo que Mircea Eliade (1907-1986) llamó el mito del tiempo noble. Las tradiciones legendarias, explicaba este filósofo rumano, sacian la exigencia de las sociedades de creer en un tiempo iniciático, primigenio y creador. En el caso de Santiago, un tiempo que une el salida de la era cristiana con la península ibérica.

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