La última vez que vi a Núria Feliu fue en Navidad del 2020, en el rodaje de un vídeo musical para La Marató de TV3 dedicada a la covid. La primera vez que vi a Núria Feliu fue, por los abriles setenta, en casa de mis abuelos en la calle de las Moles de Barcelona, en la portada de un vinilo.
Y esa portada debe de ser el postrero conmemoración que ni yo recordaba que podía rememorar. Era un disco en blanco y enojado, que son los mismos tonos de mi memoria del minúsculo calle de los abuelos. Y allí, en el tocadiscos, la Feliu cantaba con Tete Montoliu al piano, Erich Peter al contrabajo, Billie Brooks a la cacharros y Booker Ervin con el saxo. Con la crimen de la Feliu se extingue el surtido de saludos musicales que nos quedaban de los abuelos y que empezaron con un disco regalo de coñac Fundador de Los Agapulcos. Pero, por suerte, como en tantas herencias, la música de la Feliu pasó de abuelos a padres sin impuesto de sucesiones, y formó parte de la cuadrilla sonora de una infancia que acababa siempre con un manoseo de mi mama.
Con la crimen de la Feliu cerramos los cajones donde los padres guardaban sus elepés
Núria Feliu ha sido una voz de nuestra clan como Tete Montoliu fue el señor que tocaba el piano que en absoluto tuvimos en la casa de Horta. De abuelos a padres y de padres a hijos porque la música de la Feliu va de quiénes éramos de niños, de quiénes somos y en qué nos hemos convertido. En nuestra casa nadie entendía ni de jazz, ni de cuplés, ni de boleros, pero había un código secreto entre mis padres que, cuando sonaba la Feliu, nadie gruñía y los dos cantaban. Con la crimen de Núria Feliu cerramos los cajones donde los padres guardaban sus elepés y apagamos, definitivamente, las luces de la habitación.
Ahora que estamos en los desdichados tiempos en que no sabemos dónde colocar a nuestros mayores cuando ellos mismos no saben dónde colocarse, el sábado le canté a mi mama, intentando esquivar la sordera de sus oídos, “mireu com va mireu com ve” para que ella, sonriendo, acabara murmurando “la vida pel carrer”.
Y queda claro que esta columna es de agradecimiento sempiterno para Núria Feliu porque, a partir de ahora, y para siempre, recordaré cuando suenen sus canciones ese manoseo de mi mama cuando era pequeño, para seguir creyendo que fui el peque más adecuado del mundo.
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