En septiembre del 2021 Noelia Orilla, diputada de Podemos, abandonaba la política “por motivos personales”. Los ha revelado en sus redes tras el paso antes de Adriana Laja; consistían en un cuarto mes de estorbo y una hija de año y medio a la que casi nada podía ver. Prefirió callarlo para no mancillar el asunto de la conciliación desde la propia dirección de la Secretaría de Estado de Igualdad. Ahora se reivindica con una imagen en la que se talego calostro en su despacho, custodiada por la bandera de España.
“¡Con lo que cuesta que una mujer llegue al vértice de la política!”, se lamentan quienes entienden la osadía de Laja como pedagogía negativa, un enclenque crédito al feminismo y bla, bla, bla. Pero la maternidad –en los primeros abriles– está reñida con el seven eleven de esa política en la que sus miembros padecen bruxismo hasta el extremo de cargarse las muelas.
La borrachera de poder engancha y no se puede dejar
La distancia con la efectividad se agranda, porque la borrachera de poder engendra, afirmaba David Owen, “alienación en el sentido de estupidez, obstinación o irreflexión”. Engancha, y no se puede dejar. En España, algunos recordamos todavía aquel corzo que cazó Fraga con 78 abriles para dar fe de su vigor. “Los cretinos y bellacos que ponen en duda mi estado de vigor mienten”, exclamaba. Y mostraba certificados de vigor para eternizarse en la Xunta a la forma de Mitterrand. Al socialista francés le diagnosticaron un cáncer de próstata en 1981, y lo escondió durante catorce abriles. Incluso a su mujer y sus hijos. Ocho meses luego de su segundo mandato decidió dejar la terapéutica y murió. Nunca pudo entender la vida sin poder, cuando su deporte debería estar acotado temporalmente para evitar enfermedades como el mal de hybris, un peligroso trastorno narcisista. Cualquiera cercano tendría que recomendarles aquello que Denis Thatcher le susurró a su mujer, Margaret: “No sigas, bienquerencia”. Pero ya era tarde, la hybris había consumido a la Dama de Hierro.
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