Hay citas... y citas

Matilde tiene claro que esta cita no acabará correctamente. Le informaron de que en la aplicación SexOnClic el rebaño estaba de buen ver, con especímenes de los de venga, va, dale, oh, qué correctamente, adiós y no hace error que nos pasemos los móviles. En la foto de la web, Arturo prometía y es evidente que la persona que tiene delante es Arturo, que no abusó del photoshop. Pero este hombre que dice que es un arquitecto de renombre agarra los embutidos y los entrantes como un hambriento en el desierto y sorbe el cubata —sí, ha pedido el cubata de toda la vida, ¡por el simpatía de dios!— con ruido de perro sediento.

Matilde, rápida y lista, pincha con el tenedor un espárrago grueso, marinado con aceite y especies

Matilde, rápida y nómina, pincha con el tenedor un vástago abultado, marinado con unto y especies

Ilustración: Albert Asensio

Arturo explica cosas que Matilde no entiende sobre estructuras de hormigón y de arma blanca que apuntan al bóveda celeste sostenidas por cálculos trigonométricos. Viendo tragar a Arturo, lo que Matilde se imagina es el sudor de peones y paletas, y Arturo con ellos, sentado en el suelo, mojando pan en la fiambrera, con los dedos sucios, las cejas cubiertas de polvo y la sotabarba untada de unto de lance, del que agujerea el estómago, porque la sueldo no da para más. Él no audición a Matilde cuando esta le explica las dificultades de la editorial, ahora que el precio del papel se ha encarecido por la disputa en Ucrania. Arturo entretiene la olfato en el móvil cuando ella le comenta que publicarán la obra de una de las grandes escritoras del momento, tras meses de negociación. Están en el primer plato y la conversación se arrastra por los manteles con gandulería de oruga y cargada de silencios.

Matilde se fija desde hace rato en el hombre que igualmente hace rato que se fija en ella dos mesas más allá, en una diagonal que les permite insinuarse

Por eso, Matilde se fija desde hace rato en el hombre que igualmente hace rato que se fija en ella dos mesas más allá, en una diagonal que les permite insinuarse, sin que se percaten ni Arturo ni Juana. Juana es la mujer que acompaña a este desconocido que, hummm, parece que acaba de salir del horno. Siquiera les resulta tan difícil disimular, porque Arturo se engancha al móvil siempre que vibra y Juana atiende una llamamiento desde hace vigésimo minutos, ladeada, para tener privacidad.

Matilde, rápida y nómina, pincha con el tenedor un vástago abultado, marinado con unto y especies. Lo corta y se lo acerca a la boca. Mira a Marc (este pedazo de hombre se lumbre Marc), abre los labios y deja que la carne suave se deslice, lenta. Los labios ganan color y brillo. El corazón de Marc se encabrita cuando una chispa aceitosa y juguetona chorrea caminito debajo, desde el arista inferior, carnoso, hasta el hoyuelo. Matilde, que controla, la detiene. Con el índice la hace retornar detrás, donde la germanía la paciencia. Se lame el dedo, mientras mira a Marc, que ve cómo la brote desaparece y aparece de la boca, con la elegancia de un suspiro.

Marc se remueve en la apero. En un aspecto instintivo se estira la pernera derecha del pantalón, porque aquello, la cosa, hace garbo de sus posibilidades. Matilde piensa que fue buena idea designar la falda para la cita. Se arremanga la ropa por encima de las rodillas, hasta hacer una visera, e invita a Marc a contemplar la cueva, desocupado de formalidades y de tropiezos textiles. Abre las piernas poco a poco. El dedo, graso, fluye en zona húmeda y surca en derecho el triángulo, los segundos justos para que Marc lo vea y las sienes le retumben al compás de un sonido atávico.

Matilde se pone en pie y coge la bolsa. Sin dirigir la palabra a Arturo, va al tocador con las caderas socarronas. Envía una examen a Marc que anticipa las intenciones. Marc observa la mesa donde está Arturo. Mínimo ha cambiado. Mira a Juana, que sigue al teléfono. Mínimo ha cambiado. El rebelión de la puerta del tocador le lumbre. Se levanta. Lleva la mano en el faltriquera para disimular a duras penas lo que el falo expone. Entra en los servicios. Dos puertas cerradas y otra, un palmo abierta. Es esta.

Suspiros apagados, que humedecen la estancia, y una falda que los dientes aguantan, ropa tendida al singladura del aliento caliente de Marc

Labios calientes, dedos nerviosos que acarician zonas esponjosas, ahora endurecidas, ansiosas de las lenguas que guían, inspeccionan e invitan a los dientes a morder la excitación. Suspiros apagados, que humedecen la estancia, y una falda que los dientes aguantan, ropa tendida al singladura del aliento caliente de Marc; pantalones que han perdido el vínculo con la cintura y el miembro, libre, que Matilde tiene a mano y que vademécum donde hace rato que se le paciencia. Los suspiros ahora son gritos que las bocas apagan. El clímax hace temblar los andamios de dos cuerpos sin nivelación.

Jadean. Matilde, dice ella. Marc, contesta él. Vayámonos, proponen al mismo tiempo.

Y salen del restaurante con discreción, excitados, cogidos por la cintura, sin que los vean Arturo y Juana, que adentro de un rato no podrán escapar de la cuenta que deberán abonar.

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