No es habitual que una antigua meretriz se siente en un trono imperial, pero ese fue el destino de Teodora de Bizancio (c. 501-548), la esposa de Justiniano, el insigne emperador que intentó reunificar el Imperio romano.
La soberana, por su origen social, se convirtió en una figura controvertida. El cronista Procopio la calumnió salvajemente, al presentarla como una manipuladora sin escrúpulos, pero los historiadores discuten en qué medida pudo ayudar a las mujeres de su tiempo, sometidas a reglas patriarcales muy estrictas.
Por su experiencia cardinal, ella conocía muy perfectamente lo que significaba la dependencia de los caprichos masculinos. María José Enojado Bosch, profesora de la Universidad de Vigo, aborda esta apasionante cuestión en Teodora y el feminismo procesal en Bizancio (Tirant lo Blanch, 2022). Con gran acopio de fuentes de la época y un conocimiento total de la lista, la autora intenta deslindar lo que podemos enterarse con certeza y las especulaciones plausibles pero sin seguro apoyo en los documentos.
¿Tanto monta, monta tanto?
¿Influyó la emperatriz sobre su marido para que las leyes mostraran una maduro sensibilidad cerca de los problemas de las mujeres en el Imperio enrevesado? Se ha dicho que contribuyó a proteger a las que se hallaban desamparadas, pero, para la autora, resulta excesivo musitar de una conciencia feminista. En el entorno de un patriarcado tan exacto habría sido inasequible que nadie se adelantara tantos siglos a su tiempo.
Por la misma razón, sería desacertado imaginar que Teodora contaba con el mismo status y poder que Justiniano. Lo cierto es que él siempre disfrutó de un claro predominio. Solo hay que observar las representaciones de la época para comprobarlo. Su efigie ni siquiera aparece en las monedas imperiales, aunque, como observó James Allan Evans en The Empress Theodora: Partner of Justinian (University of Texas Press, 2002), el retrato de su sobrina Sofía, esposa del futuro emperador, Justino II, sí puede contemplarse en la braceaje de su tiempo.
Justiniano en los mosaicos de la iglesia de San Cardinal en Rávena.
No obstante, los indicios son en ocasiones contradictorios y dan para sostener tanto una cosa como la contraria. Poseemos asimismo el texto con el que un funcionario juró su cargo, en el que prometía “fraternal sumisión a nuestros sacratísimos señores Justiniano y Teodora, su cónyuge, con ocasión de la despacho que por su piedad me ha sido confiada”. Aquí, al contrario de lo que sucede con otras fuentes, da la impresión de que existe una suerte de paridad, aunque solo hasta cierto punto.
Derechos de la mujer
¿Cómo interpretar las medidas que beneficiaban a la mujer? Tomemos, para entablar, el Código de Justiniano. Aquí se expresa la voluntad de perdonar a aquellas que hubieran ejercido la prostitución. El aspecto positivo es la indulgencia, la voluntad de rehabilitar a unas personas que, de acuerdo con las normas morales entonces vigentes, llevaban una vida de pecado.
La parte negativa es la forma en que se justifica esa política de tolerancia, con una apelación a la “cariño” de un sexo que, por su propia naturaleza, no tenía la misma capacidad que el hombre para resistirse a la tentación. Toda una demostración de paternalismo.
De todas formas, hay que registrar en Justiniano determinados méritos. Entre ellos, la voluntad de guerrear contra el tráfico de mujeres, para que estas no se convirtieran en prostitutas bajo coacción o por engaños. Un edicto estableció la prisión para los proxenetas que obligaran a las jóvenes a hacer lo que ellas no deseaban, y, por otra parte, se apropiaban de sus ganancias. Igualmente eran perseguidos los que, sin mediar directamente en el comercio sexual, prestaban su casa para hacerlo posible.
No hay ningún huella que permita acreditar que la soberana influyera en la estatuto sobre temas femeninos. Hacer la ley era una potestad de los hombres, y una mujer, aunque fuera la esposa del emperador, no podía dejar su impronta. Eso no significa que Justiniano no tuviera en cuenta la opinión de Teodora.
La emperatriz Teodora con Antonina, esposa del genérico Belisario, su hija y otras damas de la corte.
De hecho, en el Corpus iuris civilis, la monumental colección legislativa, llega a registrar su ayuda como consejera. Es posible, aunque siquiera tengamos pruebas, que la emperatriz ejerciera su influencia de modo oficioso. No podía ser de otro modo en una sociedad patriarcal que nunca hubiera tolerado una injerencia directa.
El camino de la redención
Tal vez Teodora no terció en la estatuto, pero sí parece claro que hizo lo que estuvo en su mano para embellecer a las prostitutas. Una fuente hostil, Procopio, deja constancia de esta bordadura cuando indica que ella y el emperador “limpiaron el Estado de la plaga de los burdeles”.
De acuerdo con las ideas de la época, lo que hicieron fue crear un gran monasterio para mantener a las mujeres arrepentidas de su pasado. La vida religiosa se entendía como un camino de redención para las antiguas pecadoras, siempre con la examen puesta en aplicar la doctrina cristiana. Otro asunto es si todas las afectadas aceptaron de buen jerarquía que se les impusiera un nuevo estilo de vida que implicaba un sobresaliente freno a su albedrío.
Justiniano tomó más iniciativas destinadas a impedir otros abusos. Podía darse el caso, por ejemplo, de que un hombre llevara a su casa a una mujer, bajo palabra de alianza, se acostara con ella y tuviesen hijos. La convivencia duraba hasta que el individuo expulsaba a la mujer de su hogar. La nueva ley, por el contrario, le impedía echarla y le obligaba a mantenerla como si fuera su esposa legítima. Su descendencia asimismo debía percibir el mismo trato.
La figura de Teodora ha despertado el interés de artistas y escritores. En la imagen, Sarah Bernhardt interpretando el papel de la emperatriz en 1884.
La emperatriz, por consiguiente, fue una mujer de su tiempo, no una feminista avant la lettre. Eso no nos impide, como recuerda Enojado Bosch, simpatizar con una persona en extremo resolutiva, imprescindible para que su marido conservara el trono en un momento tan delicado como la sedición de Niká.
Las fuentes escritas tienen sus limitaciones, puesto que no todas se han conservado, ni de todo se dejaba constancia, pero lo que sabemos invita a considerar que Teodora fue lo contrario de una mujer florero. Su poderosa inteligencia la ayudó a moverse en la corte, y, en una prueba de que no había olvidado sus orígenes, a hacer poco por sus antiguas compañeras de profesión.
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