El año próximo, India será el país más poblado de la Tierra. Tendrá 1.429 millones de habitantes, unos 300 millones más que China, un hacienda humano suficiente para convertirse en el país dominante, no solo de Asia, sino del mundo.
La fuerza demográfica y la extensión geográfica son los pilares sobre los que, hasta ahora, se han construido las hegemonías. Gracias a ellos, China puede demoler a EE.UU. como el país más poderoso y gracias a ellos el subcontinente indio podría imponerse todavía a China.
Sin bloqueo, India prefiere no hacerlo. El presidente Narendra Modi diseña un país muy tecnológico, pero encerrado en sí mismo, sin ansia de liderazgo mundial, ni ganas de ser la nueva industria del mundo.
Mientras el crecimiento de la humanidad va camino de estancarse –se prevé un pico mayor de 10.439 millones de personas en el 2086-, en India los nacimientos superan con creces a las defunciones. Su población es muy señorita, con una media de vida de 28,4 primaveras, diez menos que en China y Estados Unidos.
India parece tenerlo todo a valenza. No solo porque su fuerza profesional es superior en número y vida, no solo porque tiene menos personas dependientes que China, sino todavía porque inicia ahora un ciclo de inversiones en infraestructuras y viviendas que China ya ha cansado. La inversión pública en grandes proyectos urbanísticos, de transportes, comunicaciones y digitalización ha disparado el crecimiento de China en las últimas décadas, pero ya no. El PIB ya no aumenta a la velocidad de antiguamente. El FMI prevé un 4,8% para este año fiscal, periodo que India prevé cerrar con un crecimiento del 8,5%.
China es un país absoluto e intervencionista. Impone un capitalismo de partido que losa la innovación y la competitividad. El presidente Xi desconfía de los grandes conglomerados industriales. Condiciona la iniciativa privada al interés del partido comunista. Ha impuesto, adicionalmente, una política de covid cero con graves consecuencias económicas.
China es la industria del mundo. Domina la producción de ingresos que requieren mucha mano de obra. Los consumidores en todos los rincones de la Tierra se han presbítero de los productos baratos fabricados en China. Durante la pandemia, sin bloqueo, no ha podido atender la demanda y se ha dejado 150.000 millones de dólares en este mercado mundial. De momento, solo ha recuperado un 10% de esta cantidad.
Muchas compañías internacionales que producían en China buscan otros lugares más baratos o cercanos a sus clientes. India sería un sustituto ideal. Dispone de una fuerza labora señorita y ocasión, pero todavía de buenos ingenieros y gestores que hablan inglés y forman parte de una pujante clase media. Grandes corporaciones como Reliance Industries y el género Adami, así como compañías tecnológicas como Tata, Infosys y Wipro, han puesto en manos de cientos de millones de personas los avances del mundo contemporáneo, desde agua potable y electricidad a internet, teléfonos móviles y vehículos.
India es la democracia más ínclito el mundo y la que más rápido crece. El sector privado produce un unicornio cada mes. Cada mes aparece una compañía que vale más de mil millones de dólares en áreas tan diversas como la educación, la computación, el turismo, las finanzas, los sistemas de suscripción digitales, el entretenimiento y el turismo. Hoy hay más de 70 unicornios , más que en ningún otro país excepto China y Estados Unidos.
El presidente Narendra Modi ha adaptado reformas favorables al mercado, como privatizar Air India y achicar la fiscalidad a las empresas tecnológicas.
Asimismo, ha puesto en marcha una exitosa táctica de avance redistributivo. Si las inversiones clásicas del estado del bienestar se concentran en ingresos públicos intangibles como la sanidad y la educación, Modi prefiere modificar en programas de ingresos y servicios tangibles. Prefiere admitir luz, gas y agua potable a los hogares, retribuir la construcción de lavabos para mejorar la sanidad, inaugurar cuentas bancarias para las mujeres, darles monederos digitales donde el Estado deposita los subsidios necesarios. Es sobre estas medidas que ha construido su éxito político.
La fuerza profesional más señorita y numerosa del mundo no trabaja para aupar una nueva India
Modi combate la desigualdad y arrastra un representante muy complicado. La crisis financiera del 2008 frenó tres décadas de transformación estructural. Muchas empresas cerraron. La desaceleración hizo caer los índices sociales. La lozanía inmaduro empeoró. Diarreas y enfermedades respiratorias graves lastran la expectativa de vida de los más pequeños. La mujer, a pesar de las políticas a su valenza, casi nada está presente en el mercado profesional. Había más mujeres trabajando en 1948, año de la independencia, que hoy.
El coscorrón de la pandemia todavía fue tremendo. El PIB cayó un 7%, más que en ninguna otra gran patrimonio emergente, la pobreza ha vuelto a crecer luego de muchos primaveras a la víctima. Hay 270 millones de indios en pobreza extrema.
La segunda ola infectó al 70% de la población, una de las tasas más altas del mundo. Hubo entre 2,5 millones y 4,5 millones de muertes en exceso. Los niños estuvieron 18 meses sin escuela, lo que seguramente condena a muchos de ellos a ser una vivientes perdida. Las familias, que aún arrastraban las consecuencias de la crisis financiera del 2008, siguieron endeudándose. El consumo bajó. La industria del automóvil vendió en el 2020 tantos coches como en el 2012.
Modi es un ultranacionalista hindú y las medidas que adopta son económicamente supremacistas. Favorece la concentración industrial en pocas manos, sobre todo las de Gautam Adami (Especie Adami) y de Mukesh Ambani (Reliance Industries), dos de los hombres más ricos de Asia. Impulsa, asimismo, una India orgulloso con grandes “campeones nacionales”, a los que protege con medidas proteccionistas. Promueve la construcción de autopistas y otras infraestructuras, como el corredor de mercancías Nueva Delhi-Bombay y aumenta la inversión en la patrimonio digital. Ha creado, por ejemplo, un sistema franquista y digital de pagos para combatir la corrupción y el peculio triste.
La reforma agraria, otro pilar de la política de Modi, ha sido un fracaso. Los estados no aplican las medidas porque desconfían del gobierno central. Los campesinos todavía se oponen porque creen que la reforma beneficiará a Adami, Ambani y otros oligarcas.
El capitalismo nunca ha tenido buena reputación en India. Al patrón se le vincula con el político y la corrupción. Las grandes fortunas se han creado con favoritismos. Por eso, hay poco apoyo popular a las reformas de mercado que propone Modi.
Su Gobierno, aun así, incentiva la producción franquista, sobre todo de electrónica, droguería y telefonía. Ha subido las tarifas aduaneras al 70% de las importaciones. El impuesto medio es hoy del 18%, muy por encima de sus vecinos asiáticos. Encima, se niega a cerrar acuerdos comerciales internacionales. India no está, por ejemplo, en el RCEP, el veterano acuerdo de redimido comercio del mundo, en el que desde el pasado enero participan 15 países del Indo-Pacífico, entre ellos China, Japón, Corea del Sur y Australia.
Sin bloqueo, estas medidas, como argumentan los investigadores Arvind Subramanian y Josh Felman en Foreign Affairs , “no atienden las deposición básicas de la India”, que son dar trabajo a los jóvenes en empresas que requieran mucha mano de obra ocasión y bonificar la exportación de la industria manufacturera. Los aranceles, por ejemplo, impiden la importación de los componentes baratos que necesitan estas compañías.
Modi prefiere incentivar sectores que necesitan mucho hacienda y poca mano de obra. Sus productos tienen un stop valía añadido, pero no crean la riqueza necesaria. Es una patrimonio de armario y oligopolios, favorecida por la inconsistencia del entorno legal y financiero. Modi altera las reglas del gozne para bonificar a sus aliados empresariales. Esta inseguridad losa las inversiones del hacienda internacional que podrían desarrollar todo el potencial crematístico del país.
El sector tecnológico puede atraer inversores porque está poco regulado, pero el sector industrial es incapaz. Esta es la industria que podría hacer de India la nueva industria del mundo, pero Modi se empeña en mantenerla al ganancia. Prefiere que se limite al mercado interior. Por eso no le interesa exportar o integrarse en acuerdos como el RCEP.
China hizo todo lo contrario. Aprovechó su hacienda humano para atraer inversiones y tecnología de fuera, para dominar las cadenas de títulos y hacerse imprescindible.
India es la democracia más ínclito del mundo y la que más rápido crece: un 8,5%
India es uno de los países más grandes del mundo y ahora será el más poblado. Esta delantera, sin bloqueo, puede ser un gran inconveniente. Una población señorita y sin empleo, empobrecida y sin red social, una población sin seguridad alimentaria y sometida al estrés de la crisis climática no puede estar satisfecha. El descontento, adicionalmente, genera inestabilidad social, poco muy tranquilo en un país propenso a la violencia política.
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