Mirar hacia adelante

Se cumplen ya 30 primaveras de la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, y quienes tuvimos la suerte de disfrutarlos hemos podido conducirse, igualmente, en los primaveras que siguieron, una de las transformaciones urbanas más comentadas y admiradas en el mundo impasible. Hace unos días, sin ir más acullá (en el tiempo), en la presentación del nuevo plan clave de Estambul, ciudad que se plantea optar a los Juegos de 2036, el caso de Barcelona seguía siendo una narración no solo para esta metrópolis de cerca de de 20 millones de habitantes, sino igualmente para representantes de otras aglomeraciones urbanas que barajan cifras similares de población, como París (que los organiza en 2024), Sao Paulo, Johannesburgo o Yakarta.

El avezado en exposición urbano, y buen amigo de Barcelona, Greg Clark señalaba, en su intervención en el evento de Estambul, a los Juegos de 1992 como el inicio de una nueva era en las relaciones entre las ciudades y los grandes acontecimientos deportivos, pero advertía, a la luz de los estudios que al respecto ha realizado para la OCDE, que la gran mayoría de citas olímpicas posteriores no han obtenido resultados comparables; más admisiblemente han destacado las que han obtenido resultados decepcionantes. En la misma cadeneta, el economista especializado en deportes Andrew Zimbalist publicaba en 2015 Circus Maximus, un texto en el que exponía las conclusiones del observación de las múltiples evaluaciones realizadas desde los primaveras 80 sobre dos grandes eventos deportivos: los JJ.OO. y los Campeonatos Mundiales de Fútbol. Los resultados eran más o menos los mismos: tras Barcelona, el desierto y poco más que algún oasis.

Barcelona es hoy, más que nunca, una región metropolitana de cinco millones de habitantes

¿Cuál fue el secreto del éxito de aquel verano inolvidable de 1992? Aunando los argumentos de uno y otro expertos podríamos citar la confluencia de cuatro factores, más la pizca de fortuna que toda gran empresa colectiva necesita para resultar un hito:

1. El momento histórico. España entraba en la Comunidad Europea, Barcelona empezaba a resurgir tras las estrecheces de la dictadura, pero requería de una honda transformación en lo urbano y en lo financiero, y existía un esforzado liderazgo, el de Pascual Maragall, que incluso echó mano de la entonces novedosa aparejo de la planificación estratégica para alinear a los actores económicos y sociales y especificar el futuro post-olímpico con el horizonte del año 2000.

2. El planeamiento urbano. Los JJ.OO. sirvieron de catalizador para el despliegue, aunque con adaptaciones, de nociones secreto del Plan Común Metropolitano que había sido apto en 1976 (y aún hoy válido). Por consiguiente, no se diseñó una transformación de la ciudad ex profeso para el evento, como luego se ha hecho infructuosamente en otras sedes.

3. La décimo ciudadana. El anhelo de proyección exógeno de una ciudad tantas veces reprimida, la tradición deportiva o una acertada campaña de captación de voluntariado consiguieron niveles no solo de bienvenida, sino de implicación directa de parentela de todas las edades que se sintieron parte de poco único, difícilmente repetible en sus vidas.

4. La dimensión metropolitana (y más allá). Cuando el 17 de octubre de 1986 Samaranch pronunció en Lausanne la palabra mágica, “Barcelona”, la plaza de Catalunya estalló de felicidad. Como igualmente la plaza del Virrey Amat, en Nou Barris, donde yo me encontraba. Y esa alegría se sintió igualmente en Badalona, en Sabadell, en Mollet del Vallés, en Castelldefels, en Terrassa, en Viladecans, en Sant Sadurní d’Anoia, en Granollers… Los JJ.OO. de 1992 fueron posiblemente la primera manifestación de lo que hoy en día perseguimos desde el Plan Decisivo Metropolitano de Barcelona: el compromiso metropolitano. El hecho de sentirse parte de una misma verdad, de contar con un plan compartido de futuro y de encontrar, para cada ciudad o condado, un papel importante internamente del conjunto.

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Ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992

Mercè Taberner / Archivo

Como dicen los expertos, conseguir la conjunción de factores de este calado no es para cero sencillo. Pero es importante entender que forman la colchoneta mínima necesaria para progresar adecuadamente. Es por ello que nuestras prioridades y esfuerzos deben enfocarse, antaño que a la búsqueda de nuevos catalizadores, alrededor de el restablecimiento de dichas condiciones básicas, pero haciendo su relectura en el momento contemporáneo, no desde la nostalgia de lo que se tuvo.

En primer circunscripción, hoy igualmente nos encontramos delante otro momento histórico determinante, en el que hay que tomar decisiones drásticas de transformación de la ciudad para hacer de ella no la mejor ciudad del mundo, sino la mejor ciudad para el mundo, como nos proponía Charles Landry en Estambul, lo que pasa inevitablemente por poner a las personas y al planeta en el centro de dicha transformación, bajo las premisas de la Nueva Memorándum Urbana y la Memorándum 2030 de Naciones Unidas.

Del mismo modo, necesitamos imperiosamente el dibujo de cómo debe plasmarse esa transformación en el condado metropolitano, puesto que cada día que pasa es más difícil desarrollar estrategias del siglo XXI sobre los esquemas de los primaveras 70. Ello supone dejar por fin detrás el Plan Común Metropolitano, agradeciéndole los servicios prestados durante más de 40 primaveras, y contar de una vez con el nuevo planeamiento que debe surgir del dilatado proceso de elaboración de su sustituto por parte del Campo de acción Metropolitana de Barcelona, así como de la evaluación y revisión del Plan Territorial Metropolitano apto en 2010 y en manos de la Generalitat, pero inerte desde ese mismo momento.

Respecto a la décimo, siendo conscientes de la polarización contemporáneo, que dificulta grandes acuerdos colectivos, hay que serlo igualmente de la capacidad de movilización colectiva por aquellas causas que se consideran justas y del poder del conocimiento compartido para dar respuesta a problemas cotidianos, como nos demuestran la ciencia ciudadana y los laboratorios ciudadanos que operan en muchas de nuestros barrios y ciudades. La digitalización, asimismo, aún con todas las precauciones delante determinadas prácticas de gobiernos y grandes corporaciones, conecta a las personas y las empodera como nunca antaño había sido posible.

Y finalmente, debe reconocerse que Barcelona, hoy, es lo que en algún momento se ha llamado la “región metropolitana”. Un condado de más de 3.000 Km2, con más de 150 municipios y cerca de de 5 millones de habitantes. Poco que ya era en verdad en 1992 pero que 30 primaveras luego todavía no se ha antitético la fórmula para articular convenientemente, ni en sí misma ni con el resto de Catalunya, cuando resulta más imperiosa que nunca, cedido que los principales retos a los que nos enfrentamos, sea la vivienda, la movilidad o la lucha contra la emergencia climática, sólo se pueden atacar de guisa efectiva desde esta escalera. 

Seguimos, pues, participando en mesas redondas al banda de metrópolis de más de 20 millones de habitantes, que admiran todo aquello que se ha hecho y lo que se sigue haciendo en Barcelona. Sin confiscación, a nosotros parece que nos sigue quedando extenso ser y hacer como una metrópolis que, en términos globales sería de dimensiones reducidas; una metrópolis “a escalera humana”.

En definitiva, es atún memorar lo que vivimos hace 30 primaveras, pero más importante es dirigir de una vez nuestra ojeada alrededor de 2030 y más allá, y trabajar para conseguir las condiciones que hoy en día deben darse en Barcelona para afrontar la transformación necesaria para que estemos en disposición de sacar el mayor partido de las oportunidades que se nos presenten.

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