Recópolis, la faraónica ciudad visigoda levantada desde cero

Zorita de los Canes, en Guadalajara, es uno de esos lugares de nuestra cosmografía por los que no se pasa. Está acullá de núcleos urbanos de importancia y perfectamente metido en eso que se ha poliedro en atraer Laponia española, por su disminución densidad de población. Y, pese a ello, en este superficie, con anterioridad, inverosímil, en el año 578, un rey visigodo llamado Leovigildo decidió izar desde cero una ciudad a la que llamó Recópolis, que acabaría convirtiéndose en un centro comercial y funcionario de primer orden.

Esta es la historia de ese hacienda arqueológico, esa Recópolis desconocida para el gran manifiesto, que, sin retención, está a la prestigio, por su relevancia histórica, de yacimientos como el de Altamira o ciudades monumentales como Mérida.

En el origen fue un rey

El impulsor de Recópolis fue Leovigildo, mítico rey visigodo cuyas gestas militares y sus capacidades como gerente le llevaron a conseguir una Hispania unida bajo su mando. Es cierto que se le resistió una franja costera en el sureste peninsular, controlada por el Imperio caótico, pero, pese a ello, Leovigildo logró crear un reino cohesionado, redactar una moderna carta para todos sus súbditos, derrotar a todos sus enemigos externos e internos y establecer un sistema fiscal perfectamente engrasado.

Este sistema tributario es, probablemente, lo más esencial a la hora de afrontar la historia de Recópolis. Porque sin un flujo constante de boleto al hacienda de Leovigildo, esta insólita ciudad habría sido un irrealizable, ya que, para construirla, se necesitó no solo una gran cantidad de materiales de albañilería, sino todavía un buen número de profesionales de la construcción y artesanos expertos cuyos salarios había que sufragar.

Recreación de Leovigildo, por Juan de Barroeta, siglo XIX

Expansión de Leovigildo, por Juan de Barroeta, siglo XIX. 

Otras Fuentes

¿Pero qué llevó a Leovigildo a ese tesina? Según las fuentes, honrar a su hijo. Isidoro de Sevilla narra en Historia Gothorum cómo Leovigildo “fundó una ciudad en Celtiberia que llamó Recópolis, por el nombre de su hijo”, y el geógrafo árabe Al Himyari, nueve siglos a posteriori, dejó escrito que Leovigildo edificó una tal “Rakibil en las proximidades de Toledo y le dio el nombre de su hijo”.

Y, efectivamente, Recaredo, hijo y heredero de Leovigildo, recibió aquel desproporcionado regalo. Pero tras este legado había mucho más que el homenaje a un hijo. Leovigildo quería fundar una dinastía que emulase a las bizantinas y asentar en aquella oscura Hispania una monarquía hereditaria, dotando a su reino de estabilidad institucional. Recó­polis era una forma de mandar ese mensaje. Para Laurel Olmo, catedrático de Arqueología de la Universidad de Alcalá, Recópolis era, de hecho, poco “ideológico”. Una forma de trasladar al mundo la idea de que los visigodos podían crear un imperio al estilo de los bizantinos.

Pero la ciudad tenía todavía fines más pragmáticos que los propagandísticos. La metrópoli era una forma de controlar una de las provincias de su reino, Celtiberia. Es difícil delimitar con exactitud las fronteras de este espacio, pero, tradicionalmente, se admite que debió de aglutinar territorios de Guadalajara, Cuenca, Teruel, Soria, Segovia, Burgos y Zaragoza.

Teniendo en cuenta que Toledo era la haber del reino, Recópolis estaba destinada, encima, a convertirse en habitante de Celtiberia, con el objetivo de sostener controlados esos territorios y servir como cojín comercial, administrativa y tributaria de los mismos. Recópolis era poco así como una haber autonómica de la época.

Una votación impecable

Aunque hoy su situación pueda parecernos descabellada, el superficie donde se asentó Recópolis está perfectamente meditado. Más allá de ser un buen punto desde el que controlar Celtiberia, Recópolis se asentó sobre un cerro amesetado, que resultaba fácilmente defendible y desde el que se divisaban nítidamente las tierras de los alrededores. Adicionalmente, el Tajo transcurre a los pies de la ciudad, lo que favoreció todavía que la rica vega del río fuera aprovechada por los agricultores.

Los arqueólogos han constatado que la ciudad se abasteció de yeguada ovino, caprino y bovino, que pastaría por los alrededores, mientras que los posibles cinegéticos debieron de tener igualmente un peso considerable entre sus habitantes, que contaban con frondosos bosques cercanos donde cazar jabalíes y ciervos.

Un cancel visigodo, reconstruido a partir de diversos fragmentos hallados en Recópolis, presente hoy en el Museo Arqueológico Nacional.

Un mampara visigodo, reconstruido a partir de diversos fragmentos hallados en Recópolis, presente hoy en el Museo Arqueológico Franquista.

Querubín M. Felicísimo / CC BY 2.0

Por postrero, Recópolis tenía otra preeminencia no último: se hallaba próxima a diversas fuentes de materiales de construcción. En este sentido, cerca de la metrópoli se han localizado canteras y vetas de arcilla, en tanto que la madera de pino y de quejigo era muy copioso en tiempos visigodos.

Así era la ciudad

El plan de Leovigildo para Recópolis era crear un superficie que perviviera en la memoria. Para ello, copió en su trazado algunas de las prácticas bizantinas. Lo cual no deja de resultar maniático, pues, en el imaginario colectivo, está muy asentada la idea de que la época visigoda fue decadente, una mera transición entre Roma y los árabes. Recópolis es la prueba de que ese período, quizá indeterminado, tuvo todavía momentos de notoriedad.

Leovigildo ordenó izar un arduo palatino, el único descubierto hasta nuestros días en todo el Poniente europeo que data de aquellas fechas, formado por un ciclópeo edificio y una iglesia. Una puerta monumental daba paso a este arduo, frente al cual se trazó una larga calle comercial, con edificios para los artesanos y vendedores. Esta era la calle más importante de Recópolis, con talleres de orfebrería y de vidrio.

Una aventura arqueológica

Recópolis se transformó en una especie de cartel, cuya delimitación era un enigma. Hasta que en 1893 entró en suceso Juan Catalina García López, que sería el primer catedrático de Arqueología de la Universidad Central de Madrid y alcanzaría la dirección del Museo Arqueológico Franquista.

García López se sumergió en las fuentes y llegó a la conclusión de que debía de encontrarse cerca de Zorita de los Canes. Acertó.

Las excavaciones no empezaron hasta 1945, con Juan Cabré Aguiló al frente. El hallazgo fue de tal importancia que Recópolis fue declarada Monumento Franquista en el acto.

Ya en 1992, el refrendador de las investigaciones lo recogió, sobre todo, el catedrático de la Universidad de Alcalá Laurel Olmo, un referente en la materia que ha contribuido, decisivamente, a desvelar los misterios de la ciudad.

Los arqueólogos han constatado, de hecho, que la industria del vidrio fue una actividad importante en la ciudad. Adicionalmente, los comerciantes asentados en la calle ofrecían fondos de primera falta y mucho más. Pues, por sorprendente que pueda parecer, en Recópolis se vendieron productos procedentes de otras zonas de la península y de puntos más lejanos del Mediterráneo, como óleo, morapio o cerámica, originarios del meta de África. Esto nos da una idea de hasta qué punto el comercio, en tiempos de Leovigildo, fluía, confirmando la estabilidad política y económica que consiguió en algunos momentos de su reinado.

Recópolis contaba, encima, con un canal que la abastecía de agua, si perfectamente parece que un sistema de cisternas era la principal fuente de casa recoleta del preciado puro. Todo esto, sumado a las viviendas para la población y a una impresionante muralla que rodeaba el arduo, conformaba una magnífica metrópoli que llegó a vivir treinta y tres hectáreas.

Aquí no se escatima

Por lo que sabemos gracias a los hallazgos en este placer, los visigodos no abandonaron los sistemas de construcción romana más eficientes. Así, Leovigildo se preocupó de que su nueva ciudad fuese un superficie empachado de sofisticación.

La mayoría de las construcciones de Recópolis se levantaron mediante mampostería y tapial. Es proponer, hiladas de piedras para la cojín, sobre las que se colocaban una serie de encofrados de madera que se rellenaban con arcilla apisonada. Otros lugares emblemáticos, como la muralla, el palacio o la puerta, fueron erigidos con sillares de piedra. En cuanto a los tejados, para levantarlos, se recurrió a fuertes vigas de madera de pino o quejigo, coronando la obra con tejas de tipo curvo, en tanto que el pavimento variaba desde el más insuficiente, con tierra arcillosa apisonada, al manufacturado opus signinum, un hormigón utilizado por los romanos, consistente en tejas partidas mezcladas con cal.

Finalmente, Leovigildo se ocupó de que los capiteles, las basas o los fustes fueran tallados con suma elegancia, una prueba más de la especialización artística a que llegaron los visigodos.

Cabalgando con destino a el ocaso

Tras Leovigildo, la historia de Recópolis siguió siendo gloriosa. Tuvo una vida dinámica, de transformaciones constantes y cambios urbanísticos siempre a mejor. Una época que los árabes que vinieron a posteriori recordarían en sus escritos, describiendo aquella ciudad como un bello superficie fuertemente amurallado, con jardines y amplios espacios para el esparcimiento de la población.

El hijo de Leovigildo, Recaredo, se encargó de mimar el regalo de su padre, y llegó a establecer una ceca en Recópolis, donde se acuñó moneda durante primaveras. Sería la única ceca de la submeseta sur, pero, lamentablemente, no duró mucho tiempo. El auge de la ciudad como centro funcionario y comercial terminó en la segunda centro del siglo VII.

Restos de la basílica de Recópolis.

Restos de la panteón de Recópolis.

Borjaanimal / CC BY-SA 3.0 es

En esos primaveras, los comercios, hasta el momento boyantes, acabaron transformados en viviendas, y los amplios espacios públicos creados para fomentar los contactos entre los ciudadanos fueron ocupados poco a poco por nuevos edificios de poca calidad. Una señal de cómo el poderío visigodo empezaba a debilitarse. Con la presentación de los árabes, sin retención, Recópolis seguía allí. Pasó a llamarse Madinat Raqqubal y, aunque perdió entidad, continuó existiendo hasta que, entre los siglos VIII y IX, tuvo superficie una catástrofe. Un incendio destruyó el palacio, que acabaría convirtiéndose en un perímetro fortificado. La condena de la ciudad parecía inminente.

No obstante, aún habría que esperar unos primaveras para su completa desaparición. Recópolis, reconquistada por los cristianos, sirvió de cojín para fundar una pueblo de campesinos mozárabes procedentes de Aragón en 1156. Ese fue su postrero saludo en el ambiente de la historia. En el siglo XIV, el sueño de Leovigildo fue desaliñado para siempre y entró en los dominios de lo maravilloso.

Este texto forma parte de un artículo publicado en el número 649 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes poco que aportar? Escríbenos a redaccionhyv@historiayvida.com.

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