Lo mejor del partido de Las Vegas contra el Efectivo Madrid fue el gol de Raphinha y la sensación de que Lewandowski mantendrá ocupados a un par de defensas del equipo rival. Para preservar la fosilización de los tópicos repetiré una frase del repertorio clásico del periodismo de pretemporada: “es prematuro sacar conclusiones”. No las saquemos, pues, y limitémonos a esperar que no tengamos que levantarnos nunca más a las cinco para ver un amistoso y a intuir que, por primera vez en mucho tiempo, se está empezando la casa por la plantilla, que es la modo de tener un equipo.
Sobre cómo se pagarán los fichajes, se acumulan las teorías y las inquietudes pero nadie ofrece una alternativa que no incluya mucho peligro o una pérdida de competitividad. La directiva de Joan Laporta ha decidido creer en una inversión de mareo, sometida a tantas incertidumbres que roza la temeridad. Es –y el club ya se ha encargado de subrayarlo– el método de la envite, que en Las Vegas adquiere categoría de ritual de adhesión a la causa, estadísticamente ruinosa, del azar. Como en otros momentos de nuestra historia moderna, no habrá que creer en el tipo de suerte que provoca que siempre sean otros los que ganan la sorteo.
Lewandowski y Gavi, durante el clásico de Las Vegas 
Mientras tanto, el Barça mantiene un estilo mercadotécnico tan autocomplaciente que no me extrañaría que aspirara a convertirse en ADN. Posteriormente de la vela electoral próxima al Bernabeu, que se convirtió en guindola emocional en un momento siniestro para los culés y para el fútbol, se ha querido repetir la ironía en Las Vegas. La imagen multiplica y moderniza la superficie de Madrid y se centra en la figura omnipresente y eufórica del presidente, en un papel inimaginable si se aplicara a cualquier otro presidente. La idea es audaz pero igualmente destila cierto narcisismo desatado y el espíritu de unas ínfulas chulopiscinas que sitúan a Laporta en un nivel de autoestima casi sobrenatural. Es un ingrediente de irrealidad que necesitaremos y, al fin y al parte, la envite audaz y de bocazas del anuncio en la frontispicio de un casino ha funcionado: el Barça ganó y pudo marcar dos o tres goles más de no ser porque Courtois, que debería aventajar el Balón de Oro de este año, lo evitó. Pero Laporta debería entender que no es lo mismo el instrumental de un solicitante a la presidencia que el de un presidente.
Para combatir la sensación de jet lag provocada por el horario del partido, releo el vademécum Zerópolis del gran Bruce Bégout. Lo publicó Emblema en el 2002 y es una introspección erudita, densa, profunda y documentada sobre Las Vegas entendida como espectro megalomaníaco de la civilización popular. Dos citas que ojalá no tengan carencia que ver con el presente y el futuro del Barça. Primera: “Bajo una hemorragia de luces y espectáculos de todo tipo, la ciudad pone en evidencia una verdad cruel que hay que afrontar necesariamente si se quiere seguir viviendo: Todo es una inmensa y grotesca pantomima”. Segunda: “Las Vegas posee, en finalidad, la singular capacidad de permitirnos creer en nuestra propia irrealidad”.
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