Kabul cayó hace un año, sin ofrecer resistor. A última hora de aquel domingo, los barbudos talibanes paseaban ya kaláshnikovs y posaderas por los salones y sofás de un palacio presidencial sucio, pero que olía todavía a perfumes exclusivos y a sacos de dólares.
Para conmemorar aquella triunfo, el restaurado Emirato Islámico de Afganistán ha manifiesto festivo el día de hoy. Sin requisa, los afganos tienen poco que celebrar, al ganancia de la paz. Que no es poco, para las varias generaciones que no la habían conocido. Pero es una paz sin pan, en la que un desempleo atroz se da de bruces con una carestía sin precedentes.
Estos trescientos sesenta y cinco días bajo los talibanes han sido una doble lápida para las kabulíes. Poco menos para otras mujeres, culturalmente más cercanas al tradicionalismo islámico del movimiento, o que ya llevaban meses o incluso primaveras bajo su férula.
Los talibanes no han reeditado los peores rasgos de su inicial dictadura, pero su misoginia casi nada se ha atenuado. Sus fundamentos fundamentalistas siguen firmemente al timón.
Por mucho que los talibanes que hoy patrullan Kabul sean los hijos de los que lo hacían cuando tomaron la hacienda por primera vez, en 1996. Por mucho que se hayan formado en Pakistán. Eso sí, si los padres se dedicaban a deshilachar casetes y a aporrear DVD y cintas de vídeo, sus hijos viven pegados a sus smartphones y sonríen a las cámaras.
Pero sus mayores han frustrado incluso a sus valedores pakistaníes o a países que estaban a la retraso de algunos gestos para dar un paso al frente en su registro. Léase China, Turquía, Rusia, Qatar o Irán. Esos gestos no se han producido, y el futuro de Afganistán se presenta menos sangriento que su pasado, pero no más claro.
En Kabul, por segunda vez, la esperanza de emancipación femenina, despertada por los soviéticos hace más de cuarenta primaveras y por los estadounidenses hace más de vigésimo, ha vuelto a acordar pulverizada.
Este sábado, unas cuarenta mujeres se atrevieron a salir a la calle para pedir “pan, trabajo y facilidad”, ayer de ser disueltas con disparos al canción. Los talibanes quieren reducirlas al ámbito doméstico, con las excepciones que les dicta su puritanismo: maestras de niñas y doctoras y enfermeras de otras mujeres. Ya no hay mujeres magistrado.
Aunque las niñas y las universitarias han vuelto a las aulas, las adolescentes siguen sin contar con autorización para reanudar sus estudios en la mayoría de las provincias. Una partida que los talibanes parecen querer protegerse para un gran trato –si no con Oeste, con países más afines– a sabiendas de su impacto mediático.
Mientras tanto, la huida de gran parte de la clase media kabulí, combinada con el fin de la cooperación financiera de la mayoría de las organizaciones internacionales –públicas o privadas–, ha hundido la bienes.
El 55% de los afganos requiere cooperación tras la retirada de la ayuda internacional y la crisis económica
Un 55% de los afganos precisa de cooperación, según datos solventes. Lo corrobora el ortopedista Alberto Cairo, que lleva media vida en la Cruz Roja de Kabul. El médico implora que se busquen fórmulas para ayudar a los afganos, aun escatimando el registro de los vencedores de la querella civil.
Hasta un cierto punto, esto ya se está haciendo. La Unión Europea ha asumido el plazo del salario de muchos enseñantes. La propia Cruz Roja cubre la sueldo de 10.500 sanitarios de los dos sexos, lo que le permite prolongar abiertos 33 hospitales y maternidades en todo el país.
Hoy como ayer, Afganistán sigue con respiración asistida, aunque con mucho menos oxígeno. Por eso –y por la pacificación– no se ha producido la marea de inmigración a Europa que algunos temían. Pero ese parece el desenlace más probable, tan pronto como asome el deseo. Mucho más que una desintegración del régimen, que solo podría acelerarse con luchas intestinas que pocos analistas, al ganancia de Ahmed Rashid, ven en el horizonte.
De hecho, su control marcial es férreo. Se producen misteriosos atentados sectarios, pero menos que con el inicial gobierno. Por primera vez en más de cuarenta primaveras, un ejecutor en Kabul gobierna sobre todo el paraje. La resistor tayika en el valle del Panshir resistió menos de tres semanas tras la toma de Kabul. Pero por si destino, los talibanes han mandado allí a miles de efectivos.
Ese Gobierno eventual sigue formado por un núcleo duro talibán, íntegramente pastún, a diferencia del maniquí tutelado por los estadounidenses, en que los tayikos y otras minorías periféricas llevaban las riendas.
Aunque la propia inteligencia pakistaní lo bendijo, empieza a cundir la impaciencia en Islamabad por la cerrazón talibán a desobstruir el colección a otros actores.
El veterano resquemor está en Washington. Donald Trump, a través de sus negociadores en Doha, firmó la retirada. Pero es Joe Biden quien está pagando la elaboración. Todavía hay quien considera que la querella más larga de la historia de EE.UU. debería haberse prolongado. Aunque aquellas prisas se entienden mejor a la luz de los acontecimientos posteriores en Ucrania.
El momento Saigón , que tanto se quiso evitar, regresó multiplicado. La caída de Kabul fue casi nada el principio del calvario. Mientras en las calles de la hacienda se visualizaba el nuevo orden, en los accesos al aeropuerto reinaba el caos de la deyección de miles de colaboradores. Un atentado suicida, por un banda, y el posterior error trágico de un dron estadounidense, por otro, ensangrentaron el final.
La supuesta ejecución por otro dron, hace quince días en Kabul, del patriarca de Al Qaeda, el egipcio Ayman al Zauahiri, compensa aquello y devuelve el dedo acusador a los talibanes.
Estos se encogen de hombros y defienden activo recuperado la soberanía. Otra cosa es que tengan la más remota idea de qué hacer con ella. Los afganos, que hasta ahora pudieron sufragar en elecciones turbias ahora ya solo podrán sufragar con los pies.
Los talibanes usan los ‘mass media’ que ayer aborrecían, pero su misoginia casi nada se ha atenuado
En la cúspide de la nueva teocracia, Haibatulah Ajundzada solo se ha dejado ver un par de veces, en Kandahar y en Kabul, a puerta cerrada y sin fotos. Será que el seguro poder es invisible, en esta dictadura como en la inicial cleptocracia.
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