El viaje de un corazón de 223 años

El próximo domingo un avión de la fuerza aérea brasileña despegará de Portugal con un pasajero anormal, un corazón. Atravesará el Atlántico en el interior de un frasco de cristal y protegido, aseguran, por las máximas medidas de seguridad. Será la tercera vez en más de 200 abriles que este corazón cruce el océano y la primera que lo hace sin vivir. Y se puede añadir un cuarto periplo, el que hicieron las otras partes del cuerpo hace 50 abriles. Eran de los restos del emperador Pedro I de Brasil y rey Pedro IV de Portugal. La ciudad de Oporto cede el corazón temporalmente a las autoridades brasileñas para la conmemoración el 7 de septiembre de los 200 abriles de independencia.

La singularidad del alucinación va acompañada por la polémica. Es la primera vez que la reliquia sale del templo donde, bajo cinco llaves, fue guardado para cumplir el deseo del monarca de que su corazón yaciese en Oporto. Hay recelos sobre posibles mercadería en la conservación y por el carácter un tanto necrófilo de la iniciativa, así como por su contribución a la construcción de un relato de la emancipación de Brasil como un proceso de élites y de tintes utilitario­ritarios. Se comercio de complementos de la gran controversia, la de que este traslado temporal a Brasil, semanas antiguamente de unas elecciones que tiene más que cuesta hacia lo alto, sea trabajador por el ultraderechista presidente Jair Bolsonaro para intentar remontar, cuando las encuestas dan como decidido el regreso al poder del izquierdista Lula da Silva.

Brasil y Portugal llevan más de un siglo como repúblicas, pero la vieja comunidad auténtico sigue dando vueltas por el Atlántico

La conquista e independencia de Brasil constituye uno de los más fascinantes relatos de los oprobiosos procesos de colonización, adicionalmente de contener una parte muy significativa de la criminal historia universal de la esclavitud. En 1494, en Tordesillas, Portugal consiguió desplazar en torno a el oeste la partidura con la que se dividía el mundo con España, sin que en teoría se supiese lo que había en ese espacio rebaño por los lusos. Seis abriles más tarde, una flota comandada por Pedro Alvares Cabral y con rumbo en teoría en torno a India descubrió Brasil por un supuesto incidente.

Como en el caso de las colonias españolas americanas, como catalizador de la independencia actuó la toma de la península Ibérica por las tropas francesas de Napoleón Bonaparte, con la gran diferencia de que a finales de 1807 la comunidad auténtico portuguesa huyó, para trasladarse a Río de Janeiro, que convirtió así en la nueva hacienda del imperio. El rey Juan VI no regresaría a Portugal hasta 1821, mucho posteriormente de la expulsión de los franceses gracias a las tropas inglesas, y lo hizo obligado por las cortes. En Río de Janeiro dejó al frente a su hijo Pedro, que el 7 de septiembre de 1822 proclamó la independencia con el conocido quejido de Ipiranga, de “la independencia o la homicidio”, que es lo que se va a conmemorar en el interior de unas semanas. Se convirtió en el emperador Pedro I de un Brasil emancipado de Portugal.

“Es un tesina ridículo y que da risa”, afirmó la historiadora de la Universidad de São Paulo Lilia Schwarcz

Las idas y vueltas por el Atlántico de la casa de Bragança, la comunidad auténtico portuguesa y ya además brasileña, continuaron cuando el muy desgastado Pedro I abdicó en su hijo en 1831, para regresar a Portugal, del que había sido rey brevemente en 1826 como Pedro IV, a la homicidio de su padre. En tierras portuguesas ganó la disputa civil a su absolutista hermano Miguel, patriarca del miguelismo, el equivalente luso al carlismo castellano. Aunque nació, en 1798, y murió en la misma habitación del palacio de Queluz, en la periferia de Lisboa, con solo 35 abriles, víctima de una tuberculosis, la figura de Pedro I resulta poliédrica, ambivalente y carencia consensual, sino objeto de larga controversia.

“Dejen el corazón de Don Pedro en Oporto, piden intelectuales brasileños”, titulaba hace unas semanas el diario Sabido de Lisboa. “Es un tesina ridículo y que da risa”, afirmó la historiadora de la Universidad de São Paulo Lilia Schwarcz. La imágenes de la reliquia, conservada en formol, además alimentan las críticas. “Vi las fotos y no es poco atún. No imagino a niños y adolescentes animados a ver un corazón que paró de vivir hace casi dos siglos”, dijo el filósofo Renato Janine Ribeiro, exministro con Dilma Rousseff, sucesora de Lula en la presidencia. En el clima electoral brasileño, ha sido muy cuestionada la proceder del corregidor de Oporto, el independiente Rui Moreira. Este respondió a lo que considera una campaña de la izquierda lusa y brasileña, negando cualquier intención electoral, sino de hermandad. Aunque Brasil y Portugal son repúblicas desde hace más de un siglo, la antigua comunidad auténtico sigue dando vueltas por el océano.

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