El psicoanálisis de Sigmund Freud (1856-1939), que no es otra cosa que una enfoque científica al concepto del inconsciente, supuso un terremoto de tal magnitud que, todavía hoy, sus postulados sobrevuelan el enterarse popular sobre lo que creemos que es la mente. Cuando estalla la anuncio de algún parricidio o un crimen sexual de naturaleza especialmente vil, nos ponemos a rastrear en la infancia del imputado suponiendo que allí estará la respuesta.
Y eso que hace décadas que ya no reina en las aulas de psiquiatría. A mediados del siglo XX, el psicoanálisis fue ampliado por la más pragmática psicoterapia psicodinámica, menos centrada en la subjetividad de los individuos y más en resolver la conducta indeseable en sí. Pero si en poco están de acuerdo todos los académicos es en que los postulados de Freud hace primaveras que desbordaron la psicología o la psiquiatría.
Freud se atrevió a tratar de comprender aquello que los griegos denominaban la psique, en esa dialecto, el “alma humana”. Él lo hizo sin su prisma metafísica, y al hacerlo se topó con el inconsciente. Un punto que incluso a quien falta sabe de psiquiatría se le antoja como el reservorio de lo primitivo –para Freud, el “ello”–, y quizá la fuente de sus miedos, traumas y pasiones. Por supuesto, incluso las sexuales.
Este zaguero fue el campo de estudio más fértil para el médico austríaco. Adicionalmente, fueron los párrafos de La interpretación de los sueños (1899) que a más muchedumbre escandalizaron: aquellos en los que hablaba de sexo. Pero el ampliación psicosexual es mucho más que una teoría morbosa sobre el incesto o un concepto con el que tratar de comprender, por ejemplo, las más inconfesables de nuestras pasiones.
Lo que Freud descubrió es una libido innata que determina el ampliación inmaduro hasta la adolescencia. Y en el diálogo entre esa pulsión y las convenciones sociales (la recatado impuesta por los padres) es donde encontró el cimiento de muchas enfermedades mentales. No obstante, antiguamente de dialogar del confuso de Edipo, conviene aclarar qué es el inconsciente.
Si nuestra mente fuera una película, el inconsciente es lo que pasa detrás de las cámaras, en ese punto que nuestra psique consciente desconoce, pero que le afecta profundamente. Como si tuviéramos una voluntad primitiva que, esto es estrafalario, algunas veces sale de su escondrijo. Como cuando nos ruborizamos porque, sin querer, hemos dicho lo que positivamente pensamos de una persona. Freud a esto lo llamaba “acto fallido”, aunque lapsus incluso vale. Muestra de lo mismo son los sueños o los síntomas.
Para él, los síntomas eran pensamientos tan dolorosos que la mente debía encerrarlos en el inconsciente, aunque a veces vuelven en forma de un acto involuntario. Ejemplo de ello sería cualquiera de las dolencias de una amplia tono de enfermedades mentales. Aquí hay que rememorar que los síntomas en psicoanálisis no son los mismos que en psiquiatría. Si para esta última, más actos, sirven para detectar enfermedades mentales, para el psicoanálisis son simplemente la prueba de que hay algún conflicto en el inconsciente.
La pregunta evidente, en todo caso, es ¿a qué trauma se refería Freud? ¿Qué tiene la sexualidad inmaduro para que pueda injuriar tanto nuestro inconsciente? La respuesta está en el “ello”, el “yo” y el “superyó”: para Freud, la forma de dividir la mente y de explicar cómo funciona.
El “ello” representa los instintos más primitivos, y el “superyó” los principios morales y éticos (de naturaleza social) que reprimen a los primeros. En medio, como si fuera un árbitro, el “yo” modula nuestras pulsiones para que no se desembriden. Y, precisamente, es en la interacción entre estas cualidades de la mente donde junto a apañarse el origen de la enfermedad. Por ejemplo, en el irreflexivo frustrado porque sus padres condenan sus instintos.
Porque, sí, Freud sostenía que –de forma innata– los recién nacidos ya tienen la requisito de conformarse sexualmente, aunque el objeto de deseo no sea siempre el mismo. La definió como una sexualidad “polimórficamente perversa”, es asegurar, que encuentra placer en una variedad de objetos. Para asomar, la boca, el primer alimento de la libido en los recién nacidos. A partir de ahí, describió cuatro fases más a las que llamó rectal, fálica, período de latencia y grado órganos sexuales.
Puede parecer una descripción poco críptica de la infancia, pero es más proporcionadamente un modo de comprender por qué hay personas mojigatas y otras manipuladoras. Estas “taras” nacerían de un desequilibrio entre la pulsión (el “ello”) y las imposiciones sociales (el “superyó”) en cualquiera de las cinco etapas.
Por ejemplo, en la primera grado, cuando no existe ni la personalidad ni un “yo” definido y todas las acciones del bebé se centran en la adquisición de placer. Para Freud, demasiada galardón por parte de los padres o la equivocación de ella podían trasladar pasividad, inmadurez o un exceso de candidez ya en la vida adulta.
El tumbona de Sigmund Freud
Así es como se bosquejó la similitud freudiana con el relato de Edipo, un clásico de la mitología griega que el austríaco hizo insigne. Edipo le sirvió para describir la tercera grado del ampliación psicosexual, cuando los niños perciben por primera vez la naturaleza de sus órganos sexuales y la diferencia entre el hombre y la mujer.
Como el escaso Edipo, que, sin saberlo, asesinó a su padre y se unió sexualmente a su matriz, la libido de un infante lo hace interesarse por ella, desarrollando una suerte de envidia en torno a el padre. Y si no tráfico de enfrentarse a él, es por un temor innato a la castración, que se presume la respuesta de un padre mucho más válido que él mismo. Una crisis, en fin, que solo se resuelve cuando los varones abandonan sus deseos incestuosos y se identifican con el padre.
Por supuesto, la teoría incluso tiene su similitud femenina, el confuso de Electra, que opera de un modo casi idéntico. En el caso de las niñas, sin retención, Freud creyó que el clítoris actuaba como una suerte de falo, hasta que ellas se daban cuenta de la marcha de este. Entonces, decía, aparece una especie de “envidia del pene” que solo se resuelve con la identificación con la matriz y la aparición del deseo en torno a el hombre, es asegurar, la heterosexualidad.
Fue en la mala resolución del confuso de Edipo donde este médico halló el cimiento de un inconsciente herido. Pero ¿qué es una mala resolución? Muchas cosas, desde un padre absorto hasta una matriz sobreprotectora, e incluso una atención excesiva por parte de los dos. De un modo opuesto, la superación satisfactoria del confuso de Edipo se conseguiría mediante el ampliación de un “superyó” que permita al sujeto apoyarse en títulos morales (la recibimiento de las convenciones sociales) en punto del miedo al castigo para pasar esta crisis.
Estos últimos postulados generaron no pocas críticas. Sobre todo, desde las corrientes feministas se acusó a Freud de construir su teoría con un sesgo masculino basado en su propia experiencia.
Pero con Freud existe una crítica que es mucho más profunda. Aunque todos le reconocen sus aportaciones al conocimiento de la naturaleza humana y la filosofía, muchos especialistas no aceptan sus teoría como una expresión verdaderamente empírica. Básicamente, porque no aguantan un examen riguroso.
Karl Popper, en 1980.
Entre ellos, su paisano, el filósofo Karl Popper (1902-1994), para quien los postulados del psicoanálisis no cumplían con el principio de falsabilidad. De tan flexibles, argumentó, no se podía demostrar si eran falsos o no. No es lo que pensaba su colega Adolf Grünbaum (1923-2018), que demostró que el psicoanálisis sí podía ponerse a prueba. Fue para peor, pues al hacerlo concluyó que sus predicciones no se cumplían.
Dejaremos dialogar al propio Freud de sus ideas sobre la sexualidad. Juicios al beneficio, con su redescubrimiento del inconsciente marcó definitivamente la historia del siglo XX.
Citas de Freud sobre sexualidad1“Nadie que haya gastado a un bebé reclinarse, saciado del pecho de su matriz y quedarse dormido con las mejillas sonrojadas y una sonrisa dichosa, puede escapar a la consejo de que esta imagen persiste como prototipo de la expresión de satisfacción sexual en la vida posterior”.
2“En los seres humanos la masculinidad o la feminidad puras no existen ni en un sentido psicológico ni biológico”.
3“Sabemos menos sobre la vida sexual de las niñas que de los niños. Pero no debemos avergonzarnos de esta distinción; a posteriori de todo, la vida sexual de las mujeres adultas es un 'continente vago' para la psicología”.
4“La heterosexualidad de un hombre no tolerará ninguna homosexualidad, y al contrario”.
5“La sexualidad es la picaporte al problema de las psiconeurosis y de las neurosis en normal. Nadie que desdeñe la picaporte podrá inaugurar la puerta”.
6“En materia de sexualidad somos, cada uno de nosotros, enfermos o sanos, falta más que hipócritas”.
7“La homosexualidad ciertamente no es una preeminencia, pero no es falta de lo que avergonzarse, no es un vicio, no es una degradación, no puede clasificarse como una enfermedad”.
8“Gran parte de nuestro valioso patrimonio cultural se ha adquirido a costa de la sexualidad”.
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