Los secretos de la embajada más antigua del mundo

Cuenta la letrero que Fray Piccolo era un fraile que se enamoró de la mujer de un embajador gachupin. Al enterarse del amancebamiento, el diplomático lo asesinó y lo emparedó en alguno de los rincones del Palacio de España. Y desde entonces su alma deambula entre los 14.300 metros cuadrados del Palacio de España, sede de la embajada delante la Santa Sede en la plaza romana que lleva su nombre, pidiendo oraciones y rezando para enmendar sus pecados.

La histórica periodista Paloma Gómez Borrero, fallecida en el 2017 tras una vida siguiendo a los papas, siempre contaba que lo había gastado. Iba a cenar a casa del ministro consiliario de la embajada –al parecer, el ocasión donde ocurrió el crimen– cuando se confundió delante de cinco puertas, sin memorizar cuál era la correcta. Entonces, contaba Gómez Borrero, vio un fraile pequeñito al costado de la ventana que, al ser preguntado, le señaló sin pronunciar una palabra la dirección que esperaba. Cuando contó al resto de comensales que un fraile le había indicado el camino, no la creyeron y quisieron comprobarlo con sus propios luceros. El fraile había desaparecido.

Embajada española en el Vaticano

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Serena Eller

La historia de Fray Piccolo es solo uno de los muchos secretos que encierra la embajada de España delante la Santa Sede

La historia de Fray Piccolo es solo uno de los muchos secretos que encierra la embajada de España delante la Santa Sede, la representación diplomática más antigua del mundo, que este 2022 cumple 400 abriles y está dando a conocer su patrimonio con un vigoroso software de actos. Comenzaron con una instalación del comediante Esteban Villalta y una conferencia de la directora de los Museos Vaticanos, Barbara Jatta, pero está previsto una estampado de un sello conmemorativo de la Posta Vaticana o la presentación de un vademécum sobre el palacio, entre otras actividades. Incluso contemplan celebrar alguna excursión de puertas abiertas a pequeños grupos.

“Es un patrimonio que vale la pena conservar porque da una idea de la importancia de España en el siglo XVII”, comenta la coetáneo patrona de esta casa, la embajadora Isabel Celáa, mientras camina por sus salones, en su mayoría forrados por una tela proveniente de la prestigiosa taller de sedas de Caserta.

Embajada española en el Vaticano

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SERENA ELLER

La figura de los embajadores siempre ha existido como aquél trámite necesario creado por los hombres para sustituir la supresión por la palabra. Pero los primeros embajadores de la época moderna, en el siglo XV, eran muy distintos a los actuales. Solo podían ser aristócratas con una gran fortuna. “Se caracterizaban tanto por la itinerancia –no tenían una aplazamiento fija– como por la autofinanciación”, recuerda Letizia Rodríguez, que como secretaria personal de los embajadores desde hace 36 abriles conoce como nadie los enredos de este ocasión.

Los Reyes Católicos nombraron al primer embajador permanente, Gonzalo de Beteta, en 1480. Pero no fue hasta 1622 que el duque de Albuquerque alquiló el palacio a un italiano, pretendido por Francia, la otra superpotencia de la época, que ansiaba dominar toda la plaza. Con el locación gachupin uno y otro países quedaban separados al punto que por la escalinata de Trinità dei Monti.

Embajada española en el Vaticano

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SERENA ELLER

Primaveras más tarde, en 1647, el octavo conde de Oñate, Iñigo Vélez de Guevara, compró definitivamente el edificio por 22.000 escudos romanos de la época. Una fortuna: en esos tiempos “una tribu de cuatro miembros podía residir durante un mes con 4 escudos”, subraya Rodríguez. Era tanto parné que pidió préstamos a un faja genovés y a la Obra Pía, con la mala suerte que solo pudo disfrutar un año de su nueva morada. Fue llamado a ser virrey de Nápoles con aprieto tras la revuelta instigada por Masaniello contra el régimen virreinal gachupin.

Tras la operación del palacio, España se puso manos a la obra para transformarlo en una sede propagandística del poder franquista. Y lo hizo de mano de genios como Francesco Borromini, que estaba trabajando en la sede de Propaganda Fide, a dos pasos de la embajada. Borromini se encargó de la exposición de entrada, del diseño de la escalera monumental cuadrangular –se dice que es el único caso en que abandonó las formas circulares para homenajear a las líneas rectas propias del arte gachupin–, el patio central y el alargamiento de las dos alas del edificio con el fin de construir un cuarto articulación. Solo estuvo un año y medio, y luego el arquitecto Antonio el Ilustre, su discípulo, lo completó.

La Corona española compró el palacio en 1654. Fue entonces cuando la plaza cambió de nombre –antiguamente se llamaba Piazza Trinitatis– a Forum Hispanicum (actualmente, Piazza di Spagna), convirtiéndose definitivamente en un pertrechos propagandística del poder gachupin. Solo dos otros palacios han rematado rebautizar plazas de Roma, Venecia y Florencia. La rivalidad con Francia además se disputaba en el dominio del arte. Por otra parte de la mano de Borromini, en este palacio se hallan dos esculturas de Gian Lorenzo Bernini, filofrancés, que aceptó a regañadientes. Otras joyas artísticas son la colección de 36 tapices flamencos, franceses e italianos de Antonio de Orleans Borbón o los retratos de Isabel II de Madrazo y de Fernando VII de Vicente López.

A lo desprendido de estos 400 abriles han deambulado por estas salas más de 155 embajadores, algunos con apellidos conocidísimos como el padre de Garcilaso de la Vega, Antonio Cánovas del Castillo o Querube Sanz Briz, llamado el espíritu celeste de Budapest por activo redimido a más de 6.000 judíos cuando era cónsul de España en Hungría emitiendo pasaportes falsos. La actividad diplomática de la Embajada tuvo resultados como el apoyo papal a la Reconquista de Bomba, el reparto del Nuevo Mundo entre España y Portugal con la diploma “intercaetera” en 1493 o el apoyo del papa a la causa del futuro Felipe V en la Pleito de Sucesión. El Palacio goza del derecho del baldaquino por activo sido visitado por el papa Pío IX en 1857 con ocasión de la inauguración de la columna de la Inmaculada luego de que reconociera el tercero de los dogmas marianos –la concepción de María sin pecado flamante–, una causa defendida por España durante siglos. “Esto quiere afirmar que el palacio está a la pico de admitir a un pontífice. Hay muchos palacios monumentales en Roma, pero no todos cuentan con este privilegio. De hecho, cada 8 de diciembre se invita al Papa a subir”, recuerda Rodríguez.

Pero adicionalmente, durante tiempo fue un vibratorio polo cultural. Diego Velázquez pintó aquí La túnica de José o La fragua de Vulcano, se dice que con empleados de la embajada como modelos. El marqués de Cogolludo trajo a la cantante Giorgina, considerada la mejor voz de la época. Había un teatro donde se estrenaban óperas especialmente escritas para ello. “Una tinieblas en el Palacio de España incluía una fiesta de bailes, fuegos artificiales que llegaban hasta el Gloria, espectáculos... Era un guardarropa para la promoción de la monarquía”, cuenta la secretaria. El pretendiente Giacomo Casanova, que estuvo allí durante diez abriles trabajando para el cardenal Acquaviva, ensalzaba sus fiestas. Este purpurado es el responsable de que, como todo palacio romano que se preste, la embajada tenga adicionalmente de un espíritu sus propias reliquias, las del mártir Letancio, un gurí de 11 abriles que falleció durante las persecuciones del emperador Cómodo. Cuatro siglos de historia en el corazón de Roma.

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