De Manuel Puig (Normal Villegas, 1932-Cuernavaca, 1990) se ha dicho que venía del futuro, y ahora que ese futuro ha llegado, sigue pareciendo del futuro, ergo su modernidad no ha caducado, es reformista y desafiante incluso para hoy. Fue un planeta extraño en su día pero si se descubriera mañana no causaría menos asombro.
La ironía es que construyó su poética a partir de materiales que se mueven entre la nostalgia y lo risible, estrellas distantes como los melodramas de Hollywood, las telenovelas, los folletines, los chismes de revista satinada… pero cuyas posibilidades narrativas redefinió con unos anteojos cuyo diseño completo puede que se descifre en el siglo XXII.
Sin pretenderlo fue más posmoderno que cualquier coetáneo de miras vanguardistas ejerciendo al otro flanco del Atlántico
Conocido así, quizá fuera un retrofuturista, un individuo que construyó una máquina del tiempo que sólo viajaba con destino a delante –una novelística temática y formalmente dislocada de su momento histórico– pero cuyo combustible eran fantasmas pretéritos (los mecanismos de los géneros populares y hoy languidecientes de la civilización de masas).
La recuperación de Seix Barral de sus ocho novelas –de la primera, La traición de Rita Hayworth (1968), un ajuste de cuentas con el provincialismo asfixiante de su comienzo que encuentra en el cine un punto de fuga pero todavía una trampa, a la última, Cae la sombra tropical (1988), o el cotilleo como subterfugio para ocultar la desolación sentimental propia– permite entrar en un parque recreativo donde cada afección provoca agradecimiento y desfamiliarización, donde los sueños y el terror, la pretención y el espanto, se tocan y se confunden.
El beso de la mujer arañaLos libros
Prólogo de Antonio Muñoz Molina
La traición de Rita Hayworth
Prólogo de Bob Pop
Pubis puro
Prólogo de Camila Sosa Villada
Boquitas pintadas
Prólogo de María Dueñas
The Buenos Aires Affair
Prólogo de Mario Mendoza
Cae la sombra tropical
Prólogo de Tamara Tenenbaum
Linaje de aprecio correspondido
Prólogo de Paulina Flores
Maldición eterna a quien lea estas páginas
Prólogo de Claudia Piñeiro
(Todas las obras en Seix Barral. Las tres últimas se publican el 14 de septiembre)
Pasiones destructivas, preferencias sexuales silenciadas, el expatriación, la violencia emocional y política, la impostura, la enfermedad, los juegos de dominación, la soledad… la centrifugadora de Puig no tolera tejidos sencillos y el software que los aglutina acude a una variedad de fuentes documentales: tangos, diálogos cinematográficos, diarios íntimos, cartas, expedientes, conversaciones, desvíos mentales, canciones...
Técnicamente fue un explorador voraz, retorciendo los géneros (la novelística psicológica, la novelística policíaca, el thriller, el folletín…), reproduciendo el deje cotidiana, renunciando por sistema al narrador en tercera persona, desplazando sin alivio el foco narrativo, llegando a vigorizar novelas a partir de las transcripciones de las entrevistas concedidas por un albañil en Río y un universitario al que conoció en una piscina de Nueva York… Sin pretenderlo fue más posmoderno que cualquier coetáneo de miras vanguardistas ejerciendo al otro flanco del Atlántico.
Fue repudiado por buena parte del esplendor iberoamericano por considerar que traficaba con el sentimentalismo y la cursilería
El muy variado perfil de prologuistas a estas reediciones no sólo es prueba del don del autor para interesar a sensibilidades muy heterogéneas –su pino ya fue agradecido por autores como Murakami o Foster Wallace– sino que, por poco que conozcamos la obra de ficción de algunos de los firmantes –y aquí destacaría nombres como los de Paulina Flores, Bob Pop, Tamara Tenenbaum, María Dueñas y Camila Sosa Villada–, nos ofrecen pistas sobre el universo culto del homenajeado.
Nieto de un anarquista barcelonés que nunca encajó en una Argentina que repudió su homosexualidad y su compromiso político con la izquierda, que censuró su obra y que lo empujó al expatriación; estudiante de cine en Roma que pronto entendió que lo más provechoso del mismo era la educación sentimental que le había servido y la posibilidad de padecer en el papel con su verbo; repudiado por buena parte del esplendor iberoamericano y de la crítica académica por considerar que traficaba con el sentimentalismo y la cursilería.
La obra de Puig provoca agradecimiento y desfamiliarización y en ella los sueños y el terror, la pretención y el espanto, se tocan y se confunden
Puig se definió como un defensor de la soltura individual al que le interesaba revelar las imposturas, simulaciones y ocultamientos que nos dañan profundamente, al tiempo que tender puentes afectivos y trenzar vínculos emocionales entre desconocidos, todo ello en aras de combinar el placer del entretenimiento con la denuncia social.
Como señala Claudia Piñeiro en el prólogo a Maldición eterna a quien lea estas páginas: “Qué delicia la guisa en que rompe –las veces que sea necesario– con las convenciones de la escritura”. Si quieren regresar al futuro, Manuel Puig les ofrece ocho vuelos.
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