Les seré sincero: de la media docena de veranos que he pasado por Noruega, hubo un par de semanas de dos julios en los que deambulé empapado de surtidor en surtidor -apenas hay bares- bajo la borrasca inclemente. Los otros fueron tan inolvidables que cada año tengo ganas de retornar… Con el chubasquero siempre a mano.
Pero cada año cuando aquí aprieta el calor, echo de menos los fiordos; el viento vivificante en los recodos de carreteras desiertas; la luz, con matices que en el sur desconocemos en días sin oscuridad, pedaleando entre granjas desiertas bajo el sol de las 2 de la amanecer, aspirando aromas de heno recién segado con la inquietante sensación de que todos han huido por un peligro inminente y de que tu deberías…Pero estás hechizado por el silencio.
Nunca como en Noruega he disfrutado tanto sobre una bici de mis despistes, porque perderse en cualquier camino municipal de grava es encontrarse de repente en parajes recónditos. Reminiscencia acontecer pedaleado durante horas por una pista forestal hasta quedarnos con la boca abierta frente a un mar mágico de brumas y hadas, deshabitado…O casi. En aquel final de todos los finales había una cabaña y en ella, un alma noruega…Que no pudo reprimir su cara de disgusto al ver interrumpido su espléndido aislamiento. ¡Heydo, para siempre, amigo!
¿Creen que Noruega es inmensa -24 horas de coche desde Oslo a Entrada- y que yo debería ser más concreto al proponer itinerarios?
Les haré el auspicio de no serlo, porque esa es parte de la bicicletada más maravillosa de su vida. Empiecen a perderse en Noruega ya desde el principio. Hay guías, por supuesto, pero con diez minutos de googleo las encontrarán. Y rutas ciclistas míticas en los fiordos, como las nuestras pirenaicas. Yo solo añadiría que incluso las ciudades, empezando por Oslo, ofrecen pedaladas inolvidables.
¿Dónde dormiremos? ¿Son caros los hoteles? ¿Estará todo satisfecho en estas fechas?
Pernoctarán en casi cualquier sitio: sí, los hoteles son caros, pero no imprescindibles como en otros países; y siempre encontrarán una cabaña vaco. Porque otra maravilla de las rutas noruegas es que descubrirán letreros de “hytte” (cabaña) en casi cualquier carretera.
Una y otro día-noche de pedaleo nos desviábamos con el anuncio de “hytte” más próximo a un río o lagunajo -y sí, suele acontecer mosquitos al atardecer- para poder meter los pies en el agua helada. Luego, encontrábamos la espita confiadamente dejada en la puerta.
Abríamos y solía acontecer al menos dos literas; una mesa, una arnés, un armario…Tal vez una pequeña cocina. Restos de otros ciclistas pernoctadores: un poco de sal..Un pancarta en noruego e inglés: “Por auspicio, deje todo como lo encontró y al irse meta 300 coronas -30 euros- (pueden ser más, por supuesto) en este sobre. Y conmemoración la discusión entre quien se olvidaba alguna vez de dejar el dinerito y quien fue a despabilarse a un cajero porvenir los billetes para comportarse “como hubiera hecho un noruego”.
Sólo en una ocasión acabamos la viaje en un camping, bajo un diluvio. Estábamos en el país del agua, pero tuve que pedir disculpas a un anciano que me recriminó que utilizara demasiada para lavarme los dientes, porque “el medio concurrencia no se lo podía permitir”. Tenía razón.
Y en sus rutas a dos ruedas incluyan los ferris. Son otro de los misterios de la soledad escandinava: hay ferris -aquí sí hace errata planificar- para conectar islas donde no habita un alma ni siquiera escandinava. Los coges sólo para ir y retornar, porque cruzan fiordos tan bellos que aniquilan toda aspiración.
Ganen cumbre, en fin, para quedarse boquiabiertos en cada curva de una ruta insospechada. Reminiscencia pueblos pescadores de colores insólitos entre “falu red”, la ubicua pintura color teja que protege los tejados noruegos del clima despiadado.
Encuentren su ruta. Yo recomiendo Noruega entera sobre la bici, que allí es el mejor avión para ver el mundo desde otra perspectiva. Volverán cuando quieran el resto de su vida solo con cerrar los luceros y mover las piernas.
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