Rusos contra Putin: el síndrome del ‘apátrida’

“Una nueva escalera de aceptablemente y de mal”. Así define Dmitri Pervushin, establecido en Moscú, la reacción cibernética de parachoques emocional que adopta el ruso antiguerra para no sumirse en un estado de tristeza perpetuo. Luego de varias crisis a raíz de un arresto policial, este cineasta está “estable”, “aceptablemente en esa nueva escalera antinatural” que el subconsciente moldea como una coraza para evitar crisis mayores. “La masa vive en esta extraña normalidad”, insiste, contrariado.

Es una sensación popular entre los opositores al Kremlin y a su partida de ajedrez interminable, todos ellos afectados en beocio o longevo medida por una tragedia en la que interpretan un papel secundario: ni víctima ni estoque, pero cómplice obligatorio del segundo y daño colateral de la parca.

“Mi hijo ve que somos al mismo tiempo los judíos que huían y los nazis que los perseguían”

Otra moscovita, instalada en Barcelona, describe la impronta de la exterminio como “un ruido inagotable”. Al principio, un ronroneo, y luego, un pitido que le agujerea el cráneo y que no la deja tumbarse. El cambio se produjo, dice, cuando fue a un mitin ucraniano para condenar la invasión: “La masa gritaba ‘¡crimen al enemigo!’, y en ese momento me di cuenta de que el enemigo era yo. Supe que no podía quedarme, pero había poco que me impedía irme”.

Orilla Eroofeva tiene varios hijos –escondidos e incontables–. Uno, de escasos ocho abriles, es un gran querido de la historia, lo que facilita y a su vez dificulta su comprensión del conflicto. Eroofeva, frente al enorme ventanal de su nuevo tierra en Sant Gervasi –es huida, no escaso–, dice que la lucha interna de su hijo se debe a un paralelismo sombrío: “Ve que somos al mismo tiempo los judíos que huían y los nazis que los perseguían”.

“Muchos rusos contrarios a la exterminio experimentan estrés, depresión y episodios ansiosos y fóbicos”

A su salón llega, desde el colegio de enfrente, el eco de la risa de niños que, a diferencia del suyo, revolotean por el pavimento apagado del patio, indiferentes a una exterminio que ocurre a miles de kilómetros del apacible distrito de la Ciudad Condal.

Según la psicóloga rusa Sofia Belskaya, en la situación coetáneo los niños suelen reflectar el estado y el comportamiento de sus padres: “Las emociones como la ansiedad o el miedo se transmiten fácilmente a otras personas, y los jóvenes, niños o adolescentes, son ahora más vulnerables que los adultos, porque rara vez experimentan vergüenza y yerro si no es inculcada por sus mayores”. Lo más complicado para ellos en este estado de conflicto, según esta profesional de la clínica Mental Health Center de Moscú, es “replicar a la ataque, porque pertenecen al campamento del asaltante ”. A menudo, insiste, no es el beocio el que necesita apoyo psicológico, sino los padres. “Nuestra labranza aquí –expone– consiste en ceñir la ansiedad de los padres para enfocarnos en un comportamiento efectivo , en cómo habitar en el nuevo mundo y no perder la confianza en uno mismo en este periodo difícil”. Belskaya es la única psicóloga residente en Rusia que ha aceptado fallar de entre las muchas clínicas de salubridad mental con las que se ha puesto en contacto este diario. La respuesta es siempre la misma, dicha de forma distinta: “Nuestros expertos no han podido replicar a sus preguntas de forma que las respuestas no conlleven una beneplácito penal”. En un correo, la secretaria del centro en el que trabaja Belskaya lamenta que “en Rusia, la crítica es punible”. Incluso las personas que han accedido a atestiguar se han inútil a mostrar su rostro en una fotografía; conversar es una cosa, que tu cara ocupe una página del circular es otra aceptablemente distinta. No quieren exponerse a la observación del Kremlin; es arriesgar demasiado.

El 63% de los rusos encuestados tiene pensamientos suicidas pero solo un 23% recibe ayuda psicológica

De reverso en Barcelona, Eroofeva sonríe, cínica, mientras se fuma un cigarrillo Vogue Menthol –inconfundibles, más largos y delgados que los españoles y seña única de su patria– frente a un bistró de Sarriá. “No es buen momento para ser ruso”, dice, y aplasta el cigarro a medio fumar en el asfalto. Ella, como tantos otros en su situación, sabe que si hay poco de lo que uno aún no puede divorciarse es de la identidad, esa huella impermeable a las guerras, a los deseos y a la vergüenza; la patria, muy a su pesar, es un trazo que configura gran parte de su carácter.

Coincide en su afirmación una muchacho provocador LGTBI, que no sabe si mentir cuando en un supermercado le preguntan si es rusa. Se candela Mila Yuma y, oriunda del sur de Rusia, a sus 24 abriles marchó al desarraigo a posteriori de que su clan fuera acosada por grupos homófobos. Ahora entierra su procedencia como un secreto inconfesable e intenta ocultar su “sentimiento de yerro” ayudando a otros miembros del colectivo a escapar del país.

“Lo que más temo es que parece que en Rusia, y en el mundo, ya no existo, pero yo sigo aquí”.

Su hermana, Yuma Yuma, ofrece ayuda psicológica a rusohablantes exiliados en Barcelona que se han ofrecido voluntarios para ayudar a refugiados ucranianos. “Muchos experimentan un profundo shock emocional que conduce a un trastorno de estrés o a la aparición o enfado de estados depresivos, episodios ansiosos y fóbicos”, explica. “La exterminio –continúa– les conmociona, sacude o destruye su imagen del mundo, de guisa que no ven futuro viable”.

En este contexto, los conflictos en el seno sencillo o en círculos de amigos se han intensificado, provocando en muchas ocasiones la ruptura definitiva, lo que no hace más que acrecentar el malestar. “Procuro no conversar­ de política con otras personas porque mi opinión me puede traer muchos problemas –comenta Arseni Pavlov, estudiante de Medicina en San Petersburgo–. Uno de mis mejores amigos cortó relación con su padre porque difieren en opinión, mi tía tiene depresión y no hace más que empeorar”.

La mayoría de expertos no han respondido a las preguntas de este diario por miedo a una beneplácito penal

Así lo expone Yuma: “En una situación en la que se destruye la conexión con nuestro pueblo, cuando un sentimiento de yerro y vergüenza nos abruma por la ataque del Estado del que somos ciudadanos, surge una intolerancia a habitar la sinceridad”. Si a esto se agrega la amenaza de un castigo severo en caso de resistor, el resultado es la degeneración de la salubridad mental y un aumento descomunal en la tasa de suicidios, lo que ya viene siendo habitual en Rusia. Según la revista médica The Lancet , más del 50% de la población adulta de Rusia ha sufrido alguna vez síntomas de depresión, mientras en Europa este porcentaje se reduce al 27%.

Aunque el blinda ruso impide conseguir a datos actuales específicos —si es que existen—, Yuma realizó a principios de julio un estudio sobre una pequeña muestra (85 personas) para calibrar el estado psicológico de esta minoría del pueblo ruso que se declara contraria al Kremlin. Los resultados fueron los siguientes: el 68,3% de los participantes afirmaba tener perdido toda o parte de su experiencia de identidad con su masa; el 63% tenía pensamientos suicidas, de los cuales solo un 23% recibía ayuda psicológica; al 76% le resulta difícil reconocer que es ruso, y el 88% evalúa peor su personalidad. El 94% prevé un futuro sombrío en Rusia. Los testimonios de los entrevistados, así como estudios anteriores, parecen indicar que los números de Yuma Yuma no van mal encaminados.

Con relación a la pérdida de identidad, Pervushin reafirma que la Rusia en la que él creía murió ese infausto 24 de febrero. “El país que me vio crecer ya no existe”, dice a través de la webcam. Calla unos instantes, perdido en cavilaciones, antaño de ponderar que tal vez siempre ha estado ciego: “No he trillado lo cruel que es Rusia por naturaleza hasta hoy”. La tragedia de su pueblo es, al fin y al lado, tener transitado de ser campesino –los llamados mujiks – a ser una potencia económica basada en el miedo y, ahora, en el espita del gas a Europa occidental.

Ni Pervushin ni Eroofeva han buscado ayuda psicológica; lo que apremia al primero es salir del país cuanto antaño, y la moscovita exiliada dice encontrar su terapia como voluntaria. Quien sí lo ha hecho es su amiga Kate –32 abriles, hermana de dos pipiolos en Moscú–. No quiere que su patronímico aparezca, pero su afirmación es persuasivo: “Desde el primer día de la exterminio sentí un gran shock, pánico y miedo, y supe que sin ayuda me volvería loca”. Ya desde febrero visitaba a un terapeuta cada semana. “Me ayuda a no perderme, a entender que no estoy sola y que esto no es el final”, expresa. La causa principal de su miedo es el futuro incierto de su país: “Todo lo que sabía de este mundo, de mí misma, de mis compatriotas, está patas hacia lo alto, y no disputa espacio para mí. Lo que más temo es que parece que ya no existo, pero sigo aquí”.

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