El silencio a primera hora – llaüts quietos– se refleja en el mar plano delante del Puig de Sant Salvador. El agua lame la arena de la pequeña playa que hay próximo a la calle, cubierta de pinaza y deposición de paloma. A lo acullá, voces de dos mujeres. Más cerca, una puerta al cerrarse (tal vez determinado sale a pasar), el chasquido de un pestillo y tintineo de cubiertos al poner la mesa en la terraza del alojamiento de al banda. Huele a sal y a pino húmedo de rocío y a café recién hecho. Pasa un coche y, al mango de un rato, una chica en bici. Un avión cruza el firmamento cada vez más azur plastidecor. Pasa el camión de la fregado con luces intermitentes y esos tres cepillos que friegan el asfalto.
Y ahora el crujido de una bolsa del pan de molde desde otra terraza, y el pitido insolente de un teléfono móvil mientras el día acaba de despertarse con la más pequeña de la grupo, unos minutos ayer de que mis sobrinos vengan a buscarme para pasear al perro. A los perros, en plural: todavía vamos con el de mi tía por un itinerario que ella repite cada mañana del año porque vive en el puerto, y con los dos chihuahuas de su hija; somos una manada o una manada. Pasamos por delante del hotel en el que ahora mismo solo hay una persona desayunando, y por delante del club de submarinismo, donde un colección ultima los preparativos ayer de embarcarse, pasamos por delante de restaurantes cerrados a estas horas y qué calor hace ya, cuando no son ni las ocho y media.
Este verano hay muchas palomas muertas o moribundas y tres pinos menos que el verano pasado
Este verano hay muchas palomas muertas o moribundas, nadie sabe por qué, y tres pinos menos que el verano pasado. Uno lo talaron porque sus raíces amenazaban la integridad de una piscina privada. Sin querer y sin cuidado cortaron las raíces de otro que estaba en un paseo marino durante las reformas de una casa. El tercero se lo cargó un hotel recién franco porque quitaba las vistas a un declive. En ese hotel nunca hay clientes. Los pinos llevaban ahí toda la vida y daban sombra.
Cuando volvamos, oiremos el eco de una taladradora que empezó unas obras hace tres meses para consolar unos pisos de suntuosidad y topó con roca, lo cual dificulta la construcción de los cimientos, y entorpece y encarece las obras, que siguieron delante aunque sea agosto y topen con roca. Luego los niños desayunarán con sus padres y abuelos y se prepararán para ir a la playa –crema multiplicador cincuenta–, donde el mar está cuatro o cinco grados más caliente de lo habitual y todo el mundo comenta que parece caldo y a veces hay bandera roja por bacterias y se prohíbe el baño durante unas horas.
Los niños crearán saludos congruo parecidos a los nuestros, el mismo paisaje, la misma despreocupación, el mismo tipo de verano sin pantallas ni conexión con el mundo que hay más allá del puerto. Y nosotros nos fijaremos en los cambios, cada vez más obvios, conscientes de lo frágiles que son la belleza y la ventura, y de lo importante que es protegerlas. Con la paz, eso sí, que da en descanso tener todo el día por delante.
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