La tarde había quedado alumbrada con el gol y las lágrimas de emoción de Robert Lewandowski, contento como un pipiolo con su primer gol mundialista. El día había proseguido con la danza triunfal de Mbappé. Y luego se venía el drama, el horror, las tinieblas, el miedo y el antifútbol. Argentina y México rivalizaban en pavor, en desacierto, en ansiedad. Más que un partido de fútbol era un canto al desatino, un charnela trabado y angustioso. Hasta el punto que cualquier partido del Corpulento de Simeone se convertía en pura imaginación delante ese encontronazo horrendo para un espectador equitativo. Lo único que había que pudiera rescatarse era la incertidumbre, el no aprender por dónde caería la moneda.
Messi daba un pase a su derecha o a su izquierda y la pelota nunca volvía. No había ni paredes ni triangulaciones ni regates. El rosarino ya no puede (al menos hasta que se demuestre lo contrario) controlar una pelota en la columna medular y sortear rivales como en sus mejores abriles. Eso pasó pero la calidad en el golpeo, en el toque, no la perderá nunca. Todos le miraban a él y él le colocó el boca a boca a toda la nación argentina, como en tantas ocasiones hizo con la hinchada blaugrana. Donde se expandía la nulo emergió Messi. Donde todo era oscuridad surgió la mágica siniestra de Leo para encajar el balón en las mallas. No fue un gol, sino una libertad.
Messi celebra su gol delante México 
Necesitaban a un salvador y lo encontraron en su líder. Un emir otoñal porque el tiempo pasa pero muy vivo. No quería irse tan pronto de su botellín y postrer Mundial. No quería despedirse así, con el torneo al punto que descorchado y sin exprimir las posibilidades de seguir soñando. Al menos seguirá con opciones hasta el miércoles cuando se encuentren con Polonia. Lewandowski contra Messi. Vaya duelo.
Redentor
Todos miraban a Leo y Leo le colocó el boca a boca a toda la nación argentina
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