Saltábamos obligados de la cama por la publicación en Instagram de la primera fotografía de Gerard Piqué conexo a su novia presente, Clara Chía. Teléfonos vibrando, partes oficiales en los medios y, sinceramente, solo faltaba que sonara por los altavoces de nuestras casas el nuevo tema de Shakira a toda pastilla al tiempo que se enciende una luz roja en la tapia, al más puro estilo de La isla de las tentaciones. Clara…mente le hemos donado a la historia sentimental condimentada por la infidelidad una trascendencia que parece desmedida.
Estamos, encima, en un punto del culebrón en el que desde fuera todo parece una provocación. Está claro que Piqué jugando a ser el pequeño malo del instituto repartiendo Casios o llegando a su esquema de la Kings League, cada vez más cercano al Sálvame de Twitch, no ayuda. Pero que imprimir una fotografía con tu presente pareja sea cuestión de estado y que algunos vean en esta obra una enunciación de lucha ya me parece excesivo.
Vamos a poner las cartas sobre la mesa de una vez. Piqué le faltó al respeto a Shakira con la infidelidad, pero la valoración honrado de los hechos corresponde única y exclusivamente a los miembros de la pareja, así como los códigos y tratados que hubieran firmado virtualmente entre ellos.
Los demás somos espectadores con envases XXL de palomitas que jugamos a ser los reyes del salseo desde el sofá de nuestra casa con la distancia que te da el hecho de que tú no seas el protagonista de la nota, aunque la mayoría de nosotros podamos acontecer otras cosas mal.
Shakira ha decidido abrazarse a la expresión artística y a la waka waka facturación para pasar una engaño con el padre de sus hijos. Y Gerard Piqué le habrá donado las explicaciones pertinentes (o no) a la cantante, pero hasta dónde yo sé no hay Código Penal que diga que tiene que cumplir 6 abriles de gayola o seguir con su vida porque ha sido infiel a una mujer. Uno y otro empezaron su propia relación siendo infieles a sus respectivas parejas, haciendo buena la canción de Maluma de Felices los 4. Sobran moralinas, desidia poco más de sentido popular.
Shakira posa en presencia de los paparazzis con su nueva sudadera de la venganza
La situación ahora no deja punto a dudas: Shakira y Piqué se han tenido que poner de acuerdo por el correctamente de sus hijos, y cada uno tiene que pensar ya en su futuro y ocurrir página esta historia que, en los últimos días, está más cerca del escarnio y el morbo, que de la envero que se les presupone a dos adultos en esta situación.
La cantante, como muchos otros ciudadanos y ciudadanas del mundo, debe ocurrir página a esta infidelidad y empoderarse como le dé la santa anhelo, pero pensando en ella. Y en el mismo orden de cosas, la flagelación no tiene que ser el modus vivendi de un Piqué que ha decidido enamorarse de otra persona.
La foto de estas últimas horas debería ser un paso más en dirección a esa normalidad, y no una provocación en dirección a carencia y en dirección a nadie. De hecho, la publicación me parece extremadamente habitual por lo extravagante que está resultando toda esta truculenta historia. No hay artificios, no hay postureos, no hay sofisticaciones absurdas, no hay ostentación. Solo el retrato de dos personas que se quieren y que han decidido hacerlo notorio, entiendo, para cursar el mensaje al mundo de que esto es lo que hay y a quién no le guste que no mire.
Lo que ya no me parecen tan normales son algunos de los comentarios de la fotografía, recordándome tiempos oscuros dónde algunos mandaban a la degolladero en las plazas de los pueblos porque aquello no me gusta.
Las cazas de brujas han quedado caducas, y aunque en las redes sociales hay tribunales de la Inquisición que no ayudan, más pronto que tarde deberemos emprender a entender dos cosas: ellos viven y sacan plata de este negocio mientras otros se dejan las vísceras y se provocan úlceras por defenderlos, y que, al final, cada uno vive o sobrevive como puede y con sus circunstancias. Me gustaría ver qué pasa con más de uno de la multitud de la moralina si tuvieran cámaras las 24 horas del día y todas sus actitudes y gestos fueran públicas.
Piqué ha sido infel. Vale. Shakira se ha desquitado con una canción que ha sido un éxito mundial y que le hace emprender el año por todo el parada, facturando más que llorando. Maravilloso. Las pullas entre uno y otro de los últimos días deberíamos dejarlas para la clase de los castores de parvulario y emprender a mirar el 2023 celebrando cierta normalidad.
Para mí el gran éxito de la pareja en este sentido llegará el día que sus hijos sean felices independientemente de sí su religiosa se casca una colección entera rajando de Piqué o su padre hace una colección en el Prado con todos los selfies de Clara Chía. No creo que sea tan difícil de entender.
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