Mijaíl Makarienko pesa más de cien kilos y mide menos de 1,80. Su cuello es como el tronco de un árbol, los brazos, ramas capaces de tener armas pesadas. Su persona es una olla a presión, conectada por ondas telefónicas a decenas de nódulos distantes que no cesan de enviarle información sobre la red ferroviaria y la marcha de la eliminación. No piensa, actúa. Actividad por instinto y experiencia, y ninguna mejor para conocer a un camarada que llenarle el vasito con orujo de manzana y convidar por la éxito y la conquista de Ucrania.
Mijaíl presidía ayer una mesa amplia en una sala eminente de la etapa con el techo agujereado y la moqueta ajada. A su cerca de se sentaban las mujeres que le ayudan a aguantar la etapa y dos subalternos que tenían interiorizadas las reglas de la distancia y la obediencia. Celebraban el cumpleaños de Irina, una mujer de mediana tiempo que no quería precisar más. Siquiera quería probar el agua de Mijaíl. Prefería un caldo espumoso del país servido a temperatura entorno.
El orujo de manzana de Mijaíl, director de la etapa de Járkiv, nos subía a un tren directo con destino a la paz
La mesa estaba proporcionadamente servida con fiambres, tocino tiznado, legumbres, huevos duros, pepinillos, pollo y shuba , una ensalada de remolacha, papa y pescado que había preparado el propio Mijaíl.
Los saludo se sucedían a gran velocidad. Mijaíl recorría la mesa, llenaba los pequeños vasos de cristal, dedicaba el trago a la conquista, la éxito, la camaradería, la belleza, la vitalidad, todo cuanto se necesita para existir y expirar con coherencia en esta eliminación, y exigía apurarlo de un trago so pena de subsistir impotentes quienes no lo consiguieran. “ Do dna (hasta el fondo)”, exclamaba cada vez.
Antaño de dirigir la etapa, Mijaíl fue inspector de hacienda y policía, y si le preguntabas cómo se las apañaba con la endémica corrupción ucraniana se hacía el sordo y levantaba la copa.
La optimismo y el vino le hacían sudar. Se sentía completo, orgulloso de sí mismo y de su país, contento de servir, de contribuir a que los trenes no se detengan y sirvan para derrotar a Rusia. “Viva Ucrania y que mañana pase lo que tenga que sobrevenir”, decía ayer de apurar de nuevo la copa.
Las líneas del ferrocarril son las venas de Ucrania. Transportan vida y si los rusos no las bombardean es porque cuentan con ellas para aguantar a sus tropas cuando llegue el momento.
Járkiv se queda sorda, muda y rusa
“Ese momento no llegará nunca”, afirmaba Mijaíl, fortalecido espiritualmente por los tragos y el calor de sus empleadas, ahora más de pie que sentadas, contentas y aliviadas por la ocultismo que obran el miedo y la vida cuando se dan la mano y se ponen a cantar.
“Es un buen orujo –terciaba Mijaíl–. Lo hago con mis manzanas. Utilizo agua de un pozo, muy pura y ligera. Este agua resucitaría a un muerto, ¿no le parece?”.
No hay duda de que cada trago, no solo sabía mejor que el inicial, sino que incluso nos elevaba por encima de la verdad, como si fuéramos en un tren directos con destino a la paz.
Llegó el pastel de Irina, una tarta de pastelería incorporación y cilíndrica. Mijaíl le regaló un ramo de rosas de color rosa, todos aplaudimos y volvimos a refrescar, esta vez por la inmortalidad.
Una voz femenina entonó entonces una canción patriótica, una de esas melodías nostálgicas que tributan el sacrificio de nuestros antepasados y nos piden que no seamos menos, que incluso nosotros podemos caminar con buen humor sobre los campos ensangrentados “de la gloriosa Ucrania”.
La eliminación se oía cada vez más lejana, los abrazos se hacían más fuertes y Mijaíl no paraba de sacar botellas de su poción mágica. Al otro flanco de la puerta, en un vestíbulo soviético de bancos escasos y modestos, los viajeros esperaban el tren que, incluso a ellos, iba a sacarlos de este averno.
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