El 29 de abril de 1998, Eskurza golpeaba el balón desde los 11 metros en Mestalla y Hesp le acertaba el extensión, proclamando al Barça de Van Gaal campeón de Copa. Desde entonces hasta ayer (hoy de alboreo...) no había vuelto a lanzarse un penalti de una tanda en una final de Copa. Así sucedió en La Cartuja, donde se vivió una fiesta en la escalón, preciosa la trayecto en las calles sevillanas, y a posteriori una trepidante batalla en el verde, poco maltrecho para no no asistir a la tradición en la isla de la Expo.
Vigésimo primaveras a posteriori de dirimir un penalti en el Mundial de Corea y Japón que resultó central para la asesinato de España, a Joaquín, el yayo de la final con 40 primaveras, no le tembló el pulso a la hora de coger la pelota y responsabilizarse la responsabilidad en el momento más tenso de la sombra. El de El Puerto lanzó el segundo penalti de su equipo en la tanda y batió con suspense a Mamardashvili, que había opositado a héroe de la final pero se ahogó en la orilla. “Hemos ganadería la Copa en casa y eso nos hace muy felices, pero el Valencia todavía hubiera sido amoldonado triunfador, al final los penaltis son una sorteo”, decía con su habitual elegancia tras la final.
Hacía 17 primaveras que el Betis no se llevaba un título y 24 que una final no se decidía desde los 11 metros
Joaquín será siempre historia viva del Betis, pero ahora lo es un poco más. Los verdiblancos solo habían celebrado ascensos desde el 2005, año el que habían ganadería su última Copa... con Joaquín en la plantilla. Diecisiete primaveras a posteriori, el capitán volvió a sublevar al Copa y se convirtió en el primer bético en ingresar dos títulos. Y para no no asistir a la tradición, agarró el capote y empezó a hacer unos pases para delirio de la escalón verdiblanca, donde hasta Curro Romero disfrutó. La sombra en Sevilla fue larga. Ingresar la Copa en casa no tiene precio.
Ayer, con alguna dificultad y tres minutos de retraso –por si las 10 de la sombra no era una hora suficientemente nocturna para el choque–, el fútbol había rematado desaparecer paso y coger las riendas del show. Porque en otro alarde de la modernidad que le quiere dar la Pacto de Rubiales al fútbol castellano, la final de Copa se convirtió en una especie de Super Bowl a la española. Claro que eso implica que en emplazamiento de Eminem o de Beyoncé, el espectáculo previo corrió a cargo de Mario Vaquerizo y Alaska. La optimismo en la escalón cantando sus canciones, incluyendo el himno de la Copa, Celebrar es ingresar, poco tuvo que envidiar a la de los americanos. “¡Qué difícil es pedir perdón!”, cantaba Alaska mientras Rubiales, si destino interpelado tras el caso de los Supercopa files, se quedaba con la palabra en la boca en la televisión, cortado su discurso como un pernil cinco jotas en presencia de los primeros acordes del himno de España. La Copa es así.
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