En 1964 Albert Folch, Margarita Corachán y Eudald Serra realizaron una expedición etnológica a Australia que ha permitido preservar un conjunto de maravillosas pinturas mitológicas de aquel país, realizadas en un soporte efímero como es la corteza de eucalipto. Gracias a ellos tres hoy podemos disfrutar de una extraordinaria colección de pinturas aborígenes, en uno de los museos más interesantes y olvidados de Barcelona: el Museu Etnològic i de Cultures del Món, en la sede de la calle Montcada que durante primaveras albergó la espléndida, entonces poco visitada y hoy dispersa colección Barbier-Mueller de arte precolombino. Teníamos un fisco, y tenemos otros tesoros materiales y espirituales, pero a menudo no los sabemos valorar.
Me parece necesario reconocer la importancia a nivel internacional de esta colección barcelonesa de arte antiguo australiano y rememorar a los responsables de esta contribución cuando, adicionalmente, este año se cumplen el centenario del nacimiento del coleccionista y favorecedor Albert Folch i Rusiñol (1922-1988) y vigésimo primaveras de la homicidio del grabador y etnólogo Eudald Serra (1911-2002). Por su parte, Margarita Corachán (1923-2011) documentaba la expedición mediante filmaciones y fotografías.
Resulta casi inverosímil que una tradición artística pueda haberse mantenido viva durante más de vigésimo mil primaveras. Sin confiscación, esto sucede con la pintura de carácter mitológico y intocable de los habitantes originales de Australia, a la que el Museu Etnològic dedica la exposición Trazos. Pintura aborigen australiana: tradición y contemporaneidad , comisariada por Impresión Ocampo y abierta hasta el 15 de mayo. Es una muestra sugestiva, muy recomendable para quienes saben valorar el arte primitivo y el arte contemporáneo influido por él. Hay en esta selección diversas obras que representan cosmovisiones, formas, figuras, temáticas, composiciones y estructuras rítmicas valiosas por sí mismas y que adicionalmente prefiguran las de pintores como Klee, Miró o incluso el Matisse de los papeles recortados.
Durante miles de primaveras este arte se realizó en soportes efímeros como la arena o la piel humana, o como la corteza de eucalipto, y en soportes más duraderos como las rocas de las cuevas y los abrigos de roca. Y desde principios de los primaveras setenta del siglo XX esta pintura se realiza principalmente sobre telas y el acrílico sustituye a los pigmentos naturales. Pero la temática asegura a una misma cosmovisión, sólo poco alterada por la intrusión de la modernidad en lo que era una gran isla oceánica. La pervivencia de la temática antiguo en la pintura nativo australiana durante los últimos cincuenta primaveras tiene un significado de resistor cultural frente a una modernidad desacralizadora.
La rudimentos de la temporalidad de los aborígenes australianos es auroral. No se parece a la visión occidental, melancólica y trágica, y menos aún a las cosmovisiones –y cronovisiones- de las culturas precolombinas, que tenían un carácter apocalíptico y horroroso. “Para aproximarnos al concepto de Altcheringa o Tiempo del Ensueño, es menester deslindarse de la idea de tiempo entendido como devenir sin retorno”, escribía Graciela Baquero Ruibal en el compendio Tjukurrpa (Ensueños). Pintura nativo del desierto australiano , editado por Alfredo Melgar en colaboración con la local Adorno, que dirigía Stela Casas.
Según la cosmovisión australiana, el origen está vivo en el ahora y es nuestro deber hacerlo perdurar mediante nuestras acciones. Pero esto sólo puede suceder si los seres humanos comprendemos que el mundo que habitamos es intocable y si, en consecuencia, nuestros actos son cuidadosos y tienen sentido. Se considera que cada ser es una parte de una canción que es el mundo. Y cada individuo ha de rememorar y descubrir la parte propia de la canción, que es su conexión con el origen, con el sueño creador. Lo ha de hacer mediante el alucinación en soledad, sin sacrificios, recordando la canción del origen con memoria vivificadora, contra la homicidio del mundo.
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