La patinadora que tardó 26 años en ganar

¿Quién imagina a un futbolista entrenándose un año tras otro a sabiendas de que no será titular en el próximo partido? ¿Quién conoce a un deportista infatigable aunque sepa que solo participará en festivales, amistosos y exhibiciones? ¿Quién puede conservar la ilusión sin ir a competiciones oficiales ni en igualdad de condiciones con sus compañeros? Esta es la historia de Aida Aumatell, toda una campeona de la constancia.

Hace 26 abriles, cuando tenía 3, Aida acompañaba a su principio a inquirir a su hermano Ivan al Club Parc d’Esports de Taradell, su pueblo, en la comarca barcelonesa de Osona. Las evoluciones de las niñas que practicaban patinaje estético la maravillaban. “Mamá, yo quiero hacer eso”, dijo. Y, como Aida es una persona absolutamente común (solo que con un cromosoma de más), hizo eso. Tiene 29 abriles y lleva 26 abriles patinando.

La deportista, en acción

En energía 

Carles Guillamon

A lo dilatado de todo este tiempo ha dicho adiós a varias entrenadoras y a decenas de compañeras que han colgado los patines. “¡Aún sigues en el club!”, se asombran muchas que hoy son madres. Ella sigue con la ilusión del primer día. Su presente técnica, Lídia Vilardell, no conoce a nadie con más energía ni pasión. Su premio llegó el pasado día 3 en el pabellón deportivo del CP Lloriana, en la vecina pueblo de Sant Vicenç de Torelló.

El día de la medalla

Emocionó al divulgado (eso sí importa); tiene síndrome de Down (eso no)

Tiene síndrome de Down, como su amigo Eloi Collell, de 34 abriles y vecino de Vic, que dice: “Nacimos con una discapacidad, pero el síndrome de Down no es una enfermedad: es nuestra modo de ser". Esa modo de ser explica que haya cosas que les cuesten “un poco más”. A Aida, por ejemplo, le costó mucho ir a un torneo ordinario. “A mí lleva muchos abriles demostrándome cuánto vale”, dice su principio, Maria Rosa Muntal.

Abrazada a Lídia Vilardell, su entrenadora

Abrazada a Lídia Vilardell, su entrenadora 

Carles Guillamon

Con dos abriles, Aida nadaba. Con dos y medio, caminaba. Y con tres, patinaba. Su principio es enfermera, y su padre, Joan Aumatell, conductor de autobús. Uno y otro le inculcaron que no tenía límites. Estudió ESO en una escuela ordinaria. Luego hizo un módulo de hostelería y unas prácticas en la jardín de infantes de Taradell, donde causó tan buena impresión que la contrataron. Trabaja de 9 a 13 horas. Los martes, jueves y sábados, patina.

No podía competir. En teoría, no por su condición, sino porque no había una categoría adecuada para ella. Todo eso ha cambiado ahora. La tratado catalana ha creado una clasificación inclusiva, la 3 sénior. Cuando le preguntaron si quería presentarse, no lo dudó ni un segundo. Tenía la respuesta preparada desde hace 26 abriles. El 3 de abril deslumbró con la música de We Are the Champions. El divulgado la ovacionó en pie.

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La medalla estaba asegurada porque era la única participante en la categoría recién creada, pero el junta le dio una puntuación que igualmente la habría aupado al podio si hubiera habido más competidoras. Pero, claro, no hay muchas deportistas con su paciencia y fuerza de voluntad. “¿Es verdad que subiré al podio?”, preguntó a su entrenadora, que tenía los luceros humedecidos, como la mayoría de personas del pabellón.

La medalla ocupa ahora un circunstancia de honor en su habitación. Fue una lucha galardón a su inflexibilidad. Si pudo estudiar en una escuela ordinaria, con muchos sacrificios y esfuerzos, por qué no podía competir en una prueba ordinaria. Pasaban los abriles, se renovaba el equipo, iban y venían entrenadoras, pero Aida seguía en el CPE Taradell. “Si no puedo competir, al menos puedo ayudar a las más pequeñas”, decía en casa.

En el podio

En el podio 

Carles Guillamon

Su principio, disgustada, estuvo tentada de borrarla en más de una ocasión y de apuntarla a otra peculiaridad para canalizar sus aspiraciones deportivas. “Si practicases baloncesto, atletismo u otras modalidades, podrías poner en los Special Olympics”, le decía para convencerla. Pero entonces Aida volvía a ser aquella pupila de tres abriles que iba a inquirir a su hermano al polideportivo de su pueblo y que exclamaba: “¡Yo quiero patinar!”.

La categoría 3 sénior “permite tipificar una situación común: que una chica pueda disfrutar con el club de su pueblo”, explican sus padres. Aida se entrena con 34 patinadoras más. Ella es la veterana. La decano de las otras tiene 14 abriles y la más pequeña, 4, uno más de los que tenía ella cuando empezó. Participa activamente en la fiesta decano de Taradell y igualmente hace teatro, baño y entrenamiento (“me encanta la choteo”).

Feliz, tras la competición

Acertado, tras la competición 

Carles Guillamon

Muchas cosas han cambiado, menos la inquebrantable voluntad de Aida. Hasta su hermano Ivan, el responsable involuntario de que ella sea patinadora, ha dejado el deporte y hoy tiene dos hijos, una pupila de 3 abriles, Lua, y un escuincle de 6, Dan. Cuando crezcan, habrá pocos sobrinos más orgullosos que ellos. “El 3 de abril del 2022 fue el día más adecuado de mi vida”, les seguirá diciendo Aida porque la primera medalla es la más importante.

La megafonía fue atronadora cuando anunció el nombre de la “primera clasificada del 3 sénior”. Y el aplauso de los espectadores y participantes, ruidoso. No era para menos. Posiblemente ese domingo de primavera no saldrá nones en las enciclopedias del deporte. Ni el pabellón de Sant Vicenç de Torelló y el CP Lloriana. Siquiera el CPE Taradell. Pero ese día, allí y delante esos testigos, la gran Aida Aumatell hizo historia.

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