El Sant Jordi ‘fake’

Los seis millones de rosas del Sant Jordi 2022 son de muchos colores y no tienen penalidades. A los turistas que subirán hoy de buena mañana, pongamos, paseo Sant Joan en lo alto, en dirección a la Sagrada Família, hay que explicarles las cosas sin rodeos. Y sobre todo hacerlo antiguamente de que la festividad muestre ese punto holgazán de media tarde en el que se espesa la circulación bípeda y al santo le abandona hasta el desodorante.

–“Es la fiesta del acto sexual”.

La fiesta de la civilización, pero ¿la del acto sexual? La profusión sentimental y los watsaps lo cambian todo

Eso dicen.

Pero a usted, maestro, se le puede sofisticar un pelín más el mensaje. La fiesta de la civilización, seguro. ¿La de acto sexual? Pues ya no sé: hace tiempo que parece poco diferente.

El Sant Jordi no es ahora el Sant Jordi de antiguamente, aunque se le asemeje, desde que las rosas se venden a kilos y son regaladas al tuntún. Está claro que cada uno hace de esta festividad un traje a medida, y Jehová me autónomo de dictaminar a nadie, pero en la vida tan importante es inventarse una moto como no vendérsela a los demás.

Ya sé que son hermosas, huelen correctamente y se marchitan cuando les da la deseo. Sin secuestro, no acabo de entender que un señor se ponga a repartir rosas a las compañeras del trabajo, a la tía abuela que cita de peras a uvas, a la cuñada que no traga y a las sobrinas de las que solo se acuerda en la Pascua. Luego están las rosas de la tómbola, a conocer a quién le cae este año. Se desvirtúa el cierto significado de la rosa y asimismo la formalidad de los colores: ¿no equivalía el rojo a la pasión? ¿El blanco, a la inocencia? [Aviso desde aquí a amigos, conocidos y saludados: si se da el caso de encontrarme en alguno de los supuestos anteriores, ¡regaladme un libro!].

Siquiera cuelan los emoticonos en sustitución de. Las rosas virtuales mandadas por móvil son un memorial simplón y poco fiel al espíritu de la letrero de Sant Jordi. ¡Qué acto sexual supuesto ni qué leches! Para los enamorados, contacto con tacto, eso sí (otra cosa es que ella esté en Tombuctú y él en las islas Svalbard). Mucho nos tememos que la rosa por WhatsApp acabará como el corazón de Twitter o los emojis de caritas: se les atribuye tal inventario inacabable de significados (ok, encantador, abrazos, wow, oh) que una ya no sabe ni cómo interpretarlos. Conclusión: al Sant Jordi le ha llegado el mal nuevo de la virtualización de las relaciones personales.

Hay que ser selectivos a la hora de regalar una rosa, tanto como en el acto sexual: a la pareja, a la hija, a la raíz, a quien se quiera (en su acepción de seducir) y no a troche y moche. Creo que lo de la contemporáneo exuberancia sentimental reviste cierta compromiso, se celebre Sant Jordi o San Leoncio. Excesivo es que todo quisque mande besitos y más besitos. O que vayan soltando un “te quiero, cariño” hasta a la cajera del súper. Así se entiende que luego acaben comprando rosas a peso como merluza del Mercadona. Rosas con penalidades. ¿Exagero? Puede, aunque he llegado donde quería montar: a afirmar que la banalización de los sentimientos no nos conduce a carencia bueno y mucho menos auténtico.

Atinado Sant Jordi... o lo que sea.

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