Soyuz 1, la misión suicida de Vladímir Komarov

Al iniciar 1967, la carrera en dirección a la Vidriera estaba en pleno auge. Y no iba acertadamente para la Unión Soviética. Aunque pocos lo sabían entonces, la NASA había tomado la delantera gracias a los diez vuelos Gemini que habían ayudado a resolver los tres problemas esenciales para desarrollar el inminente software Apolo: la maniobra de aproximación en área, las dificultades fisiológicas derivadas de la prolongada permanencia en ingravidez y las propias panorama fuera de la nave.

La URSS, por su parte, al punto que se había repuesto de una pérdida irreparable. Serguéi Koroliov (o Korolev), el alma de su software espacial, había fallecido a principios de 1966 durante una operación quirúrgica planteada, en principio, como rutinaria.

Hacía dos abriles que no volaba un cosmonauta ruso, y la nueva nave proyectada por Koroliov para sustituir a los limitados Vostok estaba todavía en pruebas. Se llamaría Soyuz. En pocos abriles, una de sus variantes debería resistir a dos soviéticos hasta la Vidriera. Presumiblemente, antiguamente que los americanos.

En enero de ese mismo 1967 se produjo el incendio del Apolo 1, que supuso la pérdida de tres astronautas durante un test en tierra. Eso retrasaría meses el software tacha indiano, y podría ser la oportunidad para que la URSS recuperase el retraso con la nueva Soyuz.

Sin bloqueo, las pruebas hasta ese momento no habían ido acertadamente. Un par de vuelos, disimulados bajo la denominación genérica de Kosmos, habían fracasado: fugas de combustible, sensores averiados, fallos estructurales... Una cápsula incluso se hundió en el mar, pese a que se suponía insumergible. Todavía quedaban muchos problemas de diseño por resolver, pero el tiempo apremiaba.

El que mucho corre...

Los responsables del software soviético planearon el planeo de la primera Soyuz con tripulación para la primavera de 1967. Sería una cometido ambiciosísima, que emularía de un solo asalto casi todo lo que la NASA había conseguido en los dos abriles anteriores.

Se lanzarían no una, sino dos cápsulas, ocupadas por uno y tres astronautas, respectivamente. Una vez en el espacio, se acoplarían, y dos de los tres tripulantes de la segunda saldrían al extranjero y abordarían la otra nave. Esta arriesgada operación era un test de la que en el futuro tendría que realizar el primer ruso que pisara la Vidriera para acaecer de su Soyuz al módulo de descenso y al revés.

Cápsula de Vosjod 1.

Cápsula de Vosjod 1.

Andrew Gray / CC BY-SA 3.0

El cosmonauta seleccionado para el primer impulso era Vladímir Komarov, que ya había comandado el planeo del Vosjod 1. Era, pues, el primer hombre que haría dos vuelos espaciales.

Komarov, como muchos compañeros, no estaba satisfecho con los apresurados arreglos que se habían hecho a su nave. Más tarde correría el rumor –nunca confirmado– de que aceptó hacerse cargo de la cometido porque, de poseer renunciado, el encargo hubiese recaído en su suplente, Yuri Gagarin, con quien mantenía una gran amistad.

Así, el 24 de abril, Komarov despegó a lado de su nave rumbo a la área. En tierra quedaban los tres compañeros que volarían al día sucesivo en la Soyuz 2. Esta actuaría como blanco pasivo, y Komarov sería el encargado de ejecutar todas las maniobras para el atraque.

Tenemos muchos problemas

Las cosas empezaron a torcerse casi desde el primer momento. El panel solar izquierdo no se abrió, reduciendo así a la medio la energía eléctrica arreglado. Una antena secundaria siquiera se desplegó. El sensor principal que debía ayudar a orientar la nave estaba inoperativo, tal vez por el reflexivo del panel medio cerrado, o acertadamente por contaminación en su superficie.

Por otra parte, otro sistema de orientación –unos sensores iónicos que determinaban la desviación pegado de la nave– funcionaba erráticamente, afectado por los escapes de los propios motores de posición. Como consecuencia de todo ello, a Komarov le resultaba casi irrealizable ayudar estable la cápsula.

En esas condiciones, la prevista operación de aproximación con la segunda nave era irrealizable. Se canceló el impulso, y todos los esfuerzos de los técnicos se concentraron en traer de regreso a Komarov.

Él, por su parte, seguía peleando con los mandos para ayudar las fotocélulas dirigidas en dirección a el Sol, pero era una tarea muy difícil. Al no desplegarse uno de los paneles, el centro de gravitación de la nave se había desplazado y cada disparo de los motores de orientación introducía derivas anómalas.

Komarov, junto a Gagarin y otros miembros del equipo espacial soviético en 1965.

Komarov, adjunto a Gagarin y otros miembros del equipo espacial soviético en 1965.

Alexander Mokletsov / CC-BY-SA 3.0

La reentrada se ejecutaría durante la decimoséptima área, tras solo un día de planeo. Gagarin sustituyó a uno de los técnicos en la consola de comunicaciones. A partir de ese momento, él dictaría a Komarov todas las operaciones que debía ejecutar para preparar el encendido del cohete de frenado y asegurar su caída en país soviético.

La cuenta a espaldas se desgranó hasta el cero, pero, cuando el secuenciador automotriz dio la orden de encendido, no ocurrió ausencia: los sensores iónicos no habían detectado que la cápsula estuviese en la orientación correcta y –acertadamente– inhibieron el proceso.

Prolongar la calma

Con las baterías ya muy bajas, se repitió la maniobra en la área 18. Siquiera tuvo éxito. Por fin, en la sucesivo revolución, Komarov lo intentó por tercera vez. El círculo en el centro de control empezaba a ser de franca preocupación, pero no de histeria. La divisa de un Komarov exasperado, maldiciendo a los constructores de su cápsula, o la entrevista de su esposa para una última despedida carecen de realismo.

Por el contrario, el registro oficial de las conversaciones entre cosmonauta y tierra muestra una serie de intercambios muy profesionales. En una de sus últimas intervenciones, Komarov asegura sentirse muy acertadamente y agradece los esfuerzos de todo el equipo de controladores.

Komarov, junto a su esposa e hija en 1967.

Komarov, adjunto a su esposa e hija en 1967.

Dominio conocido

Durante la última media hora, el cosmonauta había estado muy atareado siguiendo las instrucciones transmitidas desde tierra. Primero, orientó su nave tomando como remisión el horizonte, igual que si estuviese pilotando un avión convencional. Así, entró en la zona de tinieblas. Imposibilitado de ver la curva del planeta, dejó la estabilización al sistema automotriz y, al retornar a amanecer, verificó de nuevo que estaba en la posición correcta.

La orientación era vitalista. Una desviación al disparar el retrocohete podía haberle proyectado a una área más adhesión o hacerle descender con tanta brusquedad que su cápsula se hubiese incinerado por el rozamiento del música.

El módulo de descenso de la Soyuz caía como una piedra arrastrando tras de sí sus paracaídas primario y de reserva

Esta vez sí: el motor de frenado prendió durante dos minutos y medio, como estaba previsto, y la Soyuz empezó a perder consideración. Por el momento, parecía que todos los inconvenientes quedaban a espaldas. El descenso –balístico en extensión de controlado– sería poco más incómodo. Como mucho, quizá se llegaría a aceleraciones de 7 u 8 g durante breves momentos, pero eso no era motivo de preocupación.

¿Dónde está el piloto?

Quince minutos a posteriori, las comunicaciones se interrumpieron. Era regular. El música ionizado que envuelve la cápsula durante el frenado atmosférico no permite el paso de las señales de radiodifusión. No había mucho que hacer, incólume esperar. En la época de seguimiento de Crimea, el normal Nikolái Kamanin, superior del congregación de astronautas, subió a un reactor que le llevaría a la región de Orsk, al boreal del mar de Aral, donde la telemetría indicaba que caería Komarov.

No llegaría a tiempo de ver el aterrizaje, pero quizá se encontrase con él ya en el propio aeropuerto. Durante las dos horas que duró el planeo le llegó un animoso mensaje de radiodifusión: uno de los aviones de rescate había avistado la cápsula con su paracaídas desplegado. No era cierto.

Vladímir Komarov se somete a pruebas médicas poco antes de su vuelo en el Soyuz 1 en 1967.

Vladímir Komarov se somete a pruebas médicas poco antiguamente de su planeo en el Soyuz 1 en 1967.

Bettmann / Getty Images

Lo que había trillado el piloto era, en impacto, el módulo de descenso de la Soyuz, que caía como una piedra arrastrando tras de sí sus paracaídas primario y de reserva, enredados entre ellos, y aleteando sin obtener a hincharse. Se estrelló contra el suelo a más de doscientos kilómetros por hora, seguido de inmediato por un estallido.

El escudo de la cojín no se había desprendido y obstruía los cuatro cohetes de frenado que debían desfallecer el contacto con la tierra. En el impacto, los cuatro se dispararon provocando un incendio, avivado por los restos de propergol remanente en los motores de orientación.

El primer helicóptero de rescate aterrizó a menos de cien metros. Entre las llamas, la cápsula era un amasijo de piezas de las que solo unas pocas eran reconocibles: el anillo de proa con el mecanismo de engranaje y el escudo térmico. Para apagar el fuego, cierto lo cubrió con unas paletadas de tierra. No había ni huella de Komarov.

Un equivocación de diseño

El incendio tardó en extinguirse. Kamanin, llegado poco a posteriori, dio orden de retirar la tierra que cubría los escombros y allí apareció, carbonizado e irreconocible, el cuerpo de Komarov, todavía sujeto a los restos del asiento. El magnetófono de audio de a lado estaba destruido, y con él, lo que debieron ser sus últimas palabras durante los dos minutos de terrorífica caída. Sus restos se llevaron a Moscú y fueron enterrados en la muralla del Kremlin, un honor reservado solo a unos pocos héroes de la Unión Soviética.

Komarov ordenó la transigencia del paracaídas de reserva, pero las líneas de este se enredaron con las del primero

¿Qué había ocurrido para causar análogo desastre? Todo apuntaba, cuando menos, a un gravísimo equivocación de diseño. El paracaídas principal debía haberse desplegado a unos siete kilómetros de consideración, deslizado por un pequeño paracaídas auxiliar que se abría unos segundos antiguamente. Pero había sido entredos en su cavidad con tanta presión que el estirón no bastó para sacarlo de allí.

Al obtener a los cuatro mil metros y no detectar reducción en la velocidad, el propio Komarov ordenó la transigencia del paracaídas de reserva, pero las líneas de este se enredaron con las del primero, que seguía intentando extraer el principal, y nadie de los dos pudo hincharse. La cápsula cayó casi a plomo.

Inauguración de un busto en honor de Komarov en una base aérea húngara en 1968.

Inauguración de un teta en honor de Komarov en una cojín aérea húngara en 1968.

Magyar Hírek folyóirat / CC-BY-SA 3.0

Esa fue la explicación oficial. Meses más tarde surgieron rumores que atribuían el equivocación a un error durante la aplicación de un espray protector sobre la superficie de la cápsula. Por lo trillado, la resina se coló en el interior del compartimento reservado al paracaídas, tapizando sus paredes y haciéndolas tan rugosas como el papel de pintarroja.

Eso explicaría, en parte, por qué el paracaídas extractor no consiguió remolcar al principal, e implicaba incluso una hipótesis estremecedora: la Soyuz 2, que no llegó a desgajar, había pasado por el mismo proceso y quizá, de poseer volado, hubiese sufrido el mismo fin.

Post a Comment

Artículo Anterior Artículo Siguiente