Trucos de cocina para una inflación desbocada

Es el maravilla de los panes y los peces al revés. Para que no nos demos cuenta de que determinados alimentos se han encarecido, en circunstancia de subir el precio, reducen la cantidad. Eso, cuando no hacen las dos cosas a la vez, que cuesten más y haya menos. Ahora lo hemos mojado con el neologismo reduflación por este mimetismo acrítico al que tendemos con los anglosajones, quienes hace poco acuñaron el término shrinkflation, pero la praxis aquí es más vieja que Carcamal. ¡Qué nos van a enseñar si cien primaveras a espaldas, para disimular las consecuencias que otra querella europea y la especulación provocaban en el precio de los cereales, el gobierno gachupin ya legalizó el quilo de pan de 800 gramos! ¿Parece o no un maravilla?

Poca coña, que la inflación está desbocada de verdad. Los carburantes y la electricidad ya nos han regalado el invierno. Lo de los alimentos siquiera es ninguna broma. Sus consecuencias para regiones como el Oriente medio y el Ideal de África serán devastadoras según UNICEF. Y aunque en nuestro país el tanto por ciento de consumición dedicado a comestibles no es muy extenso en comparación, por ejemplo, con el de la vivienda, cuando el cuartos no llega, no llega. La desigualdad es un enorme problema de salubridad pública que cada día está más de moda, igualmente en nuestro entorno hay a quien no le llega para falta.

A la mayoría no nos llega para todo, y por eso hay que ver qué podemos hacer para evitar un poco sin dejar de yantar aceptablemente.

Pues, de entrada, obviamente, comprobar el precio de las cosas. El precio existente, claro, para que no nos den tres cuartos de liebre por liebre. Es proponer, mirar lo cuesta el quilo neto y chupado. ¿Significa eso que siempre tengamos que comprar el producto más de ocasión? De ninguna modo. Debemos comprar el bueno, que es el que tiene buen sabor, nos conviene y encima favorece el entorno y los productores.

Horizontal

Un fogón a gas 

EUROPA PRESS / EP

Se alcahuetería de abonar la caucho al precio acordado para que nos queden productores cerca, que ya vemos lo que pasa si no. Se alcahuetería de comprar grasa de oliva doncella extra, que por un par de cucharadas en la ensalada, o al asaltar el conejo, la diferencia de precio con otros aceites es irrisoria. ¿Y para freír? Para freír igualmente… Hagámoslo aceptablemente y no muchas veces.

Se alcahuetería de comprar menos procesados y más legumbres. Y, puestos a ir a por la excelencia, si las compramos secas igualmente ahorramos, que luego doblan su tamaño con el remojo y la cocción. Ahorramos, ojo, si las hervimos en la olla presión y en cantidad. Propongo que cada vez que hagamos garbanzos, judías o lentejas, llevemos alguna ración a familiares o amigos, trenzando así una especie de sociedad de ayuda mutua de la cocción legumbrera.

Y cuando vayamos a por fruta o verdura, antiguamente de escoger veamos cual es de temporada y está a buen precio, aprovechando las ofertas. Y en la pescadería, nos dejemos asesorar sobre aquellas especies pequeñas o poco conocidas, tanto o más deliciosas.

Que, si una cosa está hoy cara, tenemos treinta mil alternativas igualmente sabrosas sabiendo y queriendo cocinar. Que si la comida es íntima, el microondas es un método de cocción muy competente. Que si compramos los bichos enteros, aprovechemos cabezas y dificultades o huesos y cortaduras para caldos y sopas. Que las sopas son contenedores perfectos para acoger y avenir aquella punta de tal cosa y aquel trozo de tal otra olvidados en la fresquera. Que el pan seco es la cojín de auténticas delicias que hace tanto que no comemos…

Que no se puede despreciar falta ni dejar que falta se eche a perder, porque tan solo aprovechando lo que despilfarramos, este problema no existiría. 

Post a Comment

Artículo Anterior Artículo Siguiente