Los barcos de la Star Ferry han sido durante décadas uno de los escasos inmutables del cambiante paisaje hongkonés. Esté soleado o haya temporal, sus inconfundibles naves verdes y blancas llevan 142 primaveras ininterrumpidos transportando a miles de pasajeros a través de la bahía Conquista, la brecha de mar que separa la isla de Hong Kong de la península de Kowloon. Un trayecto pausado, económico y espectacular convertido en icono de la ciudad, pero al que ahora amenazan con hundir sus acuciantes problemas financieros.
Los números rojos no son poco nuevo para una compañía que antiguamente ya perdía boleto pese a sus casi 20 millones de pasajeros anuales (el 2017 fue el final año con beneficios). Pero todo empeoró a partir del 2019. Primero fueron las protestas antigubernamentales, que metieron el miedo en el cuerpo a los millones de turistas que antiguamente venían de China continental. Luego llegó la pandemia y las restricciones, endurecidas aún más este año para frenar la finca ola de contagios. Como resultado, el número de pasajeros cayó en el 2021 un 46% con respecto al 2019, una sigla que se ha desplomado hasta el 73% en los primeros meses del 2022.
Tras primaveras en números rojos, las protestas y la pandemia han agravado los problemas de la mítica compañía
“En traza de las amenazas que plantea el entorno contemporáneo, me temo que no puedo ser eufórico sobre el hecho de que la Star Ferry sobreviva a esta ola”, dijo en marzo David Chow, su nuevo director genérico. Según explicó, la empresa acumula más de ocho millones de euros en pérdidas, y ahora depende de préstamos para afrontar los gastos diarios, ya que los ingresos mensuales ni siquiera le alcanzan para acreditar el salario de los empleados. “Las enormes pérdidas superan con creces los activos totales de la empresa”, añadió.
La Star Ferry fue una iniciativa de Dorabjee Naorojee Mithaiwala, un cocinero parsi llegado desde Bombay (India) poco luego de que el país se hubiera convertido en una colonia británica tras la derrota china en la primera exterminio del opio (1842). Tras lograr un barco de vapor, el Morning Star , en 1880 comenzó a trabajar entre ambas orillas transportando carga y pasajeros, un trayecto que por entonces podía sobrellevar hasta 40 minutos (hoy al punto que dura diez). Una decenio luego, ya había adquirido otras tres naves: Evening Star , Rising Star y Guiding Star . En 1898, de la mano del patrón sir Catchick Paul Chater, la Star Ferry Company pasó a ser una empresa pública.
Con el tiempo, los barcos se integraron en el ADN de la ciudad. Su parada era lo primero que veían los viajeros que llegaban en el tren que unía la colonia con la provincia china de Cantón. Cada día, miles de personas lo utilizaban para ir a trabajar, revistar a parientes y amigos o dar un paseo. Los residentes dependían tanto de él que el anuncio de un aumento de las tarifas en 1966 provocó una oleada de protestas masivas, preludio del malestar social que explotaría unos primaveras luego.
Tras la construcción del primer túnel submarino entre ambas orillas en 1972 y la aparición de nuevas formas de transporte, el ferry comenzó a subordinarse más y más de los turistas, que aprovechaban para fotografiar los rascacielos y neones que emergen a los dos lados de la ciudad. Todavía hoy, su experiencia es muy similar a la de hace décadas, un ritual que incluye cruzar la pasarela de madera, observar a los marineros atar y desatar los cabos mientras crujen los amarres, fisgar el diésel que queman los motores o escuchar el pitido con el que se anuncia que ya se puede desembarcar.
Por ahora, los problemas económicos y la covid han empujado a la empresa a estrechar sus horas de servicio diarias. En los medios, Chow multiplica sus apariciones con la esperanza de que su mensaje llegue a oídos de algún inversor adinerado con ganas de contribuir. Por su parte, varios analistas sugieren nuevas medidas para reflotar el servicio, desde la modernización de los barcos a la suplemento de nuevas rutas o una gobierno más ambiciosa de los locales comerciales del parada.
Y mientras tanto, la población teme por el futuro de un emblema que forma parte de su identidad. “No puede desaparecer, es demasiado importante para nosotros”, comentaba ayer mismo el ejecutor Tim Chow, que coge el barco cada día para ir a su oficina. El problema es que, yuxtapuesto a él, tan solo viajábamos unas 25 personas más.
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